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Abismo de Pasion Sabine Moussier

7406 palabras

Abismo de Pasion Sabine Moussier

La luz tenue del bar en Polanco bailaba sobre las copas de cristal, mientras el ritmo de un mariachi moderno retumbaba suave en los altavoces. Yo, Javier, un chavo de treinta y tantos con un traje que me hacía sentir como rey de la noche, sorbía mi tequila reposado. Neta, esa noche no esperaba nada más que un trago y quizás una plática con algún conocido. Pero entonces la vi entrar. Sabine Moussier. La reina de las telenovelas, con ese cuerpo escultural envuelto en un vestido negro ceñido que parecía pintado sobre sus curvas. Su cabello oscuro caía en ondas perfectas, y sus ojos, ay wey, esos ojos verdes que prometían pecados imperdonables.

Me quedé clavado, con el pulso acelerado como si hubiera corrido una carrera. ¿Qué pedo? ¿De verdad es ella? pensé, mientras ella se acomodaba en la barra, a unos metros. El aroma de su perfume llegó hasta mí, una mezcla embriagadora de jazmín y vainilla que me revolvió las tripas. Ordenó un margarita con sal, y su risa ligera cortó el aire cuando el barman le guiñó un ojo. No pude más. Me paré, alisé mi camisa y caminé hacia ella con la seguridad de un pendejo que no tiene nada que perder.

—Órale, Sabine, ¿neta tú aquí sola? —le solté, con una sonrisa pícara.

Ella volteó, arqueando una ceja perfecta. —¿Y tú quién eres, guapo, para tutearme así? —Su voz era ronca, como terciopelo raspado, con ese acento que gritaba México de pies a cabeza.

—Javier, fan número uno de Abismo de Pasion, Sabine Moussier. Esa novela me tuvo pegado a la tele como chamaco en dulces. —Le guiñé el ojo, y ella soltó una carcajada que me erizó la piel.

Empezamos a platicar. De la vida en la farándula, de lo chingón que era Polanco para desconectar, de cómo el tequila siempre resuelve problemas. Sus labios rojos se movían hipnóticos, y cada vez que se inclinaba, el escote de su vestido dejaba ver un atisbo de sus pechos firmes. Sentía el calor subiendo por mi cuello, mi verga empezando a despertar bajo los pantalones. Tranquilo, cabrón, no la cagues, me dije. Pero ella me rozó el brazo con sus uñas pintadas de rojo, y supe que la tensión ya estaba armada.

Una hora después, bailábamos pegaditos en la pista improvisada. Su cuerpo se apretaba contra el mío, sus caderas ondulando al ritmo de una cumbia sensual. Podía oler su sudor mezclado con perfume, salado y dulce, y sentir el calor de su piel a través de la tela fina. —Me traes loco, Sabine —le susurré al oído, mordisqueando su lóbulo. Ella gimió bajito, un sonido que me puso la piel de gallina.

—¿Loco? Pues ven conmigo y verás qué es un verdadero abismo de pasion, Javier —me respondió, sus ojos brillando con fuego puro.

Salimos del bar tomados de la mano, el aire fresco de la noche contrastando con el bochorno que nos abrasaba por dentro. Subimos a su coche, un BMW negro reluciente, y el chofer nos llevó directo a su penthouse en Lomas de Chapultepec. En el camino, no aguantamos. Sus manos expertas se colaron por mi camisa, arañando mi pecho con uñas que dejaban rastros ardientes. Yo le besé el cuello, saboreando la sal de su piel, mientras ella me apretaba la verga por encima del pantalón. ¡Qué chingadera de noche! pensé, con el corazón latiéndome como tambor.

