Fiera Inquieta Pasión de Gavilanes
El sol del mediodía caía a plomo sobre la hacienda en las afueras de Guadalajara, tiñendo de oro los campos de agave que se extendían hasta donde la vista alcanzaba. Yo, Sofía, me sentía como una fiera inquieta, paseando de un lado a otro por el porche de madera, con el aire caliente pegándose a mi piel como una promesa de tormenta. Llevaba un vestido ligero de algodón que se adhería a mis curvas por el sudor, y cada brisa traía el olor terroso de la tierra mojada por el riego matutino. Hacía semanas que no dormía bien, que mi cuerpo ardía con un anhelo que no podía nombrar. ¿Qué carajos me pasa? me preguntaba, mientras mis pezones se endurecían contra la tela solo por el roce del viento.
Entonces lo vi. Javier, el capataz nuevo, cabalgaba de vuelta de los pastizales, su camisa blanca abierta hasta el pecho, revelando músculos bronceados por el sol implacable. Era alto, con ojos oscuros como el café de olla y una sonrisa pícara que hacía que mi estómago diera un vuelco. Desmontó del caballo con gracia felina, y el sonido de sus botas contra el polvo seco resonó en mis oídos como un tambor lejano. Olía a cuero, a sudor fresco y a algo salvaje, como el plumaje de un gavilán surcando el cielo.
"¿Qué onda, Sofía? ¿Ya te cansaste de ver cómo el sol quema todo?"dijo con esa voz ronca, jalando agua de la noria con un cubo. Su mirada se deslizó por mi cuerpo sin disimulo, y sentí un calor subir desde mi entrepierna, húmedo y traicionero.
Me acerqué, hipnotizada por el movimiento de sus hombros al beber. Neta, este wey me va a volver loca, pensé, mientras el agua goteaba por su barbilla y caía sobre su pecho, trazando surcos brillantes. "Nada, Javier, solo ando como fiera enjaulada. Este calor me tiene inquieta", respondí, mordiéndome el labio. Él rio bajito, un sonido que vibró en mi pecho como un ronroneo. "Pos si quieres, te ayudo a refrescarte, mamacita." Sus palabras eran juguetones, pero había fuego en ellas, una pasión de gavilanes lista para cazar.
La tarde se estiró como miel caliente. Lo invité a entrar a la casa, pretexto de checar las cuentas del rancho. El interior era fresco, con el aroma a jazmín del patio filtrándose por las ventanas entreabiertas. Nos sentamos en la sala, cerca, demasiado cerca. Sus rodillas rozaban las mías bajo la mesa de roble, y cada roce enviaba chispas por mi espina dorsal. Hablamos de tonterías: del maíz que crecía fuerte, de las fiestas en el pueblo, pero mis ojos no dejaban de devorarlo. Su piel sabe a sal, apuesto, imaginé, lamiéndome los labios sin querer.
Él se inclinó, su aliento cálido contra mi oreja. "Sofía, no mames, se te nota en la cara que traes ganas. ¿O me equivoco?" Su mano grande cubrió la mía, callosa por el trabajo, pero gentil. Sentí el pulso acelerado en mi muñeca, latiendo al ritmo del mío. No lo negué. "No te equivocas, cabrón. Llevo días sintiéndome así, como si algo dentro de mí quisiera salir a volar." Nuestras miradas se trabaron, y el mundo se redujo a ese instante: el tic-tac del reloj, el zumbido de las moscas afuera, el calor de su palma contra mi piel suave.
Me levantó de la silla con facilidad, pegándome a su cuerpo. Su pecho duro contra mis senos, y gemí bajito al sentir su erección presionando mi vientre. Olía a hombre puro, a tierra fértil y deseo crudo. Sus labios rozaron mi cuello, ásperos por la barba incipiente, y saboreé el sudor salado cuando lamí su piel. "Javier, no pares", susurré, enredando mis dedos en su pelo negro y revuelto. Él gruñó, un sonido animal que me erizó la piel, y me besó con hambre, su lengua invadiendo mi boca como un gavilán reclamando su presa.
