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La Pasion de Cristo Satanas

6675 palabras

La Pasion de Cristo Satanas

En las calles empedradas de Taxco, durante la Semana Santa, el aire olía a incienso quemado y a flores de cempasúchil marchitas. Yo, Marisol, caminaba detrás de la procesión, con el corazón latiéndome fuerte bajo el huipil negro que me apretaba los pechos. Las velas parpadeaban, iluminando las figuras de madera del Cristo sufriente, y la gente murmuraba oraciones. Pero mis ojos no estaban en la cruz; se clavaban en él, el desconocido que se recargaba contra una pared colonial, con una sonrisa que parecía prometer el paraíso y el infierno al mismo tiempo.

Era alto, moreno, con ojos negros como pozos de obsidiana y una barba recortada que le daba un aire divino, pero pecaminoso. Llevaba una camisa blanca abierta hasta el pecho, dejando ver un tatuaje que brillaba bajo la luz de las antorchas: una cruz envuelta en llamas.

¿Quién chingados es este wey?
pensé, sintiendo un calor subirme por las piernas. Me miró directo, como si supiera mis secretos más sucios, y levantó su botella de mezcal hacia mí. Tragué saliva, el sabor amargo del polvo del camino todavía en la boca.

La procesión avanzó, pero yo me quedé atrás. Él se acercó, oliendo a tierra mojada y a algo más salvaje, como cuero caliente. "Buenas noches, mamacita", dijo con voz ronca, grave como un tamborazo zacatecano. "Soy Cristo, pero mis carnales me dicen Satánas". Reí nerviosa, pero su mano rozó mi brazo y un escalofrío me recorrió la espina. "Y tú pareces tentación pura", respondí, sorprendida de mi propia audacia. Me contó que era de Guerrero, que andaba por ahí vendiendo artesanías, pero sus ojos decían otra cosa. Hablaba de la pasión de Cristo Satánas, una leyenda local de un amor prohibido entre lo sagrado y lo demoníaco, donde el placer era el verdadero sacrificio.

Nos fuimos caminando por un callejón estrecho, lejos del bullicio. El viento traía ecos de saetas y marimbas lejanas. Su mano en mi cintura era firme, cálida, y yo sentía mi piel erizándose bajo el vestido.

Neta, Marisol, ¿qué estás haciendo? Esto es pecado mortal
, me regañaba mi voz interna, pero el deseo era más fuerte, como un río crecido en temporada de lluvias. Llegamos a su posada, una casita con patio de bugambilias rojas como sangre. Me sirvió mezcal en un vaso de barro, el líquido quemándome la garganta, soltando un fuego que bajaba directo a mi entrepierna.

Nos sentamos en una banca de madera, y él empezó a contarme más de la pasión de Cristo Satanas. "Es como nosotros", murmuró, acercando su rostro al mío. Su aliento olía a humo y a miel. "Lo divino y lo carnal chocando hasta explotar". Sus labios rozaron los míos, suaves al principio, luego hambrientos. Gemí bajito cuando su lengua invadió mi boca, saboreando el mezcal compartido. Mis manos subieron por su pecho, sintiendo los músculos duros, el latido acelerado de su corazón. Él me levantó en brazos como si no pesara nada, y me llevó a la habitación iluminada por velas.

La cama era de fierro forjado, con sábanas ásperas que raspaban deliciosamente mi piel cuando me quitó el huipil. Quedé en brasier y calzones, expuesta, vulnerable, pero empoderada por su mirada de adoración lujuriosa. "Eres un pinche diosa", gruñó, besando mi cuello, chupando la sal de mi sudor. Sus manos expertas desabrocharon el brasier, liberando mis tetas pesadas, y succionó un pezón con fuerza, haciendo que arquee la espalda. El placer era eléctrico, un rayo que me mojaba la panocha sin remedio.

Yo no me quedé atrás. Le arranqué la camisa, lamiendo su tatuaje, sintiendo el sabor salado de su piel bajo mi lengua. Bajé la mano a su pantalón, palpando la verga dura como piedra, palpitando contra la tela. "¡Órale, qué chingona!", exclamé, riendo traviesa. La saqué, gruesa y venosa, con la cabeza brillante de precum. La masturbé despacio, oyendo sus jadeos roncos, el sonido húmedo de mi mano en su carne caliente. Él metió los dedos en mis calzones, rozando mi clítoris hinchado, y yo grité cuando los hundió en mi coño empapado.

Esto es el cielo y el infierno juntos, la pasión de Cristo Satanas en mi cuerpo
.

La tensión crecía como tormenta en el Pacífico. Me puso de rodillas en la cama, lamiendo mi espalda, mordiendo suave mis nalgas redondas. El olor a sexo llenaba la habitación, almizcle mezclado con jazmín del patio. Me volteó, abriéndome las piernas, y hundió la cara entre ellas. Su lengua era fuego, lamiendo mi rajita de abajo arriba, chupando mi jugo dulce y salado. Gemía contra mí, vibrando mi botón, mientras yo tiraba de su pelo, empujándolo más adentro. "¡Más, carnal, no pares!", suplicaba, mis caderas moviéndose solas, el colchón crujiendo bajo nosotros.

Pero quería más. Lo empujé sobre la cama, montándolo como amazona. Su verga entró en mí de un jalón, llenándome hasta el fondo, estirándome deliciosamente. El dolor inicial se volvió placer puro, mis paredes apretándolo como guante. Cabalgaba fuerte, mis tetas rebotando, sudor goteando entre nos. Él agarraba mis caderas, clavando los dedos, gruñendo "¡Qué rica estás, pinche puta celestial!". Yo reía, perdida en la frenesí, el slap-slap de piel contra piel, nuestros jadeos mezclándose con el canto de grillos afuera.

El clímax se acercaba, una ola gigante. Cambiamos posiciones; me puso a cuatro patas, embistiéndome desde atrás, su saco golpeando mi clítoris. Cada thrust era más profundo, más salvaje, sus manos en mis tetas, pellizcando pezones.

Sí, así, fóllame como demonio, como Cristo redentor
, pensaba, al borde del abismo. Él aceleró, sudando sobre mí, su aliento en mi oreja: "Ven conmigo, en la pasión de Cristo Satanas". Explotamos juntos; yo chillé, mi coño contrayéndose en espasmos, ordeñando su leche caliente que me inundaba. Él rugió, temblando, derramándose hasta la última gota.

Caímos exhaustos, enredados en las sábanas húmedas. Su pecho subía y bajaba contra el mío, el olor de nuestro sexo pegado a la piel. Me besó la frente, suave ahora, como un amante tierne. "Eso fue eterno", susurró. Yo sonreí, trazando su tatuaje con el dedo.

La fe puede ser esto también, pasión sin cadenas
. Afuera, las campanas de la iglesia tañían la medianoche, pero en mi alma sonaba un tambor alegre, liberado.

Al amanecer, nos despedimos con un último beso salado. Él se fue por el camino polvoriento, pero la pasión de Cristo Satanas quedó grabada en mí, un secreto ardiente que me hacía caminar con la cabeza alta, lista para más noches de fuego divino.

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