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Pasión Capítulo 53 Fuego en la Sangre

7381 palabras

Pasión Capítulo 53 Fuego en la Sangre

La noche en la playa de Cancún se sentía como un sueño caliente y pegajoso. El aire salado me rozaba la piel, cargado con el olor a mar y a coco tostado de las antorchas que iluminaban la cabaña privada. Yo, Ana, estaba recostada en la hamaca de red, con un vestido ligero de algodón que se pegaba a mis curvas por la brisa húmeda. Mi corazón latía fuerte, como tambores de una fiesta en la zona hotelera. Hacía semanas que no veía a Javier, mi amor loco, el que me hacía temblar con solo una mirada.

¿Dónde está el pendejo? Pensé, mordiéndome el labio. Esta noche va a ser nuestra, como en esos capítulos de pasión que tanto nos gustan.

De repente, oí el crujido de la arena bajo sus pasos firmes. Levanté la vista y ahí estaba él, alto, moreno, con esa camisa blanca desabotonada que dejaba ver su pecho bronceado por el sol de Acapulco. Sus ojos negros brillaban con hambre, y su sonrisa pícara me derritió por dentro.

¡Órale, nena! Te extrañé tanto que casi me vuelvo loco manejando desde la Ciudad de México.

Se acercó, su aroma a colonia fresca mezclada con sudor masculino me invadió las fosas nasales. Me tendió la mano y me jaló hacia él, nuestros cuerpos chocando con un calor inmediato. Sus labios capturaron los míos en un beso salado, urgente, con lengua que sabía a tequila reposado. Gemí bajito, sintiendo sus manos grandes recorrer mi espalda, bajando hasta mis nalgas, apretándolas con esa fuerza que me ponía cardíaca.

—Javier... mi chulo... —susurré contra su boca, mi voz ronca de deseo.

Me cargó como si no pesara nada y me llevó adentro de la cabaña. El interior era puro lujo: velas parpadeando, pétalos de rosa roja esparcidos en la cama king size, y el sonido de las olas rompiendo afuera como un ritmo sensual. Me dejó en la cama con cuidado, pero sus ojos ardían. Se quitó la camisa de un tirón, revelando esos abdominales marcados que tanto me gustaban lamer.

Yo me incorporé de rodillas, mis pechos subiendo y bajando rápido bajo el vestido. Le desabroché el cinturón con dedos temblorosos, oliendo su excitación creciente, ese almizcle que me hacía mojarme al instante. Su verga saltó libre, dura, gruesa, palpitante. La tomé en mi mano, sintiendo el calor de su piel aterciopelada sobre venas hinchadas. La lamí desde la base hasta la punta, saboreando el gusto salado de su pre-semen.

¡Qué rico, Ana! Chúpamela más fuerte, carnala. —gruñó él, enredando sus dedos en mi cabello negro largo.

Lo hice, succionando con ganas, mi lengua girando alrededor del glande mientras él jadeaba. El sonido de su respiración agitada, mezclada con mis slurps húmedos, llenaba la habitación. Pero quería más. Lo empujé sobre la cama y me quité el vestido de un movimiento, quedando en tanga roja y nada más. Mis tetas llenas rebotaron libres, pezones duros como piedras.

Esto es pasión capítulo 53 de nuestra historia, pensé. Cada encuentro es un capítulo nuevo, más intenso que el anterior.

Me subí encima de él, frotando mi coño empapado contra su polla. Sentía el calor de su miembro deslizándose entre mis labios hinchados, lubricados por mis jugos. Javier me miró con ojos enloquecidos, sus manos amasando mis senos, pellizcando los pezones hasta que grité de placer mezclado con un poquito de dolor delicioso.

—Métetela ya, mi reina. No aguanto más —rogó, su voz grave como un ronroneo.

Me levanté un poco y lo guié dentro de mí. Lentamente al principio, sintiendo cada centímetro estirándome, llenándome hasta el fondo. El placer fue un rayo: mi clítoris rozando su pubis, sus bolas contra mi culo. Empecé a cabalgarlo despacio, mis caderas girando en círculos, el sonido de piel contra piel húmeda retumbando. Olía a sexo puro, a sudor y feromonas.

