Relatos Prohibidos
Inicio Infidelidad Guerra de Pasiones Novela Guerra de Pasiones Novela

Guerra de Pasiones Novela

6867 palabras

Guerra de Pasiones Novela

La noche en Guadalajara estaba cargada de ese calor pegajoso que se mete hasta los huesos, como si el aire mismo quisiera abrazarte y no soltarte. Yo, Ana, acababa de llegar a la fiesta en la casa de los Rivera, una de esas mansiones en la colonia Providencia donde el tequila corre como agua y las pasiones se encienden con una mirada. Llevaba un vestido rojo ceñido que me hacía sentir como una diosa, con el escote justo para volver loco a cualquiera. Pero no a cualquiera. A él.

Diego estaba ahí, recargado en la barra, con esa camisa blanca desabotonada lo suficiente para dejar ver el vello oscuro en su pecho. Sus ojos negros me encontraron al instante, y sentí un escalofrío que nada tenía que ver con el aire acondicionado. Éramos de familias rivales: mi papá y el suyo peleaban por el mismo contrato de exportación de tequila desde hace años. Una guerra de pasiones novela en toda regla, como las que leo en mis noches solitarias. Pero esto no era ficción. Esto era real, y ardía.

"¿Qué haces aquí, Ana? ¿Vienes a espiarme o a rendirte?"
me dijo con esa voz ronca que me erizaba la piel, acercándose con un vaso de reposado en la mano. Su colonia, un olor a madera y cítricos, me invadió las fosas nasales. Olía a peligro, a deseo prohibido.

—No seas pendejo, Diego —le contesté, mordiéndome el labio para no sonreír—. Vine por el tequila, no por ti.

Pero mentía. Mi corazón latía como tamborazo en una fiesta de pueblo, y entre las piernas sentía ese cosquilleo traicionero que me delataba. Nos miramos, y el mundo se redujo a eso: sus pupilas dilatadas, el sudor perlado en su cuello moreno, el ruido de la banda sonidera retumbando de fondo con cumbias calientes.

La tensión creció mientras charlábamos. Hablamos de todo y nada: del negocio de nuestros papás, de cómo Guadalajara había cambiado, de esa vez en la universidad cuando casi nos besamos en la fiesta de primavera. Sus dedos rozaron mi brazo al pasarme el vaso, y fue como electricidad. Piel contra piel, áspera y cálida. Pinche Diego, siempre supiste cómo tocarme sin tocarme de verdad, pensé, mientras mi cuerpo se inclinaba hacia él sin permiso.

La fiesta seguía, pero nosotros nos escabullimos al jardín trasero, donde las luces tenues de las guirnaldas pintaban sombras en su rostro. El aroma de las buganvillas y el jazmín flotaba pesado, mezclado con el humo de los cigarros de los invitados lejanos. Me acorraló contra la pared de adobe, su aliento caliente en mi oreja.

"Ana, no aguanto más esta guerra. Quiero una tregua... en tu cama."

Mi risa salió ronca, juguetona. —Órale, cabrón, ¿así de directo? —Le pasé la mano por el pecho, sintiendo los músculos duros bajo la tela, el latido acelerado de su corazón. Era consensual, puro fuego mutuo. Nadie nos obligaba; éramos adultos quemándonos por elección propia.

Nos besamos ahí mismo, con hambre de años reprimidos. Sus labios sabían a tequila ahumado y sal de su piel sudada. Lenguas enredadas, mordidas suaves que me arrancaban gemidos bajos. Sus manos bajaron a mi cintura, apretando mis caderas como si quisiera fundirnos. Yo le clavé las uñas en la espalda, oliendo su sudor mezclado con el mío, ese olor almizclado que grita sexo.

Subimos a su coche, un Jeep negro parked en la calle. El trayecto a su departamento en Chapalita fue una tortura deliciosa: yo en su regazo en el asiento del copiloto, besándonos en semáforos, mis manos explorando el bulto duro en sus jeans. Qué chingón se siente esto, pensé, mientras su mano subía por mi muslo, rozando el encaje de mis panties húmedas. El sonido del motor rugiendo, las luces de la ciudad pasando como estrellas fugaces, todo avivaba el fuego.

Llegamos a su depa, un lugar moderno con ventanales que daban a las luces de la ciudad. Cerró la puerta y me levantó en brazos como si no pesara nada. —Eres mi reina, Ana —murmuró, mientras me llevaba a la recámara. La cama king size nos esperaba, sábanas blancas crujientes que pronto se arrugarían bajo nosotros.

Me quitó el vestido despacio, besando cada centímetro de piel que liberaba. Sus labios en mi cuello, chupando suave hasta dejar una marca roja que mañana me recordaría esto. Bajó a mis pechos, lamiendo los pezones duros como piedras, succionando con un pop que me hizo arquear la espalda. Dios mío, su lengua es puro vicio. Yo le arranqué la camisa, arañando su torso, saboreando el salado de su piel con la lengua. Olía a hombre, a deseo puro.

Caímos en la cama, él encima, pero yo lo volteé porque quería control. Le desabroché los jeans, liberando su verga tiesa, gruesa y palpitante. La tomé en la mano, sintiendo las venas hinchadas, el calor que emanaba. —Mira nomás qué mamalón —le dije riendo, mientras lo lamía desde la base hasta la punta, saboreando el precum salado y ligeramente dulce. Sus gemidos roncos llenaron la habitación, ay, cabrón, no pares, y eso me empoderó más.

La escalada fue brutal. Me monté en él, guiando su polla dentro de mí centímetro a centímetro. Estrecha al principio, luego llena, estirándome deliciosamente. El sonido húmedo de mi coño tragándoselo, el slap de piel contra piel cuando empecé a cabalgar. Sus manos en mis nalgas, amasando, azotando suave —¡sí, así!—. Sudábamos a chorros, el olor a sexo invadiendo todo, mezclado con su colonia y mi perfume floral.

"Más rápido, Ana, rómpeme,"
jadeó, sus ojos fijos en los míos, caderas embistiendo desde abajo. Yo iba perdida en sensaciones: el roce de su pubis en mi clítoris hinchado, el pellizco en mis pezones que él hacía con los dedos, el sabor de su boca cuando nos besábamos entre jadeos. Mi orgasmo subió como ola en el Pacífico, tensando cada músculo. Me vengo, pinche Diego, me vengo fuerte. Grité su nombre, temblando, contrayéndome alrededor de él en espasmos que lo ordeñaban.

Él no tardó: con un rugido gutural, se corrió dentro, caliente y espeso, llenándome hasta rebosar. Nos quedamos pegados, pulsos latiendo al unísono, respiraciones entrecortadas. El afterglow fue dulce: sus dedos trazando círculos en mi espalda, besos perezosos en la frente.

—Esto no acaba la guerra, ¿verdad? —le pregunté, acurrucada en su pecho, escuchando su corazón calmarse.

—No, mi amor. Es solo el principio de nuestra guerra de pasiones novela. Pero ahora luchamos del mismo lado.

Nos dormimos así, envueltos en sábanas revueltas y promesas susurradas. Mañana volvería la rivalidad familiar, pero esta noche, en Guadalajara, éramos invencibles. El deseo nos unía más que cualquier contrato, y eso valía todo el fuego del mundo.

Contenido Adulto

Este sitio web contiene material explícito y relatos eróticos destinados exclusivamente a adultos. Debes tener al menos 18 años para acceder a RelatosEroticos.mx.

Al ingresar, aceptas nuestros términos de servicio y confirmas que resides en una jurisdicción donde el consumo de este material es legal.