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Biblia Pasión Desatada

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Biblia Pasión Desatada

Entré a esa librería antigua en el corazón del Centro Histórico de la Ciudad de México, con el bullicio de los vendedores ambulantes y el aroma a elotes asados flotando en el aire. El sol de la tarde se colaba por las vitrinas polvorientas, iluminando estanterías repletas de tomos olvidados. Yo, Laura, una chava de treinta años que trabaja en una galería de arte en Polanco, buscaba algo diferente, algo que rompiera la rutina de mis noches solitarias. Mis ojos se posaron en un libro encuadernado en cuero rojo desgastado, con letras doradas que decían Biblia Pasión. Lo tomé entre mis manos, sintiendo el tacto áspero del cuero contra mis palmas sudorosas por el calor citadino. ¿Qué carajos sería esto? El título me erizó la piel, como si prometiera secretos prohibidos.

El dependiente, un viejo con bigote canoso y ojos pícaros, me guiñó un ojo. "Órale, mija, esa es la biblia de los amantes de verdad. Te va a volar la cabeza", dijo con esa voz ronca típica de los abuelitos mexicanos que han visto de todo. Pagué mis cuatrocientos pesos sin pensarlo dos veces y salí a la calle, con el paquete bajo el brazo, el corazón latiéndome un poco más rápido. En el camión rumbo a mi depa, no pude resistir y lo abrí un poquito. Las páginas crujían como hojas secas, y las primeras líneas hablaban de caricias que despiertan el fuego interior, de besos que saben a tequila y chile. Sentí un cosquilleo entre las piernas, un calor húmedo que me hizo cruzarlas con disimulo. ¿Y si esta noche invito a Diego?, pensé, recordando a mi novio, ese moreno alto de ojos cafés intensos que me hace temblar con solo una mirada.

Llegué a mi departamento en Polanco, con vistas al skyline iluminado por las luces de la Reforma. Me quité los zapatos, sintiendo el fresco del piso de mármol contra mis pies cansados, y me serví un mezcal en un vasito de cristal. Me tiré en el sillón de terciopelo verde, abrí la Biblia Pasión y empecé a leer de verdad. Las descripciones eran pura poesía carnal: "Deja que tus labios recorran la curva de su cuello, saboreando el salitre de su piel como el mar de Veracruz". Mi respiración se aceleró, mis pezones se endurecieron bajo la blusa de algodón fina. Imaginé las manos de Diego, callosas por su trabajo en construcción, deslizándose por mi espalda. Me toqué el vientre, bajando despacio hasta el borde del pantalón, pero me detuve. No, mejor espero a que llegue el pendejo ese. Que me sorprenda.

El timbre sonó como un trueno a las nueve en punto. Abrí la puerta y ahí estaba Diego, con su camiseta ajustada marcando los músculos del pecho, oliendo a jabón fresco y un toque de colonia barata que me volvía loca. "¿Qué onda, mi reina? Te extrañé todo el día", murmuró, jalándome hacia él para darme un beso que sabía a chicle de menta y promesas. Lo hice pasar, le ofrecí el mezcal y lo senté a mi lado. "Mira lo que encontré, carnal. Es la Biblia Pasión. Léela, a ver qué te parece". Se rio con esa carcajada grave que me eriza los vellos. Tomó el libro, hojeó unas páginas y sus ojos se abrieron como platos. "¡No mames! Esto está chingón. Habla de posiciones que ni en las porns he visto".

Empezamos a leer en voz alta, turnándonos párrafos, nuestras voces entremezclándose en el aire cargado de anticipación. El ambiente se llenó del aroma a nuestra excitación incipiente, ese olor almizclado que sale cuando el cuerpo se prepara. Diego me acercó más, su mano grande posándose en mi muslo desnudo. "Primera lección: acaricia sin prisa, como si el tiempo fuera tuyo", leyó él, y sus dedos obedecieron, trazando círculos lentos sobre mi piel, subiendo por el interior del pantalón. Yo gemí bajito, sintiendo el pulso acelerado en mi centro, húmeda ya como un manantial. Le quité la camiseta, admirando el tatuaje de un águila en su hombro, y pasé la lengua por su pecho, saboreando el sudor salado mezclado con su esencia masculina. Esto es mejor que cualquier fantasía, pensé, mientras él me desabrochaba la blusa con dientes, rozando mis pechos con la barba incipiente.