Él se incorporó, chupando mi cuello, mordisqueando mi oreja mientras sus caderas empujaban hacia arriba, clavándosela más profundo. Yo clavaba mis uñas en su espalda, dejando marcas rojas que mañana dolerían rico. Nuestros gemidos se mezclaban con el viento del mar, el colchón crujiendo bajo nosotros.

Pero la tensión crecía. Javier me volteó de repente, poniéndome a cuatro patas. Su aliento caliente en mi nuca mientras lamía mi espinazo.

—Voy a cogerte duro, nena. ¿Quieres?

Sí, pendejito, dame todo. —respondí, arqueando la espalda, ofreciéndole mi culo redondo.

Entró de nuevo, esta vez con fuerza, sus embestidas rápidas y profundas. Cada choque hacía que mis tetas se bambolearan, mi clítoris palpitando contra sus dedos que lo frotaban sin piedad. Sentía el orgasmo construyéndose, como una ola gigante en el Pacífico. Él gruñía palabras sucias en mi oído:

Estás tan chingona mojada, Ana. Tu panocha me aprieta como guante. ¡Ven, córrete conmigo!

El clímax me golpeó primero: un estallido de fuego líquido desde mi vientre, expandiéndose por todo mi cuerpo. Grité su nombre, mis paredes contrayéndose alrededor de su verga, ordeñándolo. Javier se corrió segundos después, llenándome con chorros calientes que sentía deslizarse dentro. Colapsamos juntos, sudorosos, jadeantes, sus brazos envolviéndome protectoramente.

Nos quedamos así un rato, el corazón latiéndonos al unísono. El olor a sexo impregnaba el aire, mezclado con el jazmín del jardín afuera. Me besó la sien, suave ahora, tierno.

—Te amo, mi vida. Cada vez es mejor que el capítulo anterior.

Yo sonreí, trazando círculos en su pecho con mi uña.

—Pasión capítulo 53, completado. ¿Listo para el 54?

Él rio bajito, su mano bajando de nuevo a mi entrepierna, donde aún estaba sensible y húmeda.

La noche no había terminado. Después de un rato de caricias perezosas, Javier me besó de nuevo, esta vez lento, explorando mi boca como si fuera la primera vez. Sus dedos juguetearon con mi clítoris hinchado, haciendo que gemidos suaves escaparan de mis labios. Yo lo masturbé despacio, sintiendo cómo volvía a endurecerse en mi palma, venoso y listo.

Nos dimos la vuelta en la cama, yo boca abajo, él encima. Entró en mí desde atrás, pero esta vez suave, como olas meciendo una barca. Sus embestidas eran profundas, rítmicas, su pecho pegado a mi espalda, sudor goteando de su barbilla a mi piel. Olía su cabello mojado, a sal marina. Mordí la almohada para ahogar mis gritos cuando aceleró, su mano entre mis piernas frotando mi botón del placer.

Qué chido es esto, pensé. Javier sabe exactamente cómo hacerme volar.

El segundo orgasmo fue más lento, más intenso, como un volcán erupcionando lava espesa. Él se corrió conmigo, gruñendo mi nombre contra mi oreja. Nos quedamos unidos, su verga palpitando dentro mientras el placer nos recorría en ondas.

Al final, exhaustos, nos acurrucamos bajo las sábanas revueltas. El sonido de las olas era una nana, el aroma a nuestros cuerpos satisfechos un perfume embriagador. Javier me acariciaba el cabello, y yo pensaba en lo afortunada que era.

—Mañana playa, atardecer y más pasión —murmuró él, somnoliento.

—Sí, mi rey. Capítulo 54 nos espera.

Con esa promesa, me dormí en sus brazos, el corazón lleno, el cuerpo saciado, sabiendo que nuestra historia de pasión no tenía fin.

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