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Isla de la Pasion Desatada

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Isla de la Pasion Desatada

El avión aterrizó en la pista improvisada de Isla de la Pasion y el calor húmedo me golpeó como una ola ardiente apenas bajé las escaleras. Olía a sal marina mezclada con el dulce aroma de las flores tropicales, esas bugambilias rojas que trepaban por las palmeras. Yo, Ana, una chilanga harta de la rutina del DF, había venido aquí buscando desconectar, pero neta, no imaginaba que esta isla me iba a prender fuego por dentro.

El resort era un paraíso: playas de arena blanca que crujía bajo mis sandalias, aguas turquesas que lamían la orilla con un susurro constante, y cabañas de madera con techos de palapa que se mecían con la brisa. Me registré con una piña colada en la mano, el hielo chorreando frío contra mi piel bronceada.

¿Y si esta vez me lanzo? ¿Y si dejo que el deseo me gane?
pensé, mientras el jugo dulce me explotaba en la lengua.

En la playa, lo vi. Se llamaba Marco, un moreno alto de ojos negros como el café de olla, con una sonrisa pícara que gritaba chulo. Trabajaba como guía en el resort, organizando tours en kayak y cenas bajo las estrellas. Me acerqué a rentar uno, y su voz ronca, con ese acento yucateco juguetón, me erizó la piel. "Órale, mamacita, ¿lista pa'l agua?", dijo, guiñándome el ojo. Su mano rozó la mía al pasarme el chaleco salvavidas, y sentí un chispazo, como si mi cuerpo ya supiera lo que vendría.

Remamos juntos esa tarde, el sol quemando nuestras espaldas desnudas. El agua chapoteaba contra el kayak, salpicándonos con gotas frescas que contrastaban con el sudor que nos perlaba la piel. Hablamos de todo: de cómo él amaba esta isla, su Isla de la Pasion, con sus cuevas secretas y playas vírgenes; yo le conté de mi vida estresante en la ciudad, de cómo necesitaba sentirme viva. Nuestras risas se mezclaban con el graznido de las gaviotas, y cada vez que nuestras piernas se tocaban bajo el agua, el pulso se me aceleraba. Este wey me está volviendo loca, admití en silencio, oliendo su aroma a sal y coco en el viento.

Al atardecer, me invitó a una cena privada en una cala escondida. "Nada de multitudes, solo tú y yo", murmuró, y acepté sin pensarlo dos veces. Caminamos por la arena tibia, descalzos, el sol hundiéndose en el horizonte tiñendo el cielo de naranjas y rosas. La mesa estaba puesta con langosta fresca, ceviche de camarón que sabía a mar puro, y tequila reposado que nos calentaba la garganta. Brindamos con los vasos tintineando, y sus ojos se clavaron en mis labios mientras lamía una gota de limón. "Eres fuego, Ana", dijo, su voz baja como un ronroneo. Mi corazón latía fuerte, el aire cargado de jazmín y anticipación.

La tensión crecía con cada mirada, cada roce accidental.

¿Lo beso ya o lo hago sufrir un poquito más?
me pregunté, sintiendo mis pezones endurecerse bajo el vestido ligero. Él se acercó, su mano grande y callosa acariciando mi brazo, subiendo despacio hasta mi hombro. "Dime que pare si no quieres", susurró, pero yo solo negué con la cabeza, jalándolo hacia mí. Nuestros labios se encontraron en un beso salado, hambriento, sus lenguas danzando con el sabor del tequila. Gemí bajito cuando su boca bajó a mi cuello, mordisqueando suave, mientras sus dedos se colaban bajo mi falda, rozando el encaje de mis panties ya húmedas.

Nos tumbamos en la arena fina, el mar rugiendo a lo lejos como testigo. Marco me quitó el vestido con reverencia, sus ojos devorando mis curvas. "Eres una diosa, carnal", gruñó, y yo reí, tirando de su short para liberar su verga dura, palpitante. La tomé en mi mano, sintiendo su calor aterciopelado, el pulso acelerado bajo mi palma. Él jadeó, arqueándose, y bajó su boca a mis tetas, chupando un pezón con succiones que me hicieron arquear la espalda. Olía a su excitación, ese musk masculino mezclado con arena y sal, y yo me abrí para él, guiando sus dedos a mi concha empapada.

"Estás chingona de mojada", murmuró contra mi piel, metiendo dos dedos despacio, curvándolos para rozar ese punto que me hacía ver estrellas. Gemí fuerte, mis caderas moviéndose al ritmo de su mano, el sonido húmedo de mi arousal llenando la noche. El viento nos acariciaba, fresco contra el fuego de nuestros cuerpos. Lo empujé hacia atrás, montándome encima, frotando mi clítoris contra su polla dura. "Te quiero adentro, pendejo", le dije juguetona, y él rio, agarrando mis nalgas con fuerza.

Me hundí en él de golpe, sintiendo cómo me llenaba, estirándome delicioso. ¡Ay, cabrón! grité en mi mente, el placer punzante expandiéndose desde mi centro. Cabalgaba lento al principio, sintiendo cada vena, cada throbb de su verga dentro de mí. Sus manos amasaban mis tetas, pellizcando pezones, y yo aceleré, el slap-slap de piel contra piel uniéndose al oleaje. Sudábamos juntos, nuestros cuerpos resbalosos, el olor a sexo crudo invadiendo el aire. Él se incorporó, besándome feroz mientras embestía desde abajo, profundo, golpeando mi G-spot con precisión.

La tensión subía como una ola gigante.

Ya casi, no pares, no pares
, rogaba internamente, mis uñas clavándose en su espalda musculosa. Marco gruñó, "Ven conmigo, mi reina", y eso me lanzó al borde. El orgasmo me rompió en mil pedazos, mi concha contrayéndose alrededor de él en espasmos violentos, jugos chorreando por sus bolas. Él se corrió segundos después, caliente y espeso dentro de mí, su rugido animal vibrando contra mi pecho.

Jadeando, colapsamos en la arena, el mar lamiendo nuestros pies entrelazados. Su brazo me rodeaba, protector, mientras el sudor se enfriaba en nuestra piel. Miré las estrellas, brillantes sobre la Isla de la Pasion, y sentí una paz profunda, como si hubiera encontrado mi lugar. "Esto no termina aquí, ¿verdad?", pregunté, trazando círculos en su pecho. Él besó mi frente, su voz ronca de satisfacción: "Neta, esto es solo el principio, corazón".

Los días siguientes fueron un torbellino de pasión. Kayak al amanecer con besos robados, masajes en la cabaña donde sus manos expertas me derretían, noches de amor bajo la luna llena. Cada roce era eléctrico, cada susurro una promesa. La isla nos había unido, su magia tropical amplificando nuestro fuego. Al partir, con su número en mi teléfono y el sabor de él en mis labios, supe que volvería. La Isla de la Pasion no solo era un lugar; era el despertar de algo salvaje en mí.

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