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La Memoria de una Pasion Revivida

6936 palabras

La Memoria de una Pasion Revivida

El aroma del café recién molido flotaba en el aire de la plaza, mezclado con el dulce perfume de las jacarandas que caían como lluvia púrpura sobre las calles empedradas de Oaxaca. Ana caminaba despacio, sintiendo el sol tibio de la tarde acariciar su piel morena, mientras el bullicio de los vendedores ambulantes llenaba sus oídos con risas y regateos. Hacía años que no volvía a esta ciudad, pero la memoria de una pasión la había traído de regreso, como un imán invisible que tiraba de su corazón.

De repente, lo vio. Diego, de pie junto a una fuente, con esa sonrisa pícara que le hacía derretirse. Vestía una guayabera blanca que se pegaba a su pecho ancho por el calor, y sus ojos negros la atraparon al instante.

¿Será él? Neta, ese wey sigue estando cañón
, pensó ella, mientras un cosquilleo subía por su espina dorsal. Se acercaron como si el tiempo no hubiera pasado, un abrazo que duró demasiado, sus cuerpos recordando lo que las palabras no decían.

"Ana, chula, ¿qué pedo? ¿Vienes a joderme la cabeza otra vez?" bromeó él, su voz ronca como el tequila reposado que tanto le gustaba.

"Órale, Diego, no seas pendejo. Solo vine a recordar viejos tiempos", respondió ella riendo, pero su pulso se aceleraba con cada segundo. Caminaron juntos por el zócalo, hablando de todo y nada, mientras el sol se ponía tiñendo el cielo de naranja. La tensión crecía, invisible pero palpable, como el calor que subía entre sus piernas.

En su hotel, una posada colonial con patio empedrado y buganvillas colgantes, la invitó a su habitación con una cerveza fría en la mano. "Ponte cómoda, carnala. Quiero saber qué has hecho todos estos años". Se sentaron en la cama king size, las sábanas blancas crujiendo bajo su peso. El ventilador giraba perezosamente, moviendo el aire cargado de jazmín del jardín. Ana sintió su rodilla rozar la de él, un toque casual que encendió chispas en su vientre.

Hablaron de la memoria de una pasión que ambos compartían: aquellas noches en la playa de Puerto Escondido, cuando eran jóvenes y el mundo era solo ellos dos. "Recuerdas cuando te comí a besos bajo la luna?" murmuró él, su aliento cálido contra su oreja. Ella asintió, mordiéndose el labio, imaginando el sabor salado de su piel mezclado con arena.

La conversación se volvió susurros. Sus manos se encontraron, dedos entrelazados como raíces antiguas. Diego la miró con hambre,

Esta mujer me tiene loco, neta que sí, su concha debe seguir tan rica como antes
. Ana sintió el calor de su mirada bajar por su escote, donde sus pechos subían y bajaban con agitación. "Ven acá", dijo ella, jalándolo hacia sí.

Sus labios se unieron en un beso lento, profundo, saboreando el tequila en su lengua y el dulzor de las frutas que habían comido en la plaza. El beso se volvió feroz, dientes rozando, lenguas danzando como en una pelea de amor. Las manos de él subieron por su espalda, desabrochando el vestido con maestría, dejando al descubierto su piel suave, perfumada con vainilla. Ella gimió bajito cuando sus dedos rozaron sus pezones endurecidos, un sonido que vibró en el pecho de Diego como un tambor.

La desvistió despacio, admirando cada curva: el vientre plano, las caderas anchas que tanto le gustaban, el triángulo oscuro entre sus muslos. "Estás más rica que nunca, mamacita", gruñó, mientras ella le quitaba la guayabera, revelando el pecho velludo y los músculos tensos por el deseo. Sus uñas arañaron su espalda, dejando surcos rojos que lo hicieron jadear.

Cayeron sobre la cama, cuerpos enredados, piel contra piel. El olor a sudor fresco y excitación llenaba la habitación, mezclado con el jazmín que entraba por la ventana abierta. Ana sintió su verga dura presionando contra su muslo, gruesa y palpitante, y un río de humedad brotó de su panocha. "Te necesito dentro, wey, no me hagas esperar", suplicó ella, su voz entrecortada.

Pero él jugó con ella primero, besando su cuello, lamiendo el lóbulo de su oreja, bajando por el valle de sus senos hasta capturar un pezón en su boca caliente. Chupó fuerte, mordisqueando, mientras sus dedos exploraban su sexo empapado. Dos dedos entraron fácil, curvándose para tocar ese punto que la hacía arquearse. "¡Ay, cabrón, sí ahí!" gritó ella, sus caderas moviéndose al ritmo de su mano. El sonido húmedo de su coño siendo penetrado llenaba el aire, obsceno y delicioso.

La volteó boca abajo, besando su espinazo, lamiendo el sudor de la curva de su culo. Sus manos amasaron sus nalgas, separándolas para besar la entrada prohibida, pero ella lo jaló de vuelta. "Chíngame ya, Diego, no seas mamón". Él se posicionó, la punta de su verga rozando sus labios hinchados, untándose en sus jugos. Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándola, llenándola hasta el fondo. Ambos jadearon al unísono, el placer como un rayo.

Empezaron a moverse, un ritmo primitivo: él embistiendo profundo, ella empujando hacia atrás, sus colisiones resonando como palmadas. El sudor chorreaba, pegajoso, salado en sus labios cuando se besaban torpemente.

Esto es mejor que cualquier recuerdo, su verga me parte en dos y me encanta
, pensó Ana, mientras olas de placer subían desde su clítoris. Él la agarró del pelo, jalando suave, dominándola sin forzar, y ella se rindió, gimiendo su nombre.

Cambiaron posiciones: ella encima, cabalgándolo como una amazona. Sus tetas rebotaban con cada salto, y él las atrapó, pellizcando los pezones. El olor de sus sexos unidos era embriagador, almizclado, animal. Ana aceleró, frotando su clítoris contra su pubis, sintiendo el orgasmo acercarse como una tormenta. "¡Me vengo, pendejo, no pares!" gritó, y explotó, su concha contrayéndose alrededor de él, chorros de placer mojando sus bolas.

Diego la volteó de nuevo, embistiendo con furia contenida, su respiración entrecortada. "Te voy a llenar, mi reina", rugió, y se corrió dentro, chorros calientes bañando sus paredes, mientras temblaba sobre ella. Colapsaron juntos, jadeantes, cuerpos pegajosos y satisfechos.

En la quietud posterior, el ventilador secaba su sudor, y el canto de los grillos entraba por la ventana. Ana apoyó la cabeza en su pecho, escuchando el latido fuerte de su corazón volviendo a la normalidad. "Esto fue la memoria de una pasión hecha carne", murmuró ella, trazando círculos en su piel.

"Y no termina aquí, chula. Mañana repetimos", respondió él, besando su frente. Se durmieron así, envueltos en sábanas revueltas, con el sabor del otro en la boca y el eco de sus gemidos en el aire. La noche oaxaqueña los arropó, prometiendo más memorias por crear.

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