La Pasión de Cristo Crucifixión
En las calles empedradas de San Miguel de Allende, durante la Semana Santa, el aire se llenaba de incienso y murmullos devotos. Yo, Marisol, caminaba tomada de la mano de Alejandro, mi carnal desde hace dos años. El sol del atardecer teñía de naranja las fachadas coloniales, y el olor a cempasúchil flotaba mezclado con el sudor de la gente apiñada. Habíamos llegado temprano para ver la representación de La Pasión de Cristo Crucifixión, esa obra callejera que cada año ponía la piel chinita a todos.
Alejandro me apretaba la mano, su palma cálida y callosa de tanto trabajar en su taller de arte. Qué chingón se ve con esa camisa blanca pegada al pecho, pensé, mientras el tamborileo de los matracas anunciaba el inicio. La multitud jadeaba expectante. De pronto, apareció él: el actor que hacía de Jesús, alto y moreno, subiendo al escenario improvisado con una cruz de madera tosca a cuestas. Sus músculos se tensaban bajo la túnica raída, el sudor brillaba en su piel olivácea. Lo clavaron en la cruz, los martillazos resonaban como truenos, y un grito gutural escapó de su garganta. Algo se removió en mí, un calor traicionero entre las piernas. No era devoción, era deseo puro.
—Órale, Mari, ¿qué te pasa? Estás roja como tomate —me susurró Alejandro al oído, su aliento caliente rozándome la oreja.
Me mordí el labio, sintiendo el pulso acelerado en el cuello.
¿Por qué me excita esto? La Pasión de Cristo Crucifixión, con todo su dolor y entrega... Quiero sentir esa intensidad, pero en carne propia, con mi hombre.Le apreté la mano más fuerte, mis pezones endureciéndose contra el encaje de mi blusa. La obra siguió: el actor azotado, coronado de espinas, su cuerpo expuesto en la cruz, gimiendo. El público lloraba, pero yo solo podía imaginar esas manos fuertes sujetándome, esa madera áspera contra mi espalda desnuda.
Cuando terminó, la noche ya caía, las luces de las velas parpadeando como estrellas caídas. Caminamos en silencio hacia nuestra casa, una casita con patio de bugambilias y fuente borboteante. El deseo me quemaba por dentro, un fuego que no podía ignorar.
—Ale, ¿viste esa escena? La Pasión de Cristo Crucifixión... Me puso caliente como la chingada —confesé al entrar, cerrando la puerta con llave. Mi voz salió ronca, temblorosa.
Él se giró, sus ojos oscuros brillando con sorpresa y lujuria. Su sonrisa pícara, esa que me deshace.
—¿En serio, mi reina? ¿Quieres que te haga mía como en la cruz? —dijo, acercándose lento, su mano subiendo por mi muslo bajo la falda floreada.
Asentí, el corazón latiéndome en la garganta. Sí, carnal, hazme tuya con esa pasión prohibida.
En el patio, bajo la luz plateada de la luna, preparamos el escenario. Alejandro trajo cuerdas suaves de seda roja, que había comprado en el mercado para "juegos especiales". Yo me quité la ropa despacio, sintiendo el aire fresco acariciar mi piel desnuda, los pezones erguidos como ofrenda. Olía a jazmín y a mi propia excitación, ese aroma almizclado que nos volvía locos.
Él improvisó una cruz con dos maderos del cobertizo, pulidos y sin astillas, forrados en tela suave. Me acercó, besándome el cuello, su lengua trazando senderos húmedos que me erizaban la piel. Su sabor salado, como el sudor del Cristo en la obra.
—¿Estás segura, mi amor? Todo con tu permiso, ¿eh? —murmuró, sus dedos rozando mis labios vaginales, ya hinchados y resbalosos.
—Sí, pendejo, átame y fóllame como si fuera tu salvación —reí bajito, empoderada en mi entrega.