La tensión crecía como una tormenta de verano en el DF. Nos paramos, él me cargó como si no pesara nada y me llevó al cuarto, tirándome suave sobre las sábanas de algodón egipcio que olían a lavanda fresca. La Biblia Pasión quedó abierta en la mesita de noche, testigo silencioso. Diego se arrodilló entre mis piernas, besando mi ombligo, bajando despacio mientras yo arqueaba la espalda. "Sigue el mapa del deseo, lengua experta", recité de memoria, y él lo hizo, lamiendo mi clítoris con movimientos circulares que me hicieron jadear. El sonido de mi humedad era obsceno, chapoteos suaves contra su boca hambrienta. Olía a sexo puro, a panocha mojada y verga endurecida presionando contra el colchón. Mis manos enredadas en su pelo negro, tirando suave: "¡Ay, wey, no pares! Estás cañón".

En mi mente, las palabras del libro se repetían: "La pasión no es prisa, es rendición mutua". Y así fue, rindiéndonos el uno al otro, olvidando el mundo afuera.

Lo volteé, queriendo mi turno. Su verga saltó libre cuando le bajé el pantalón, gruesa y venosa, palpitando con el calor de su deseo. La tomé en la mano, sintiendo la suavidad de la piel sobre la dureza de acero, y la lamí desde la base hasta la punta, saboreando el precum salado como néctar. Diego gruñó, un sonido gutural que vibró en mi pecho: "¡Chingada madre, Laura, me vas a matar de gusto!". Lo chupé profundo, mi garganta acomodándose a su tamaño, mientras mis dedos jugaban con sus huevos pesados. Él se retorcía, las caderas empujando involuntarias, el sudor corriéndole por el abdomen definido.

Pero la Biblia Pasión pedía más. "Únete en el baile eterno, piel con piel". Me monté sobre él, guiando su verga a mi entrada resbaladiza. Bajé despacio, centímetro a centímetro, sintiendo cómo me llenaba, estirándome deliciosamente. Nuestros gemidos se fundieron con el zumbido del ventilador y el lejano tráfico de la ciudad. Empecé a moverme, cabalgándolo con ritmo, mis tetas rebotando al compás. Diego me agarró las nalgas, amasándolas fuerte, sus uñas clavándose lo justo para doler rico. "¡Más rápido, mi amor! ¡Dame todo!", suplicó, y aceleré, el slap-slap de nuestros cuerpos chocando llenando la habitación. El olor a sexo era espeso, embriagador, mezclado con nuestro sudor.

El clímax se acercaba como un tren. Cambiamos a perrito, él detrás, embistiéndome profundo mientras yo me aferraba a las sábanas. Su mano bajó a mi clítoris, frotando en círculos precisos, y exploté primero, un orgasmo que me sacudió entera, paredes contraídas ordeñando su verga, gritando su nombre al viento. "¡Diego, cabrón, sí!". Él me siguió segundos después, gruñendo como animal, llenándome con chorros calientes que sentí deslizarse dentro. Colapsamos juntos, jadeantes, piel pegajosa contra piel, el corazón martilleando en unísono.

En el afterglow, nos quedamos abrazados, el aire fresco de la noche entrando por la ventana entreabierta, trayendo ecos de mariachis lejanos. Diego me besó la frente, suave. "Esta Biblia Pasión es lo mejor que te has comprado, mi vida. Mañana leemos más". Yo sonreí, trazando círculos en su pecho con el dedo, sintiendo la paz profunda de la satisfacción compartida. Quién iba a decir que un librito viejo desataría esto en nosotros. La pasión verdadera no se lee, se vive. Cerré los ojos, inhalando su aroma, sabiendo que esta noche había cambiado algo para siempre, un lazo más fuerte, un fuego que no se apagaría fácil.

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