Llegamos al penthouse. La puerta se cerró con un clic suave, y ya estábamos devorándonos. La empujé contra la pared del pasillo, mis labios capturando los suyos en un beso feroz, lenguas enredadas como serpientes en celo. Sabía a margarita y a deseo puro, con un toque de menta de su chicle. Sus tetas se aplastaban contra mi pecho, duras y perfectas bajo mis manos. Le arranqué el vestido, dejando al descubierto un liguero negro y tanga diminuta. Madre santa, qué cuerpo, gemí en mi mente.

Quítate todo, wey, quiero verte —ordenó ella, con voz autoritaria que me puso más caliente.

Me desvestí en segundos, mi verga saltando libre, gruesa y palpitante. Ella se arrodilló, mirándome con esos ojos de diabla. Su boca caliente envolvió la cabeza, chupando con maestría, lengua girando alrededor mientras sus manos masajeaban mis huevos. El sonido húmedo de su succión llenaba el pasillo, mezclado con mis jadeos roncos. ¡No mames, esto es el paraíso! Olía a su excitación, ese aroma almizclado que me volvía loco.

La cargué hasta la recámara, una suite con vistas a la ciudad iluminada. La tiré en la cama king size, sábanas de seda negra. Le abrí las piernas, besando su interior de muslos, lamiendo hasta llegar a su panocha empapada. Estaba calientita, hinchada, el clítoris asomando como un botón rosado. Lo chupé suave al principio, luego fuerte, metiendo dos dedos que se deslizaban en su jugo cremoso. Ella arqueó la espalda, gritando: —¡Sí, cabrón, así! ¡No pares!

Sus jugos me llenaban la boca, dulces y salados, mientras sus caderas se movían contra mi cara. La tensión crecía, su cuerpo temblando, uñas clavadas en mi cabeza. Esto es más intenso que cualquier telenovela, pensé, recordando cómo en Abismo de Pasion Sabine Moussier siempre robaba escenas con su fuego. Pero esto era real, crudo, nuestro.

La volteé, poniéndola a cuatro patas. Su culo redondo y firme me llamó, y le di una nalgada juguetona que sonó como latigazo. —Métemela ya, Javier, hazme tuya —suplicó, meneando las caderas. Empujé mi verga despacio, sintiendo cómo su coño apretado me tragaba centímetro a centímetro. Calor húmedo, paredes pulsantes que me ordeñaban. Empecé a bombear, lento al inicio, luego más rápido, el slap-slap de piel contra piel resonando en la habitación. Sus gemidos eran música, altos y guturales: ¡Ay, qué rico! ¡Más duro, pendejo!

Cambié posiciones, ella encima ahora, cabalgándome como amazona salvaje. Sus tetas rebotaban hipnóticas, pezones duros como piedras que pellizcaba mientras ella subía y bajaba. Sudor nos cubría, brillando bajo la luz de la luna que se colaba por las ventanas. Olía a sexo puro, a nuestros fluidos mezclados, a la pasión desbordada. Sentía su coño contrayéndose, acercándose al borde. Yo también, huevos apretados, listo para explotar.

Vente conmigo, Sabine, al abismo —gruñí, embistiéndola desde abajo.

Explotamos juntos. Ella gritó mi nombre, su cuerpo convulsionando, chorros calientes mojando mi verga mientras yo la llenaba de leche espesa, pulso tras pulso. El mundo se volvió blanco, solo sensaciones: su peso sobre mí, respiraciones entrecortadas, el olor almizclado de nuestro clímax.

Nos quedamos así, enredados, mientras el sudor se enfriaba en nuestra piel. Ella se acurrucó en mi pecho, trazando círculos con su uña en mi tatuaje. —Esto fue... inolvidable, Javier. Como un abismo del que no quiero salir —murmuró, besándome el cuello.

Yo la abracé fuerte, oliendo su cabello, sintiendo su corazón latir contra el mío. Neta, caí en el abismo de pasion Sabine Moussier, pensé, con una sonrisa satisfecha. La ciudad seguía brillando afuera, pero adentro, habíamos encontrado nuestro propio paraíso. Mañana quién sabe, pero esa noche fuimos eternos.

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