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Pasión de Gavilanes Capítulo 67 Completo Carnal

6751 palabras

Pasión de Gavilanes Capítulo 67 Completo Carnal

Rosalba se recargó en el sillón de cuero de la hacienda, el aire cargado con el olor a tierra húmeda que entraba por la ventana abierta y el aroma dulce del mezcal que acababa de servir. La noche en el rancho era tranquila, solo el zumbido lejano de los grillos y el crepitar de la chimenea rompían el silencio. Frente a ellos, la tele grande proyectaba las luces parpadeantes de Pasión de Gavilanes capítulo 67 completo, esa novela que tanto les gustaba por sus dramas intensos y pasiones desbordadas. Javier, su hombre, se sentó a su lado, su cuerpo fuerte rozando el de ella, con esa camisa ajustada que marcaba sus músculos de vaquero.

—Órale, mi reina, esta parte está bien prendida —dijo él con esa voz ronca que le erizaba la piel, pasando un brazo por sus hombros. Rosalba sonrió, sintiendo ya el calor subirle por el pecho. Llevaban años juntos, desde que se conocieron en la feria del pueblo, pero cada vez que veían esas escenas ardientes de la novela, algo se encendía entre ellos. El mezcal quemaba su garganta al bajar, un fuego líquido que avivaba sus sentidos.

En la pantalla, los amantes se miraban con ojos de fuego, el diálogo cargado de promesas prohibidas. Rosalba sintió un cosquilleo en el vientre, el tipo de deseo que empieza lento pero crece como tormenta.

«¿Por qué carajos esta novela siempre me pone así de caliente?»
pensó, cruzando las piernas para apretar el calor que ya se acumulaba entre sus muslos. Javier notó el movimiento, su mano grande bajando casualmente por su brazo, rozando la curva de su seno por encima del vestido ligero de algodón.

El capítulo avanzaba, las voces de los actores llenando la habitación con gemidos ahogados y susurros apasionados. Rosalba giró la cabeza hacia Javier, sus labios entreabiertos, el sabor del mezcal aún en su lengua. Él la miró, ojos oscuros brillando con picardía mexicana.

—¿Verdad que estos gavilanes nos dan envidia, muñeca? —murmuró, su aliento cálido contra su oreja, oliendo a tabaco y hombre puro.

Ella rio bajito, un sonido juguetón. —Neta, wey, me estás provocando. —Sus dedos jugaron con el botón de su camisa, desabrochándolo despacio mientras la pantalla mostraba un beso que hacía arder la sangre.

La tensión creció como el calor de la fogata. Javier tiró de ella hacia su regazo, sus manos firmes en su cintura, sintiendo la suavidad de sus caderas bajo la tela fina. Rosalba jadeó cuando sus labios se encontraron, un beso hambriento, lenguas danzando con sabor a mezcal y deseo crudo. El roce de su barba incipiente le raspaba la piel deliciosamente, enviando chispas por su espina. Pasión de Gavilanes capítulo 67 completo seguía de fondo, pero ya era solo ruido blanco para el pulso acelerado de sus corazones.

Las manos de Javier subieron por sus muslos, arrugando el vestido hasta dejarlo en su cintura, exponiendo la piel morena y suave. Ella arqueó la espalda, presionando sus pechos contra él, los pezones endurecidos rozando la camisa abierta. —Quítatela toda, pendejo —le ordenó con voz temblorosa de excitación, mordiendo su labio inferior. Él obedeció rápido, camisa volando al piso, revelando el torso velludo y marcado por el sol del rancho.

Rosalba deslizó las uñas por su pecho, bajando hasta el cinturón, el sonido metálico del desabroche como un trueno en la quietud. Su verga saltó libre, dura y palpitante, el olor almizclado de su arousal llenando el aire. Ella la tomó en mano, sintiendo el calor y la dureza de venas hinchadas, un gemido escapando de su garganta.

«Chingado, qué rico está mi carnal esta noche»
, pensó, mientras él metía la mano entre sus piernas, dedos hábiles encontrando su humedad.

—Estás chorreando, mi amor —gruñó Javier, círculos lentos en su clítoris hinchado, haciendo que sus caderas se movieran solas. El placer era eléctrico, oleadas subiendo desde su centro, el sonido húmedo de sus dedos mezclándose con los diálogos de la novela. Rosalba se inclinó, lamiendo la punta salada de su verga, saboreando el precum que brotaba, su lengua girando alrededor del glande mientras él echaba la cabeza atrás con un ronquido gutural.

El sillón crujía bajo ellos, cuero pegándose a piel sudada. Javier la levantó con facilidad, como si no pesara nada, y la sentó a horcajadas sobre él. Rosalba guio su verga a su entrada, descendiendo despacio, centímetro a centímetro, el estiramiento delicioso la llenando por completo. Ay, Dios, pensó, el grosor partiéndola en dos de puro placer. Empezaron a moverse, ritmo lento al principio, sus pechos rebotando contra su pecho, pezones rozando vello áspero.

La habitación olía a sexo ahora, sudor salado y fluidos íntimos, el aire espeso. Javier agarró sus nalgas, amasándolas fuerte, guiando sus embestidas más profundas. —¡Chíngame más duro, cabrón! —suplicó ella, uñas clavándose en sus hombros, dejando marcas rojas. Él aceleró, caderas chocando con palmadas sonoras, su verga golpeando ese punto dentro que la volvía loca.

Los gemidos se volvieron salvajes, ahogados solo por besos fieros. Rosalba sentía el orgasmo construyéndose, una espiral tensa en su vientre, cada roce enviando fuego por sus nervios. En la tele, el clímax de Pasión de Gavilanes capítulo 67 completo coincidía perfecto, los amantes en éxtasis gritando. Eso los empujó al borde.

—¡Me vengo, mi reina! —rugió Javier, su cuerpo tensándose como cuerda de guitarra.

—¡Sí, lléname, wey! —chilló ella, el mundo explotando en blancura. Oleadas de placer la sacudieron, paredes internas apretando su verga, ordeñándolo mientras él eyaculaba caliente dentro, chorros calientes pintando sus entrañas.

Colapsaron juntos, respiraciones jadeantes sincronizadas, pieles pegajosas de sudor enfriándose al aire nocturno. Javier la abrazó fuerte, besando su frente húmeda, el corazón latiéndole contra su mejilla. Rosalba sonrió perezosa, el afterglow envolviéndola como manta suave. La tele seguía, créditos rodando, pero ellos ya habían vivido su propio capítulo ardiente.

—¿Vimos Pasión de Gavilanes capítulo 67 completo? —bromeó él, riendo bajito.

—Mejor que eso, carnal. Lo vivimos —respondió ella, besándolo suave, saboreando la paz que sigue al fuego.

La noche se extendió en caricias perezosas, promesas susurradas y el eco de su pasión resonando en el rancho. Rosalba se acurrucó en su pecho, oliendo su esencia masculina, sabiendo que con él, cada día era una novela sin fin.

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