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Donde Puedo Ver la Pelicula Diario de una Pasion en Tus Curvas

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Donde Puedo Ver la Pelicula Diario de una Pasion en Tus Curvas

Era una noche calurosa en la Roma, de esas que te pegan el cuerpo al colchón como si el aire mismo quisiera abrazarte. Ana se recostaba en la cama king size de mi depa, con el ventilador zumbando perezoso sobre nosotros, moviendo el olor a jazmín de su perfume que flotaba como una promesa. Llevábamos saliendo un par de meses, neta, y cada vez que se quedaba a dormir, el ambiente se cargaba de esa electricidad que te eriza la piel sin tocarte.

Yo, Luis, andaba en la cocina sacando unas chelas frías del refri, cuando la oí gritar desde el cuarto:

¡Oye, wey! ¿dónde puedo ver la película Diario de una pasión? La vi hace años y me muero por revivirla contigo.

Sonreí como pendejo, porque sabía que no era solo la peli lo que quería revivir. Caminé con las coronitas en la mano, el vidrio sudando como mi frente bajo el calor. La encontré ahí, con una camisita de tirantes que apenas cubría sus muslos morenos, las piernas cruzadas y el celular en la mano, googleando como loca.

—Tranquila, mija, ya la encontré en la netflix pirata esa que uso —le dije, guiñándole el ojo mientras conectaba el chromecast al tele gordo de la pared—. Siéntate bien, que esto va a estar chido.

Nos acomodamos en la cama, ella recargada en mi pecho, su cabello negro cayendo como cascada sobre mi brazo. El olor a su shampoo de coco me invadió las fosas nasales, mezclado con el dulzor de su piel que sabía a vainilla cuando la besaba. La peli empezó, con esa música de piano que te pone romántico hasta al más cabrón, y Noah y Allie apareciendo en la pantalla, jóvenes y llenos de fuego.

Al principio, todo era inocente. Sus dedos jugaban con los míos, trazando círculos suaves en mi palma que me mandaban chispas directo al sur. Sentía su respiración calmada contra mi cuello, el subir y bajar de sus tetas firmes rozando mi costado. Órale, pensé, esta chava me va a matar de lento.

Pero conforme avanzaba la historia, el calor del cuarto se volvió insoportable. En la escena de la lluvia, cuando se besan como si el mundo se acabara, Ana suspiró hondo y se giró hacia mí, sus ojos cafés brillando con esa hambre que no disimula.

—Es tan intensa, ¿verdad? Como si cada beso fuera el último —murmuró, su voz ronca, mientras su mano subía por mi muslo, apretando la carne por encima del short.

Mi verga ya estaba despertando, endureciéndose contra la tela, latiendo al ritmo de mi pulso acelerado. La besé sin pensarlo, lento al principio, saboreando sus labios carnosos que sabían a chicle de fresa y deseo puro. Su lengua se enredó con la mía, explorando, chupando, mientras sus uñas se clavaban suaves en mi nuca. El sonido de la peli se volvió fondo, ahogado por nuestros jadeos que empezaban a llenar el cuarto.

Acto uno cerrado, pensé, mientras la empujaba despacio contra las almohadas. Sus pezones se marcaban duros bajo la camisita, pidiendo atención. Le quité la prenda con calma, revelando sus chichis perfectas, redondos y morenos, con areolas oscuras que me hicieron salivar. Los lamí, succioné uno mientras pellizcaba el otro, oyendo sus gemidos agudos que eran música mejor que cualquier soundtrack.

Ay, Luis, no pares, cabrón —suplicó, arqueando la espalda, su piel caliente como brasa bajo mis labios.

El olor a su excitación empezó a flotar, ese aroma almizclado y dulce que te vuelve loco, saliendo de entre sus piernas abiertas. Bajé la mano, metiéndola en sus panties de encaje, encontrando su panocha ya empapada, resbalosa como miel caliente. Mis dedos se deslizaron adentro, curvándose para tocar ese punto que la hacía temblar, mientras mi pulgar rozaba su clítoris hinchado en círculos lentos.

Pinche delicia, pensé, esta morra se moja como nadie, y todo para mí.

Ella no se quedó atrás. Me bajó el short de un jalón, liberando mi verga tiesa que saltó como resorte, la cabeza roja y brillante de pre-semen. La miró con ojos de niña mala, lamiéndose los labios, y se la llevó a la boca sin aviso. Chin, el calor húmedo de su boca me envolvió, su lengua girando alrededor del glande, chupando con fuerza mientras sus mejillas se hundían. El sonido obsceno de succión, salivas y gemidos me tenía al borde, mis caderas empujando instintivo contra su garganta.

Nos volteamos en un 69 perfecto, ella encima, su coño goteando sobre mi cara. Lo devoré como hambriento, lamiendo desde el ano hasta el clítoris, metiendo la lengua profundo para saborear su jugo salado y ácido. Sus muslos me apretaban las orejas, temblando, mientras mamaba mi pito con más ganas, sus dientes rozando suave la piel sensible.

La tensión subía como fiebre. La peli seguía rodando, pero ya nadie la veía. Ana se corrió primero, gritando mi nombre contra mi verga, su cuerpo convulsionando, chorros calientes mojando mi barbilla. Ese sabor, mezcla de sudor y placer, me empujó al límite, pero me aguanté, queriendo más.

—Cógeme ya, pendejo, no aguanto —me rogó, volteándose a cuatro patas, su culo redondo empinado como ofrenda, la panocha abierta y reluciente.

Me coloqué atrás, frotando mi verga contra sus labios vaginales, lubricándola antes de empujar despacio. Entré centímetro a centímetro, sintiendo cómo sus paredes me apretaban como guante caliente, palpitando alrededor de mi carne. El sonido de piel contra piel empezó, chapoteos húmedos mezclados con sus alaridos de puro gozo.

La embestí fuerte, mis bolas golpeando su clítoris, manos en sus caderas marcando moretones de pasión. Ella empujaba hacia atrás, pidiendo más profundo, más rápido. Sudor corría por mi espalda, goteando sobre su espinazo, el cuarto oliendo a sexo crudo, a cuerpos en llamas.

Esto es mejor que cualquier película, se me cruzó en la cabeza mientras la volteaba boca arriba, para mirarla a los ojos.

Nos miramos, conectados más que físicamente. Sus pupilas dilatadas, mejillas rojas, labios hinchados. La penetré misionero, lento ahora, sintiendo cada vena de mi verga rozar sus pliegues. Besos profundos, lenguas bailando, mientras aceleraba el ritmo. Su clítoris bajo mi pubis, frotándose con cada embestida.

—Me vengo, Luis, me vengo chingón —chilló, sus uñas arañando mi espalda, piernas envolviéndome como tenazas.

Su orgasmo me ordeñó, contracciones que me succionaron hasta el alma. No pude más. Gruñí como animal, descargando chorros calientes dentro de ella, llenándola de lechita espesa que se desbordaba al salir. Colapsamos juntos, pegajosos, jadeantes, el corazón tronando al unísono.

La peli terminó sola, créditos rodando en silencio. Ana se acurrucó en mi pecho, trazando círculos en mi piel húmeda, el olor a sexo aún pesado en el aire.

Neta, wey, ¿dónde puedo ver la película Diario de una pasión otra vez? Pero contigo, así, siempre —dijo riendo bajito, besándome el cuello.

Sonreí, abrazándola fuerte, sabiendo que esto era nuestro diario, nuestra pasión sin fin. El ventilador seguía zumbando, enfriando nuestros cuerpos exhaustos, pero el fuego dentro ardía eterno.

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