Acto seguido, el deseo escaló como una avalancha. Me cargó hasta mi habitación, la cama king con sábanas de lino fresco esperándonos. La luz del atardecer pintaba todo de rojo pasión, y el aire se llenó del aroma almizclado de nuestra excitación. Se quitó la camisa de un tirón, revelando un torso esculpido por el trabajo duro, vello oscuro bajando hasta su ombligo. Chingao, qué prieto está el pendejo, pensé, mientras mis manos exploraban cada músculo, sintiendo el latido furioso de su corazón bajo mis palmas.
Me desvistió despacio, saboreando cada centímetro. Sus dedos trazaron mis curvas, pellizcando mis pezones hasta que dolió rico, haciendo que arquee la espalda.
"Eres una diosa, Sofía, toda húmeda y lista para mí."Bajó la cabeza y chupó un seno, su boca caliente y voraz, lengua girando alrededor del pezón endurecido. Gemí fuerte, el sonido rebotando en las paredes de adobe. Mi concha palpitaba, empapada, y metí la mano en sus pantalones, agarrando su verga gruesa y venosa, palpitante como un corazón salvaje. La piel era suave sobre el acero, y pre semen perlaba la punta, salado en mi lengua cuando la probé.
Caímos en la cama, enredados. Él se arrodilló entre mis piernas, besando mi interior de muslos, inhalando mi aroma femenino. "Hueles a miel y pecado, mi fiera", murmuró, antes de lamer mi clítoris con la punta de la lengua. El placer fue eléctrico, oleadas que me tensaban los músculos, mis uñas clavándose en las sábanas. ¡Órale, qué chingón! grité en mi mente, mientras mis caderas se movían solas, follándole la cara. Introdujo dos dedos gruesos, curvándolos para tocar ese punto que me volvía loca, y el sonido húmedo de mi excitación llenaba la habitación como música obscena.
Pero yo quería más, quería montarlo como a un semental. Lo empujé boca arriba, su verga erguida como un gavilán en vuelo. Me senté a horcajadas, frotando mi entrada contra él, lubricándonos mutuamente. "Métemela ya, Javier, no aguanto", rogué, y él obedeció, embistiéndome de un golpe profundo. Sentí cada centímetro estirándome, llenándome hasta el fondo, el roce de su pubis contra mi clítoris enviando fuegos artificiales por mis venas. Cabalgamos así, sudorosos, el slap-slap de carne contra carne mezclándose con nuestros jadeos. Sus manos amasaban mis nalgas, guiándome más rápido, más duro.
La tensión crecía, un nudo apretándose en mi vientre. Soy la fiera inquieta, y esta es mi pasión de gavilanes, pensé, mientras el orgasmo me barría como un huracán. Grité su nombre, mi concha contrayéndose alrededor de su verga, ordeñándolo. Él rugió, embistiendo una última vez, su leche caliente inundándome, mezclándose con mis jugos. Colapsamos, exhaustos, piel pegada a piel, el olor a sexo impregnando el aire como incienso.
Después, yacimos en silencio, el sol poniente tiñendo la habitación de púrpura. Su dedo trazaba círculos perezosos en mi espalda, y yo besaba su pecho, saboreando el salitre de nuestro amor. Esto era lo que necesitaba, esta liberación salvaje, reflexioné, sintiendo paz por primera vez en semanas.
"¿Volveremos a volar juntos, mi gavilán?"pregunté, y él rio suave, atrayéndome más cerca. "Todas las noches que quieras, mi fiera inquieta."
La noche cayó suave sobre la hacienda, con grillos cantando y estrellas como testigos. Mi cuerpo zumbaba aún con ecos de placer, y supe que esta pasión de gavilanes apenas empezaba. En sus brazos, ya no era inquieta; era libre, poderosa, dueña de mi deseo.