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Gemidos de Pasion Bajo la Luna

6972 palabras

Gemidos de Pasion Bajo la Luna

La noche en Puerto Vallarta estaba caliente como el infierno, con el aire cargado de sal marina y el rumor de las olas rompiendo en la playa. Ana caminaba descalza por la arena tibia, su vestido ligero de algodón mexicano ondeando con la brisa. Tenía veintiocho años, piel morena besada por el sol y un cuerpo curvilíneo que volvía locos a los locales. Esa noche, después de un día de trabajo en el hotel boutique donde era recepcionista, decidió soltar el pelo y unirse a la fiesta en la playa. Luces de colores parpadeaban, mariachis tocaban rancheras con guitarras vibrantes y el olor a tacos al pastor flotaba en el viento.

Ahí lo vio: Javier, un wey alto y fornido de unos treinta, con barba recortada y ojos negros que brillaban como estrellas. Era pescador de día, pero esa noche bailaba salsa con una gracia que hacía sudar a las morras. Ana sintió un cosquilleo en el estómago cuando sus miradas se cruzaron. ¿Qué pedo con este carnal? Neta que me prende, pensó mientras se acercaba al fuego central, donde la gente reía y bebía micheladas heladas.

Órale, güerita, ¿vienes a bailar o nomás a ver? —le dijo él con una sonrisa pícara, extendiendo la mano.

Ana rio, su voz ronca por el humo de las fogatas. —¿Güerita yo? Pos vente, wey, a ver si me sigues el paso.

La música los envolvió como un abrazo pegajoso. Sus cuerpos se rozaron al ritmo del cumbia rebajada, el sudor mezclándose en la piel. Javier olía a mar y a colonia barata, un aroma que le erizaba la piel a Ana. Sus manos grandes en su cintura la guiaban, y cada giro hacía que sus pechos rozaran el pecho duro de él. El deseo crecía lento, como la marea subiendo, mientras charlaban de tonterías: el pez fresco del día, las leyendas de la Virgen del Mar, lo chido que era Vallarta sin turistas gringos invadiendo todo.

Pero en la mente de Ana bullía algo más.

Este pendejo me va a volver loca. Siento su verga dura contra mi panza cada vez que me jala. Ay, Dios, qué rico se siente su calor.
La tensión era palpable, un hilo invisible tirando de ellos hacia la oscuridad de la playa.

La fiesta seguía rugiendo cuando Javier la tomó de la mano. —Vente, mamasita, vamos a caminar un rato. La luna está cañona.

Ana no dudó. Sus pies se hundían en la arena fresca, el sonido de las risas se alejaba como un eco. La luna llena pintaba el mar de plata, y el aire se volvía más denso, cargado de promesas. Se sentaron en una duna apartada, lejos de las luces, solo ellos dos y el infinito océano.

Neta que eres la mera mera —murmuró él, acercando su rostro al de ella. Sus labios se encontraron en un beso suave al principio, exploratorio, saboreando el salado de la piel y el dulzor de la cerveza en la lengua. Ana gimió bajito contra su boca, un sonido que vibró en el pecho de Javier.

Las manos de él subieron por sus muslos, levantando el vestido hasta la cadera. La piel de Ana ardía bajo sus palmas callosas, ásperas por el trabajo en el mar. Ella metió los dedos en su cabello revuelto, tirando suave mientras la lengua de Javier trazaba un camino por su cuello, mordisqueando la clavícula. El olor de su excitación flotaba en el aire: almizcle mezclado con el yodo del mar.

Qué chingón se siente esto, pensó Ana, mientras él bajaba la boca a sus pechos liberados del escote. Sus pezones se endurecieron al roce húmedo de la lengua, enviando chispas directas a su entrepierna. Ella arqueó la espalda, presionando contra él, sintiendo la erección dura como piedra contra su muslo.

Quítate la chamarra, wey —jadeó ella, arrancándole la camisa. El torso de Javier era un mapa de músculos bronceados, con vello oscuro que invitaba a ser tocado. Ana recorrió con las uñas su abdomen, bajando hasta el botón del pantalón. Lo abrió con dedos temblorosos, liberando su verga gruesa y palpitante. La tocó, suave al principio, sintiendo el calor pulsante en su palma, el sabor salado de la punta cuando se la llevó a la boca.

Javier gruñó, un sonido gutural que retumbó en la noche. —¡Ay, ricura! Me vas a matar así.

La tensión escalaba como una ola gigante. Él la recostó en la arena suave, quitándole el vestido de un tirón. Desnuda bajo la luna, Ana se sentía poderosa, deseada. Javier besó su vientre, bajando lento hasta su chochita húmeda y hinchada. Su lengua la lamió con hambre, saboreando el néctar dulce y salado, chupando el clítoris con maestría. Ana se retorcía, las caderas alzándose, el placer construyéndose en espiral.

No aguanto más, carnal. Fóllame ya, pendejo.

Él se posicionó, frotando la cabeza de su verga contra sus labios vaginales, lubricándolos con sus jugos. Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándola deliciosamente. Ana soltó un gemido de pasión que se mezcló con el romper de las olas, profundo y animal. Javier la llenaba por completo, su grosor pulsando dentro de ella, el roce de sus pelvis un fuego abrasador.

Empezaron a moverse, un ritmo primal: él embistiendo hondo, ella clavando las uñas en su espalda. El sudor les chorreaba, mezclándose con la arena pegajosa. Cada penetración era un estallido sensorial: el slap de piel contra piel, el olor penetrante del sexo, el sabor de su boca cuando se besaban feroz. Ana sentía cada vena de su verga rozando sus paredes internas, el placer acumulándose en su núcleo como una tormenta.

Más fuerte, Javier, ¡chingame duro! —gritó ella, las piernas envolviéndolo como tenazas.

Él aceleró, gruñendo con cada embestida, sus bolas golpeando contra su culo. Los gemidos de pasión de Ana llenaban la noche, altos y desesperados, eco de su rendición total. El orgasmo la golpeó como un tsunami: contracciones violentas, jugos brotando, el mundo explotando en colores detrás de sus párpados. Javier la siguió segundos después, vaciándose dentro de ella con un rugido, chorros calientes inundándola.

Se quedaron así, jadeantes, cuerpos entrelazados en la arena. El mar lamía sus pies, fresco contra el calor residual. Javier la besó en la frente, suave ahora, tierno. —Eres increíble, Ana. Neta que esto no acaba aquí.

Ella sonrió, trazando círculos en su pecho con el dedo. Qué pedo, wey, me has dejado temblando. Pero sí, carnal, volvemos a esto pronto. La luna los cubría con su luz plateada, y el afterglow era un bálsamo dulce: pulsos calmándose, pieles enfriándose, el aroma de su unión persistiendo en el aire.

Mientras volvían a la fiesta, tomados de la mano, Ana sentía una paz profunda. No era solo sexo; era conexión, pasión mexicana pura, de esas que te marcan el alma. Los gemidos de pasión aún resonaban en su memoria, prometiendo noches infinitas bajo esa misma luna.

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