Las 10 Pasiones de una Persona
Estaba en ese bar de la Condesa, con el ruido de las risas y el tintineo de los vasos chocando como fondo. El aire olía a tequila reposado y a jazmín de las chicas que pasaban perfumadas. Yo, Ana, una morra de veintiocho primaveras que trabaja en una agencia de diseño, sentía esa comezón en el pecho, esa que te dice neta, ya mero te vas a volver loca si no pasa algo chido esta noche. Llevaba semanas pensando en las 10 pasiones de una persona, esa idea que leí en un libro viejo de mi abuelita, que decía que cada carnal tiene diez fuegos internos que hay que avivar para no apagarse. Y yo, pues ni al caso, con mi vida de oficina y Netflix.
Ahí lo vi. Marco, un vato alto, moreno, con ojos que brillaban como luces de neón en Reforma. Vestía camisa negra ajustada que marcaba sus hombros anchos, y una sonrisa pícara que me hizo apretar las piernas bajo la mesa. Se acercó con una chela en la mano, oliendo a colonia fresca y a algo más, como a hombre que acaba de salir del gym. ¿Qué onda, preciosa? ¿Me invitas a sentarme o qué? me dijo con esa voz grave que retumbó en mi estómago.
—Órale, wey, siéntate y no seas pendejo —le contesté riendo, sintiendo ya el primer fuego encenderse: la pasión de la mirada. Sus ojos se clavaron en los míos, oscuros y profundos, como pozos donde uno se pierde. El mundo se achicó, solo quedamos él y yo, con el bullicio del bar de fondo, pero mi piel ya picaba por su cercanía. Hablamos de todo y nada: del pinche tráfico de la ciudad, de tacos al pastor en la esquina, de cómo la vida en México te pone a prueba. Cada palabra suya era un roce invisible, y yo sentía mi pulso acelerarse, el calor subiendo por mi cuello.
Este vato me va a volver loca, neta. ¿Será que esta noche despierte mis 10 pasiones de una persona? ¿O nomás es otro rollo de una noche?
Acto seguido, la segunda pasión prendió: la del roce accidental. Su mano rozó la mía al pasar el limón para la chela, y fue como electricidad pura. Piel contra piel, áspera la suya por el trabajo en construcción que mencionó, suave la mía de tanto crema. ¿Ya te vas a poner romántico o qué? le pregunté coqueteando, y él se rio bajito, un sonido ronco que me erizó los vellos de los brazos.
No aguantamos mucho. Salimos del bar tomados de la mano, el aire fresco de la noche nos golpeó con olor a lluvia reciente y tierra mojada. Caminamos hasta su depa en la Roma, riendo como pendejos, tropezando un poco por las chelas. Al entrar, el olor a su casa me invadió: madera vieja, café del desayuno y un toque de su sudor limpio. Cerró la puerta y me acorraló contra la pared, su cuerpo grande presionando el mío. Ahí vino la tercera pasión, la del beso. Sus labios carnosos se pegaron a los míos, suaves al principio, probando como si yo fuera un mango maduro. Lengua contra lengua, sabor a tequila y menta, chupando, mordiendo suave mi labio inferior. Gemí bajito, mis manos enredándose en su pelo negro y revuelto.
—Eres una chulada, Ana. Me traes bien puesto —murmuró contra mi boca, su aliento caliente en mi oreja.
Lo jalé al sillón, la cuarta pasión ardiendo: las caricias lentas. Sus dedos grandes bajaron por mi cuello, por el escote de mi blusa negra ajustada, rozando mis tetas que ya se sentían pesadas y duras. Yo le quité la camisa, oliendo su piel salada, lamiendo su pecho firme, pectorales marcados que subían y bajaban con su respiración agitada. Toqué sus abs, duros como piedra, y bajé a su cintura, sintiendo el bulto en sus jeans que latía contra mi muslo. Qué rico carnal, qué chingón, pensé mientras él me desabrochaba el brasier, liberando mis pechos con un suspiro de alivio.
