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Pasión Significado Bíblico en Carne Viva

6617 palabras

Pasión Significado Bíblico en Carne Viva

Ana se recargó en la puerta de la pequeña capilla en las afueras de Taxco, el sol del atardecer tiñendo las montañas de Guerrero con un naranja ardiente. El aire olía a tierra húmeda y a jazmines silvestres que trepaban por las paredes de adobe. Había venido a este retiro bíblico buscando respuestas, no solo para su alma inquieta, sino para ese fuego que le quemaba las entrañas desde hace meses. ¿Qué carajos es esta pasión que no me deja en paz?, se preguntaba mientras entraba.

Dentro, el grupo era chico: unas tías devotas, un par de carnales serios y él. Marco. Alto, con piel morena curtida por el sol, ojos negros que brillaban como obsidiana pulida. Llevaba una camisa ajustada que marcaba sus hombros anchos, y cuando habló sobre el Cantar de los Cantares, su voz grave resonó como un tambor en el pecho de Ana.

—La pasión significado bíblico no es solo espiritual, wey —dijo Marco, con esa sonrisa pícara que desarmaba—. Es carnal, es deseo puro, como dice Salomón: "Que me bese con los besos de su boca".

Ana sintió un cosquilleo en la nuca, el calor subiendo por su cuello.

¡Órale, este pendejo sabe cómo leer la Biblia!
pensó, cruzando las piernas para disimular el pulso acelerado entre sus muslos. Al final del estudio, se quedaron solos recogiendo las Biblias. El silencio era espeso, cargado de algo indefinible.

—¿Y tú qué piensas de eso, Ana? —preguntó él, acercándose tanto que olió su colonia fresca mezclada con sudor masculino.

—Neta, nunca lo vi así —confesó ella, mordiéndose el labio—. Siempre creí que la pasión era pecado, pero... aquí dice que es de Dios.

Marco la miró fijo, su mano rozando la de ella al pasar un libro. Electricidad. Pura corriente que le erizó la piel.

La noche cayó como manto sobre la hacienda cercana donde se hospedaban. Ana no pegó ojo, dando vueltas en la cama de sábanas ásperas. El viento susurraba promesas a través de la ventana abierta, trayendo el aroma de pino y tierra mojada por una llovizna repentina. Si la pasión es bíblica, ¿por qué me siento tan viva al pensarlo?

Al amanecer, salió al jardín. Marco ya estaba ahí, sentado en una banca de piedra, con una taza de café humeante. El vapor subía en espirales, oliendo a canela y achiote, como el de su abuela en Oaxaca.

—No dormiste, ¿verdad? —dijo él, ofreciéndole la taza. Sus dedos se tocaron, y Ana juró que sintió su calor traspasando la cerámica.

Hablaron horas. De la Biblia, de la vida, de deseos reprimidos. Marco contó cómo en su juventud, en la sierra de Puebla, luchó contra impulsos que la iglesia tildaba de demonios, hasta que entendió que la verdadera fe abraza el cuerpo.

—Ven, caminemos —propuso, tomándola de la mano. Sus palmas eran callosas, ásperas del trabajo en la construcción, pero cálidas, seguras.

Subieron un sendero empedrado hacia un mirador. El sol naciente pintaba el valle de oro, pájaros cantando como si aplaudieran su cercanía. Ana sentía su corazón latir desbocado, el roce de su brazo contra el suyo enviando chispas. Se detuvieron en un claro rodeado de nopales y buganvilias. El aire era puro, con olor a savia y flores maduras.

Marco se giró hacia ella, su aliento cálido en su mejilla. Esto es lo que buscas, Ana. Déjate llevar.

—Muéstrame ese pasión significado bíblico —susurró ella, osada, su voz temblando de anticipación.

Él la besó. Suave al principio, labios carnosos probando los suyos, sabor a café y miel. Ana gimió bajito, un sonido gutural que escapó sin permiso. Sus lenguas se enredaron, húmedas, danzando como en un ritual antiguo. Manos explorando: las de él en su cintura, atrayéndola, las de ella en su pecho, sintiendo los músculos tensos bajo la camisa.

Se tumbaron sobre una manta que él había traído, el suelo firme bajo ellos, hierba pinchando ligeramente a través de la tela. Marco desabotonó su blusa con dedos pacientes, revelando sus senos plenos, pezones endurecidos por el aire fresco y el deseo. Los besó, succionando uno, luego el otro, lengua girando en círculos que la hicieron arquear la espalda.

—¡Ay, cabrón! —jadeó Ana, clavando uñas en su espalda. El olor de su excitación llenaba el aire, almizcle dulce mezclado con el de la tierra.

Él bajó más, besando su vientre suave, lamiendo el ombligo hasta llegar al borde de sus jeans. Los desabrochó lento, torturante, dejando que el frescor matutino besara su piel expuesta. Ana alzó las caderas, ansiosa, y él los deslizó junto con las panties de algodón blanco, ahora empapadas.

Su boca encontró su centro, lengua ávida lamiendo pliegues hinchados, saboreando su néctar salado y dulce. Ana gritó, piernas temblando, manos enredadas en su cabello negro revuelto.

¡Esto es el cielo, neta! La pasión que Dios bendijo.
Cada lamida era un versículo vivo, succiones en su clítoris enviando ondas de placer que le nublaban la vista.

No aguantó más. Lo jaló arriba, quitándole la ropa con urgencia. Su verga saltó libre, gruesa, venosa, palpitante. La tomó en mano, piel aterciopelada sobre acero, y la guió a su entrada húmeda.

—Entra, amor. Hazme tuya —rogó ella.

Marco empujó despacio, centímetro a centímetro, llenándola hasta el fondo. Ambos jadearon al unísono, el estiramiento exquisito, su calor envolviéndolo. Se movieron en ritmo antiguo, caderas chocando con palmadas húmedas, sudor perlando sus cuerpos. Él embestía profundo, rozando ese punto que la volvía loca, mientras ella lo arañaba, mordía su hombro, oliendo su piel salada.

El clímax la golpeó primero, un tsunami de éxtasis que la hizo convulsionar, paredes internas apretándolo como vicio. Marco gruñó, animal, y se derramó dentro, chorros calientes pintando su interior.

Quedaron jadeantes, enredados, el sol ya alto calentando sus pieles pegajosas. El viento secaba el sudor, trayendo paz. Ana lo miró, ojos brillantes.

—Ahora sí entiendo el pasión significado bíblico —dijo suave—. Es esto. Vida, fuego, unión.

Marco sonrió, besando su frente. Esto apenas empieza, mi reina.

Bajaron del mirador tomados de la mano, el mundo renovado. En la capilla esa noche, Ana leyó el Cantar con ojos nuevos, sintiendo cada palabra en su cuerpo aún sensible. La pasión no era pecado; era el latido de Dios en la carne. Y ella, por fin, libre.

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