Ver Pasion Prohibida
Sofía se arregló frente al espejo de su recámara, en esa casa chida de la colonia Roma, con el corazón latiéndole como tambor de mariachi. La fiesta de cumpleaños de Carlos, su esposo, estaba a punto de armarse abajo, en el jardín. Se puso un vestido negro ajustado que marcaba sus curvas, oliendo a perfume de vainilla y jazmín que la hacía sentir pinche sexy. Pero no era por Carlos por quien se esmeraba. Era por Diego, el carnal de su marido, el wey que desde la boda la traía loca con esas miradas que prometían ver pasión prohibida.
Abajo, la música ranchera retumbaba suave, mezclada con risas y el clink de botellas de tequila Don Julio. Sofía bajó las escaleras, sintiendo el aire cálido rozarle las piernas. Carlos la abrazó, besándola en la mejilla con ese beso rutinario de casados.
«¡Órale, mi reina, qué guapa!»le dijo, pero sus ojos ya andaban en el pastel. Entonces lo vio: Diego, recargado en la barra improvisada, con camisa blanca arremangada mostrando brazos fuertes, tatuaje de águila asomando. Sus ojos negros la atraparon al instante, como si ya supiera lo que ella traía en la cabeza.
La noche avanzó con shots de tequila que quemaban la garganta, saboreando limón y sal. Sofía bailó con primos y amigos, pero cada rato volteaba a ver a Diego platicando con unos cuates, riendo con esa boca carnosa que imaginaba en su piel. Neta, este pendejo me va a matar, pensó, mientras el sudor le perlaba el escote. Carlos se empedó rápido, como siempre, y empezó a cantar El Rey desafinado. Diego se acercó, ofreciéndole un trago. Sus dedos rozaron los de ella al pasarle el vaso, un toque eléctrico que le erizó la piel.
«¿Todo bien, cuñada? Te ves... radiante», murmuró Diego, voz ronca por el humo del cigarro que acababa de apagar. Sofía tragó saliva, oliendo su colonia masculina, madera y algo salvaje.
«Sí, wey, nomás el calor. ¿Y tú, disfrutando la fiestota?»
Él sonrió de lado, ojos bajando a sus labios.
«Mejor ahora que te veo. Siempre has sido la que ilumina todo, Sofi». El apodo la derritió. Se quedaron platicando, el ruido de la fiesta como fondo, pero el mundo se achicó a ellos dos. Recordaron la boda, cómo bailaron pegaditos, cómo él la cargó en brazos riendo. La tensión creció, invisible pero palpable, como el aire cargado antes de tormenta.
De repente, Carlos gritó que era hora del pastel. La gente corrió, y Diego la jaló del brazo hacia la cocina oscura.
«Ven, ayúdame a sacar los platos», dijo, pero cerró la puerta. Estaban solos, el zumbido del refri y sus respiraciones agitadas llenando el espacio. Sofía sintió su aliento en la nuca, calor de su cuerpo detrás. Esto es prohibido, pero chingado, lo quiero tanto.
Él la volteó suave, manos en su cintura.
«Sofi, no aguanto más verte así. Desde que te casaste con mi hermano, sueño con esto». Ella no dijo nada, solo se acercó, labios rozando los de él. El beso explotó, hambriento, lenguas enredándose con sabor a tequila y deseo puro. Sus manos subieron por su espalda, arañando tela, mientras ella le metía dedos en el pelo, tirando suave. Olía a sudor limpio, a hombre de verdad.
La cocina se volvió su mundo. Diego la levantó a la mesa, vestido subiendo por muslos suaves. Besos bajaron por cuello, mordiscos que la hicieron gemir bajito.
«Quieta, cuñada, que nos oyen», susurró, pero sus manos ya desabrochaban el vestido, exponiendo pechos turgentes. Sofía jadeó cuando su boca los capturó, lengua girando en pezones duros como piedras. El placer subía como ola, vientre apretándose, humedad creciendo entre piernas.
Acto dos: la cosa se puso intensa. Ella lo empujó contra la pared, queriendo venganza. Desabrochó su cinturón, jeans cayendo. Su verga saltó libre, gruesa, venosa, palpitando. Pinche grande, neta, pensó, lamiéndose labios. Se arrodilló, olor almizclado golpeándola, excitándola más. Lo tomó en boca, chupando lento, lengua en la punta saboreando pre-semen salado. Diego gruñó, manos en su cabeza,
«Chingado, Sofi, qué rica boca». Ella aceleró, mamada profunda, garganta relajada, sintiendo su pulso en la lengua.
Pero querían más. La levantó, volteándola contra la mesa. Bragas a un lado, dedos explorando su coño empapado, resbaloso.
«Estás chorreando por mí, ¿verdad? Quieres ver pasión prohibida hecha realidad». Ella asintió, gimiendo cuando dos dedos entraron, curvándose en su punto G, jugos chorreando. El sonido húmedo, chapoteo, la volvía loca. Él se colocó atrás, verga rozando entrada, frotando clítoris hinchado.
Entra ya, cabrón, suplicó en mente. Diego empujó lento, centímetro a centímetro, estirándola delicioso. Llenó todo, golpeando fondo. Empezaron a moverse, embestidas profundas, piel contra piel cacheteando. Sofía mordió su puño para no gritar, pero gemidos escapaban: ah, sí, así, Diego. Él la sujetaba caderas, sudor goteando, olor a sexo invadiendo la cocina. Cada thrust mandaba chispas por su espina, pechos rebotando, pelo pegado a cara.
Cambiaron: ella encima en la mesa, cabalgando fiera. Manos en su pecho, uñas clavando, mientras subía y bajaba, coño apretándolo. Diego mamaba tetas, pellizcando pezones.
«Eres mía esta noche, Sofi, aunque sea prohibido». La tensión creció, orgasmo acechando. Ella aceleró, clítoris frotando su pubis, olas rompiendo. Gritó bajito, cuerpo convulsionando, paredes internas ordeñándolo. Diego la siguió, gruñendo, semen caliente llenándola, chorros potentes.
Se quedaron jadeando, abrazados, piel pegajosa, corazones tronando. Besos suaves ahora, lenguas perezosas. Esto fue lo más chingón de mi vida, pensó Sofía, sintiendo su calor adentro. Se arreglaron rápido, risas nerviosas.
«Esto no termina aquí, ¿eh?»dijo él, guiñando.
Salieron como si nada, fiesta en pleno. Carlos borracho, ajeno. Sofía sonrió, tequila en mano, sabiendo que había visto pasión prohibida y la había vivido. La noche terminó con ella en cama junto a Carlos dormido, pero mente en Diego, cuerpo aún vibrando. Mañana buscaría excusa para verlo. El prohibido sabía a gloria, y lo quería más.