La Ultima Cena la Pasion de Cristo
La cocina olía a gloria esa noche, con el aroma del mole poblanito burbujeando en la olla y los tamales de elote humeando en el comal. Yo, Carla, me movía de un lado a otro con mi delantal ceñido a la cintura, sintiendo el calor del fogón subiendo por mis piernas desnudas. Era nuestra última cena, la despedida antes de que Cristo se fuera a Monterrey por un mes por ese pinche trabajo en la petrolera. Ay, wey, cómo lo iba a extrañar. Su cuerpo moreno, esos ojos cafés que me miraban como si yo fuera la única mujer en el mundo, y esa sonrisa pícara que me ponía la piel chinita.
Lo vi llegar por la ventana de la sala, estacionando su troca negra en el driveway de nuestra casita en Polanco. Se bajó con esa camiseta ajustada que marcaba sus pectorales y jeans que le quedaban como pintados. Mi corazón dio un brinco. Órale, carnal, pensé, esta noche va a ser la buena. Abrí la puerta antes de que tocara y lo jalé adentro para un beso que sabía a promesas calientes.
—¡Mi reina! —me dijo con esa voz ronca que me derretía—. Huele a paraíso aquí. ¿Qué me preparaste?
—Tu mole favorito, pendejo —le contesté juguetona, mordiéndome el labio—. Siéntate, que ya está todo listo para la última cena.
La mesa estaba puesta con velitas temblorosas, copas de vino tinto chiapaneco y platos humeantes. Nos sentamos frente a frente, y mientras comíamos, el aire se cargaba de electricidad. Cada bocado era un pretexto para rozar dedos, para que sus ojos se clavaran en mis tetas que asomaban por el escote de mi blusa floja. El mole sabía a chocolate amargo y chiles tostados, resbaloso en la lengua, y el vino nos calentaba la sangre. Hablamos de todo y nada: de su viaje, de mis clases de yoga, pero debajo de las palabras latía el deseo. Sentía mi concha humedeciéndose solo con verlo masticar, con el sonido de su tenedor contra el plato.
Esta va a ser la pasión de Cristo, pero en versión carnal, sin cruces ni espinas, solo placer puro.
Terminamos de comer y él se levantó para poner música en el Bluetooth. Sonó una cumbia rebajada, esa que nos gustaba bailar pegaditos. Me tomó de la cintura y me pegó a su cuerpo duro. Sentí su verga semi-dura contra mi vientre, palpitando al ritmo de la tambora. Bailamos lento, mis manos en su nuca, oliendo su colonia terrosa mezclada con sudor fresco. Sus labios rozaron mi oreja.
—Te voy a extrañar, mi chula —murmuró—. Pero esta noche te voy a dejar marcada pa' que no olvides quién es tu hombre.
—Muéstrame, Cristo —le susurré, arqueando la espalda para que sintiera mis pezones endurecidos contra su pecho—. Hazme tuya como solo tú sabes.
La tensión explotó ahí mismo. Me levantó en brazos como si no pesara nada y me llevó al sillón de la sala. Sus manos grandes me quitaron la blusa con urgencia, exponiendo mis tetas al aire fresco. Las miró con hambre, lamiéndose los labios, y se lanzó a mamarlas. Su boca caliente succionaba un pezón mientras pellizcaba el otro, enviando chispas directo a mi clítoris. Gemí bajito, ay, qué rico, enredando mis dedos en su pelo negro revuelto. Olía a él, a macho sudado, y yo ya estaba empapada, mis jugos mojando las panties.
Le bajé los jeans y saqué su verga gruesa, venosa, que saltó libre apuntándome como un soldado listo. La tomé en la mano, sintiendo su calor pulsante, el terciopelo de la piel sobre el acero. No mames, qué pedazo de hombre. La chupé despacio al principio, saboreando el precum salado, metiéndomela hasta la garganta mientras él gruñía y me jalaba el pelo con ternura. El sonido de mi saliva resbalando, sus jadeos roncos, el slap de mis labios contra su pubis... todo me volvía loca.
—Ven pa'cá, mi amor —me dijo, tirándome al sillón y quitándome el short y las panties de un jalón. Me abrió las piernas y se hincó entre ellas, su aliento caliente en mi panocha depilada. Lamidas largas y lentas, desde el ano hasta el clítoris, sorbiendo mis jugos como si fueran néctar. Mi cuerpo se convulsionaba, caderas alzándose para follarle la cara. ¡Sí, así, Cristo, no pares! Olía a sexo, a mi excitación almizclada mezclada con su saliva.
Pero quería más. Lo empujé hacia atrás y me subí encima, frotando mi concha mojada contra su verga hasta que no aguanté. Me empalé despacio, centímetro a centímetro, gimiendo por la plenitud. Él era enorme, estirándome deliciosamente, tocando ese punto dentro que me hacía ver estrellas. Cabalgaba como poseída, tetas rebotando, sudor resbalando por mi espalda. Sus manos en mis nalgas, guiándome, azotándome suave. El slap de carne contra carne, nuestros gemidos sincronizados con la música que seguía sonando bajito.
Esta es la pasión de Cristo, wey, pero en vez de clavos, clavadas profundas que me parten en dos.
Cambié de posición cuando sentí el orgasmo acercándose. Me puse a cuatro patas en el sillón, arqueando la espalda como gata en celo. Él se paró detrás, escupiendo en su verga para lubricar y embistiéndome de un solo golpe. ¡Ay, cabrón! Gritaba de placer mientras me taladraba, bolas golpeando mi clítoris, sus dedos frotándolo en círculos. Sudábamos como locos, el aire cargado de olor a sexo crudo, pieles chocando, respiraciones agitadas. Me volteó boca arriba, piernas en sus hombros, y me miró a los ojos mientras me follaba profundo.
—Te amo, Carla —gruñó, acelerando—. Córrete pa' mí, mi reina.
Explosión. Mi orgasmo me sacudió como terremoto, concha contrayéndose alrededor de su verga, chorros de placer salpicando. Él no tardó, rugiendo mi nombre mientras se vaciaba dentro, semen caliente llenándome hasta rebosar. Colapsamos juntos, cuerpos temblando, pegajosos de sudor y fluidos.
Después, en la cama king size con sábanas revueltas, nos acurrucamos. Su cabeza en mis tetas, mi mano acariciando su verga floja que aún palpitaba. El cuarto olía a nosotros, a mole residual y vino derramado. Afuera, la ciudad zumbaba lejana, pero aquí éramos solo dos almas en paz.
—Esto fue mejor que cualquier última cena bíblica —le dije riendo bajito—. Tu pasión de Cristo me va a durar el mes entero.
—Y la tuya a mí, chula —contestó besándome la frente—. Vuelve pronto pa' la secuela.
Nos quedamos así, escuchando nuestros corazones latir al unísono, sabiendo que el deseo no se apaga con la distancia. Era cierre perfecto, con el cuerpo saciado y el alma plena, listo para lo que viniera.