Me levantó en brazos, mi cuerpo ligero contra su pecho firme. Colocó la cruz contra la pared del patio, el sonido de la madera raspando la piedra como un preludio. Me extendió los brazos, atando mis muñecas con las sedas, flojo pero firme, lo suficiente para sentir la restricción deliciosa. Mis piernas abiertas, tobillos sujetos a los extremos inferiores. Desnuda, expuesta, el viento nocturno lamiendo mi sexo húmedo. Sentía cada poro abierto, el corazón retumbando en mis oídos.
Alejandro retrocedió, admirándome. Sus ojos devorándome, su verga ya dura bajo los pantalones, marcada como una promesa.
—Eres mi Cristo, mi pasión encarnada —dijo, quitándose la camisa. Su torso moreno, velludo en el pecho, brillaba con sudor fresco. Se acercó, besando mis pies primero, subiendo por las pantorrillas, mordisqueando suave. Sus manos masajeaban mis muslos, abriéndolos más, el roce de sus uñas enviando chispas a mi clítoris.
Yo gemía, la cabeza echada atrás, la seda mordiendo mi piel en los tirones instintivos.
Esto es La Pasión de Cristo Crucifixión, pero nuestra, carnal y consentida. Cada caricia un latigazo de placer.Su boca llegó a mi entrepierna, lengua experta lamiendo mis labios mayores, saboreando mi jugo dulce y salado. Qué rico chupar mi panocha, cabrón. Metió dos dedos, curvándolos adentro, tocando ese punto que me hace ver estrellas. El sonido chapoteante de mi humedad, mis jadeos mezclados con el canto de los grillos.
La tensión crecía, mi cuerpo arqueándose contra las ataduras. Sudor perlando mi frente, goteando entre mis senos. Él se incorporó, desabrochando su pantalón. Su verga saltó libre, gruesa, venosa, la cabeza roja y brillante de precúm. La frotó contra mi entrada, teasing, lubricándonos mutuamente.
—Dime que la quieres, Marisol —gruñó, su voz grave como el actor en la cruz.
—¡Sí, métela toda, mi rey! Chingame fuerte —supliqué, empoderada en mi sumisión.
Empujó despacio al principio, centímetro a centímetro, llenándome hasta el fondo. El estiramiento delicioso, mis paredes contrayéndose alrededor de él. Empezó a bombear, rítmico, sus caderas chocando contra las mías con palmadas húmedas. Yo gritaba, el placer acumulándose como una tormenta. Sus manos en mis tetas, pellizcando pezones, boca devorando mi cuello. Olía a sexo, a nosotros, intenso y adictivo.
Internamente, luchaba: ¿Es pecado esta blasfemia? No mames, es amor puro, nuestra pasión. Él aceleró, su respiración entrecortada, bolas golpeando mi culo. Me desató una mano, guiándola a su verga para sentir cómo entraba y salía, resbalosa de mis jugos.
El clímax se acercaba, mis músculos tensándose como cuerdas de guitarra. Vamos, carnal, dame todo. Grité su nombre cuando exploté, olas de placer convulsionándome, mi coño ordeñándolo. Él rugió, corriéndose dentro, chorros calientes inundándome, su cuerpo temblando contra el mío.
Desató todo con ternura, besos suaves en las marcas rojas de las sedas. Me cargó adentro, a la cama con sábanas frescas. Acurrucados, piel con piel, el afterglow nos envolvía como niebla tibia. Su mano acariciaba mi vientre, mi cabeza en su pecho, oyendo su corazón calmarse.
—La Pasión de Cristo Crucifixión nunca fue tan chingona —rió bajito.
Yo sonreí, saboreando el beso lento que sellaba nuestra noche.
Esto es nuestra fe: cuerpos unidos, almas en éxtasis. Mañana, otra procesión, pero esta pasión es solo nuestra.El sueño llegó dulce, con el aroma a sexo persistiendo en las sábanas.