Pasion por el Baile Ardiente
La noche en el antro de salsa de la Condesa estaba que ardía. El aire cargado de sudor, perfume barato y ese olor dulzón a tequila que se pegaba a la piel como una promesa. Yo, Ana, siempre he tenido esa pasion por el baile que me hace olvidar el pinche mundo. Desde chavita, mover las caderas al ritmo de la cumbia o la salsa me ponía la piel chinita, como si cada paso fuera un secreto que solo mi cuerpo entendía. Esa noche, con mi vestido rojo ceñido que apenas tapaba lo necesario, entré sintiendo las miradas clavadas en mí. Neta, me late sentirme deseada.
El DJ soltó un sonazo de Marc Anthony y la pista se llenó de cuerpos retorciéndose. Me colé entre la gente, sintiendo el calor de extraños rozándome las nalgas, el roce accidental que enciende el fuego. Ahí lo vi: Diego, alto, moreno, con esa camisa blanca abierta que dejaba ver el vello oscuro en su pecho. Bailaba solo, pero con una gracia que gritaba experiencia. Sus ojos se cruzaron con los míos y órale, sentí un cosquilleo en el estómago. Me acerqué, sin pensarlo dos veces.
—
¿Bailamos, güey? —le dije, con voz ronca por el humo y la emoción.
Él sonrió, esa sonrisa pícara que dice "te voy a comer con los ojos". —
Simón, preciosa. Pero agárrate, que esto se pone intenso.Su mano grande y callosa tomó la mía, y el primer contacto fue eléctrico. Piel contra piel, cálida, húmeda por el sudor. Empezamos a movernos, lento al principio, sintiendo el ritmo en las venas. Su cadera pegada a la mía, guiándome en giros que me dejaban mareada de placer. Olía a hombre, a colonia fuerte mezclada con ese aroma masculino que te hace babear.
La multitud nos arropaba, pero éramos solo nosotros. Cada roce de su muslo contra el mío, el aliento caliente en mi cuello cuando me giraba.
¿Qué chingados me pasa? Este wey me tiene loca con solo bailar, pensé mientras mi corazón latía como tambor. La pasion por el baile se mezclaba con algo más profundo, un hambre que crecía con cada paso. Sus manos bajaron a mi cintura, apretando justo donde duele de tan rico, y yo respondí arqueando la espalda, presionando mis tetas contra su pecho.
Terminó la canción y no nos soltamos. Pedimos unos tequilas en la barra, el líquido quemándonos la garganta como fuego líquido. —
Eres fuego, Ana. Tu pasion por el baile es contagiosa, me dijo, sus ojos devorándome. Yo reí, juguetona. —
Y tú bailas como si quisieras follarme en la pista, pendejo.Se carcajeó, y eso rompió la tensión. Hablamos de todo: de cómo el baile nos salvaba de la rutina, de noches locas en Guadalajara, de esa necesidad de sentirnos vivos. Pero el deseo bullía debajo, en cada mirada, en cada roce de dedos.
Volvimos a la pista. Ahora era otro nivel. Salsa dura, rápida, cuerpos chocando con fuerza. Sudábamos a chorros, mi vestido pegado como segunda piel, sus manos resbalosas explorando mi espalda baja. Sentía su verga dura contra mi vientre, y en vez de alejarme, me pegué más.
Mierda, qué ganas de sentirlo adentro. El sonido de la música retumbaba en mis oídos, mezclándose con nuestros jadeos. Olía a sexo en el aire, a feromonas flotando. Me giró, me inclinó hacia atrás, su boca rozando mi clavícula, lengua dejando un rastro húmedo que me erizó toda.
La tensión era insoportable. Después de tres canciones, me arrastró a un rincón oscuro del antro, donde las luces neón parpadeaban como estrellas enfermas. Nos besamos ahí mismo, voraces. Sus labios gruesos devorando los míos, lengua invadiendo mi boca con sabor a tequila y menta. Manos por todos lados: las suyas amasando mis nalgas, las mías enredadas en su pelo, tirando suave. —
Vámonos de aquí, Ana. No aguanto más, murmuró contra mi piel.
Salimos tambaleándonos al coche, riendo como pendejos. Su departamento estaba cerca, en la Roma, un lugar chido con ventanales que daban a la ciudad iluminada. Apenas cerramos la puerta, nos arrancamos la ropa. Mi vestido voló, quedé en tanga roja y nada más. Él se quitó la camisa, revelando un torso marcado por horas en el gym y quién sabe qué más. Olía a sudor limpio, a deseo puro.
Me cargó hasta la cama, sus brazos fuertes rodeándome. Caímos riendo, pero el juego se volvió serio. Besos por mi cuello, chupando suave hasta dejar morados que mañana dolerían rico. Sus manos en mis tetas, pellizcando pezones duros como piedras. Gemí, arqueándome.
Qué rico, cabrón, no pares. Bajó, lamiendo mi ombligo, mordisqueando la piel blanda de mi panza. Llegó a mi concha, ya empapada, oliendo a mí, a excitación femenina.
Separó mis piernas con reverencia, como si fuera un tesoro. Su lengua tocó mi clítoris y vi estrellas. Lamió despacio, saboreando cada gota, chupando con hambre. Introdujo un dedo, luego dos, curvándolos justo ahí, en el punto G que me hace gritar. —
¡Diego, sí, así, pendejo! ¡Me vengo!El orgasmo me sacudió como un terremoto, jugos salpicando su cara, mi cuerpo convulsionando.
No me dejó descansar. Me puso a cuatro patas, su verga gruesa rozando mi entrada. —
¿Quieres que te coja, Ana?—
¡Sí, métemela toda, wey!Entró lento, centímetro a centímetro, estirándome deliciosamente. Sentí cada vena, cada pulso. Empezó a bombear, fuerte, profundo, sus bolas chocando contra mi clítoris. El sonido de carne contra carne, chapoteo de mis jugos, nuestros gemidos llenando la habitación. Sudor goteando, mezclándose. Agarró mis caderas, clavándome los dedos, y aceleró. Yo empujaba hacia atrás, queriendo más, siempre más.
Cambié de posición, montándolo como amazona. Sus manos en mis tetas rebotando, yo cabalgando con furia, sintiendo su pija golpeando mi cervix. Miré sus ojos, perdidos en placer.
Esta pasion por el baile nos llevó aquí, a follar como animales. Se incorporó, mamando mis pezones mientras yo rebotaba. El clímax nos alcanzó juntos: él gruñendo, llenándome de leche caliente, yo chillando, contrayéndome alrededor de su verga, ordeñándolo hasta la última gota.
Caímos exhaustos, enredados en sábanas húmedas. Su pecho subía y bajaba contra mi mejilla, corazón galopando. Olía a sexo, a nosotros. —
Eres increíble, Ana. Tu pasion por el baile es solo el principio, susurró, besándome la frente. Yo sonreí, trazando círculos en su piel.
Neta, esto fue chingón. Ojalá bailemos más.
Nos quedamos así, escuchando el tráfico lejano, el pulso calmándose. La noche había sido perfecta: baile, sudor, placer puro. Mañana volvería a mi vida, pero esta pasion por el baile, y por él, quedaría grabada en mi piel como un tatuaje invisible. Quién sabe, tal vez lo busque de nuevo en la pista. Por ahora, el afterglow me envolvía como una manta tibia, satisfecha hasta los huesos.