El Color de la Pasión de Rebeca
La noche en Guadalajara olía a jazmín y a tacos al pastor asándose en la esquina. Caminaba por la plaza de los Mariachis, con el eco de guitarras y trompetas retumbando en mi pecho, cuando la vi. Rebeca. Estaba parada junto a una fuente, su vestido rojo fuego ceñido al cuerpo como una segunda piel, moviéndose al ritmo de un son jalisciense que flotaba en el aire. Su piel morena brillaba bajo las luces de neón, y sus ojos negros prometían tormentas. Neta, wey, pensé, esta morra es puro fuego.
Me acerqué, con el corazón latiéndome como tamborazo. "¿Bailas?", le dije, extendiendo la mano. Ella sonrió, esa sonrisa pícara que hace que un carnal se sienta el rey del mundo. "Órale, ¿por qué no? Pero avísame si no das el ancho". Su voz era ronca, como miel quemada, y su mano tibia se enganchó en la mía. Bailamos, pegados, sus caderas rozando las mías con cada giro. Sentí su aliento caliente en mi cuello, oliendo a tequila y a algo dulce, como tamarindo. El sudor nos unía, resbaloso y caliente, y cada roce era una chispa.
Nos llamábamos Alejandro y Rebeca, pero en ese momento éramos solo deseo crudo. Me contó que era pintora, que buscaba el color de la pasión para su próximo cuadro. "Es Rebeca", dijo riendo, "mi pasión tiene mi nombre, ¿no?". La invité a mi depa en la colonia Americana, a unas cuadras. "Vamos a ver si encontramos ese color juntos", le propuse. Ella asintió, mordiéndose el labio inferior, y subimos al Uber con las manos entrelazadas, el taxista mirándonos de reojo con una sonrisa cómplice.
En el elevador, ya no aguantamos. La besé contra la pared, sus labios suaves y jugosos, saboreando a mezcal y a ella misma. Sus uñas se clavaron en mi espalda, ay, cabrón, qué delicia. "Te quiero ahorita", murmuró, y yo solo pude gruñir mientras abría la puerta a trompicones.
La recámara estaba bañada en luz tenue de una lámpara de sal rosada que compré en Tlaquepaque. La tiré en la cama king size, con sábanas de algodón egipcio que olían a lavanda fresca. Rebeca se quitó el vestido de un jalón, quedando en encaje negro que apenas cubría sus chichis firmes y su culo redondo. "Ven, pendejo", me dijo juguetona, "muéstrame qué traes".
Me desvestí rápido, mi verga ya dura como piedra, palpitando al ver su cuerpo. Me subí encima, besando su cuello, lamiendo el sudor salado que perlaba su clavícula. Ella gemía bajito, "¡Ay, sí, así!", mientras sus manos exploraban mi pecho, pellizcando mis pezones. Bajé por su panza suave, inhalando su aroma almizclado de mujer excitada, ese olor que enloquece. Le abrí las piernas, besando el interior de sus muslos, temblorosos y calientes.
¿Será este el color de la pasión, Rebeca? Rojo sangre, morado de moretones de placer, oro de su piel sudada...
La lamí despacio, su coñito húmedo y rosado abriéndose como flor al rocío. Sabía a sal y a néctar dulce, sus jugos chorreando en mi lengua. Rebeca arqueó la espalda, agarrando las sábanas, sus gemidos subiendo de tono como mariachi en fiesta. "¡Más, Alejandro, no pares, wey! ¡Me vas a hacer venir!". Metí un dedo, luego dos, curvándolos para tocar ese punto que la hacía temblar. Su clítoris hinchado pulsaba bajo mi boca, y ella explotó, gritando mi nombre, su cuerpo convulsionando, empapándome la cara con su corrida caliente.
Pero no paramos. Se volteó, poniéndose a cuatro patas, su culo alzado como ofrenda. "Fóllame ya, cabrón", ordenó, y yo obedecí. Me puse un condón –siempre seguro, carnal– y la penetré de un empujón lento, sintiendo sus paredes calientes apretándome. Qué chingón, era como velvetín vivo. Empecé a bombear, mis bolas chocando contra ella con un slap slap rítmico, el aire lleno de nuestro olor a sexo crudo. Ella empujaba hacia atrás, cabalgándome como jinete en palenque, sus tetas balanceándose.
La volteé boca arriba para mirarla a los ojos. Esos ojos negros, ahora nublados de lujuria. "Eres el color de la pasión, Rebeca", le susurré al oído mientras la follaba profundo, lento, haciendo que cada embestida rozara su G. Ella clavó las uñas en mis nalgas, "¡Sí, soy tu color, pinta conmigo!". Sudábamos como en sauna, pieles resbalosas uniéndose, el colchón crujiendo bajo nosotros. Aceleré, su coño contrayéndose alrededor de mi verga, ordeñándome.
El clímax nos golpeó juntos. Ella primero, gritando "¡Me vengo, ay Dios!", su cuerpo rígido, luego flácido en éxtasis. Yo la seguí, corriéndome con un rugido gutural, llenando el condón con chorros calientes. Nos quedamos pegados, jadeando, el corazón tronando al unísono.
Después, en la afterglow, la abracé mientras el ventilador zumbaba perezoso. Su cabeza en mi pecho, oliendo su cabello a coco y humo de fogata. "Encontramos el color", murmuró Rebeca, trazando círculos en mi piel con el dedo. "Es el rojo de tu piel contra la mía, el morado de mis labios hinchados, el blanco perlado de tu leche". Reí bajito, besando su frente. Neta, esta morra me tiene clavado.
Hablamos de todo y nada: de sus cuadros en la galería de Chapultepec, de mi curro en la cervecera, de cómo Guadalajara siempre huele a aventura. La tensión inicial se había disuelto en paz, pero el deseo latía aún, como brasas listas para avivarse. "Vuelve cuando quieras", le dije. Ella sonrió, "Cuenta con eso, mi pintor de pasiones".
Al amanecer, con el sol filtrándose por las cortinas, la vi vestirse. Su silueta contra la luz, pura poesía erótica. Nos besamos en la puerta, un beso largo, prometedor. "Hasta pronto, Rebeca, mi color favorito". Ella guiñó, "El color de la pasión siempre vuelve". Y se fue, dejando su esencia en las sábanas revueltas.
Me quedé ahí, sonriendo como idiota, sabiendo que acababa de vivir la obra maestra de mi vida. El color de la pasión de Rebeca: intenso, vivo, inolvidable.