Nos movimos al cuarto, ropa volando por todos lados. La quinta pasión fue la del olor, ese aroma almizclado de su excitación mezclándose con mi humedad que ya empapaba mis calzones. Él se arrodilló, besando mi ombligo, bajando lento por mi vientre tembloroso. Sus manos en mis caderas, apretando la carne suave, mientras su nariz rozaba mi monte de Venus. Abré las piernas, mi reina, dijo, y yo obedecí, sintiendo el aire fresco en mi coño mojado.
La sexta pasión explotó con su lengua. Caliente, húmeda, lamiendo mis labios hinchados, chupando mi clítoris como si fuera un dulce de tamarindo. Gemí fuerte, el sonido rebotando en las paredes, mis caderas moviéndose solas contra su cara barbuda que raspaba delicioso. ¡Ay, wey, no pares! ¡Qué rico! grité, mis dedos en su pelo tirando, el placer subiendo como ola en el Pacífico. Él metió dos dedos gruesos dentro de mí, curvándolos, tocando ese punto que me hace ver estrellas, y yo me vine chorreando, el jugo resbalando por sus manos.
Cinco pasiones ya, y siento que mi cuerpo es lava. ¿Cuántas más aguantaré antes de rogarle que me coja?
Pero él no paró. Me levantó como si nada, sus brazos fuertes cargándome hasta la cama king size con sábanas frescas que olían a suavizante de lavanda. La séptima pasión: el peso de su cuerpo sobre el mío. Pesado, protector, su pecho peludo contra mis tetas sensibles, pezones rozando como chispas. Besos en el cuello, mordidas suaves que dejaban marcas rojas, su verga dura presionando mi entrada, resbalosa y lista. Te quiero dentro, Marco. Ya, le supliqué, mis uñas clavándose en su espalda ancha.
Entró despacio, la octava pasión del estiramiento delicioso. Centímetro a centímetro, su pito grueso y venoso abriéndome, llenándome hasta el fondo. ¡Qué chingón, qué grande! jadeé, sintiendo cada vena pulsar dentro. Él gruñó, un sonido animal que vibró en mi pecho, y empezó a moverse, lento al principio, saliendo casi todo y metiendo de golpe. El sonido de piel chocando, chapoteo húmedo, olor a sexo puro llenando la habitación. Mis piernas enredadas en su cintura, talones clavándose en sus nalgas firmes.
La novena pasión fue el ritmo salvaje. Aceleró, embistiéndome como toro, la cama crujiendo bajo nosotros, sudor resbalando por su frente al goteo en mis tetas. Yo arañaba su espalda, gritando ¡Más duro, pendejo! ¡Cógeme como hombre!, el placer doliendo rico, mi coño apretándolo como puño. Él me volteó, de perrito, sus manos en mis caderas jalándome contra él, bolas golpeando mi clítoris. Vi nuestro reflejo en el espejo del clóset: yo con pelo revuelto, boca abierta, él sudado y feroz.
La décima pasión, la culminante, llegó como tsunami. Me vengo, Ana, ¡joder! rugió, y sentí su verga hincharse, chorros calientes llenándome, empujándome al borde. Mi cuerpo convulsionó, orgasmos en cadena, luces explotando en mis ojos, un grito ronco saliendo de mi garganta. Colapsamos juntos, jadeando, piel pegajosa, corazones latiendo al unísono.
Después, en el afterglow, la undécima pasión quizás: la ternura. Me acurruqué en su pecho, oliendo su sudor mezclado con el mío, su mano acariciando mi pelo. ¿Sabías que acabamos de vivir las 10 pasiones de una persona? le dije riendo bajito. Él me miró con esos ojos que ya amaba. Neta, carnala. Y quiero más noches así.
Nos quedamos así hasta el amanecer, con el sol filtrándose por las cortinas, pintando nuestra piel dorada. México despertaba afuera, con cláxones y vendedores de elotes, pero nosotros en nuestro mundo, saciados, conectados. Esa noche no solo avivé mis fuegos; encontré a alguien que los mantendría vivos.