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Bebe de la Pasion de Cristo

6877 palabras

Bebe de la Pasion de Cristo

En el calor sofocante de Taxco durante la Semana Santa el aire olía a incienso quemado y a flores de bugambilia marchitas. Yo era el Bebé de la Pasión de Cristo para todos en el pueblo. Pequeña de estatura pero con curvas que volvían locos a los weyes que me veían desfilar en la procesión vestida de virgen doliente. Mi nombre de pila era Luz pero nadie me llamaba así. Me decían Bebé por mi carita de niña buena y porque cargaba la figura del Niñito Dios en los hombros durante las representaciones. Neta que me gustaba el papel. Sentía el peso del yeso contra mi piel sudada y eso me ponía calenturienta sin saber por qué.

Esa noche después del Viacrucis el pueblo bullía de vida. Las calles empedradas vibraban con guitarras y cohetes que reventaban como suspiros ahogados. Yo me escabullí del grupo de la iglesia con mi vestido blanco pegado al cuerpo por el sudor. Olía a mi propio aroma mezclado con el de las velas derretidas. Ahí lo vi a él. Alto moreno con ojos que brillaban como las antorchas de la procesión. Se llamaba Marco un carpintero que había hecho la cruz para el actor de Jesús.

"Órale Bebé de la Pasión de Cristo ¿ya te cansaste de sufrir por el Señor?"
me dijo con una sonrisa pícara mientras me ofrecía una chela fría de las que vendían en la plaza.

Me reí bajito sintiendo un cosquilleo en el estómago. ¿Qué no soy virgen en el papel? pensé pero mi cuerpo decía otra cosa. Sus manos grandes y callosas rozaron las mías al pasarme la botella y un calor me subió por las piernas. Hablamos de la procesión de cómo el sudor de los penitentes olía a tierra mojada y de lo chido que era ver al pueblo unido en esa devoción loca. Pero sus ojos se clavaban en mis pechos que se marcaban bajo la tela húmeda. Yo no apartaba la mirada. Quiero que me toque admití en mi mente mientras el ruido de la banda de viento nos envolvía como un abrazo.

Nos fuimos caminando por un callejón angosto donde las luces de las farolas apenas llegaban. El aire era más espeso ahí cargado de jazmín y de algo más primitivo. Marco me tomó de la cintura y me jaló contra él. Su pecho duro contra mis tetas suaves. Olía a aserrín fresco y a hombre sudado después de un día de trabajo. Esto está mal me dije recordando las prédicas del padre pero mi chucha ya palpitaba de ganas.

"Bebé dime si quieres que pare"
murmuró contra mi oreja su aliento caliente como el viento del sur.

No pares wey respondí besándolo con hambre. Sus labios eran firmes sabían a cerveza y a sal de su piel. Me apretó el culo con fuerza amasándolo como si fuera masa para pan. Gemí bajito sintiendo su verga endurecerse contra mi vientre. Nos besamos devorándonos las lenguas enredadas con saliva dulce. Sus manos subieron por mi espalda desatando los lazos del vestido que cayó a mis pies como una ofrenda. Quedé en bra y tanga blanca mi piel morena brillando bajo la luna. Él se quitó la camisa revelando músculos tallados por el martillo y el cincel. Olía delicioso a macho en celo.

Me cargó como si fuera liviana y me sentó en una banca de piedra aún tibia del sol del día. El roce de la piedra contra mis nalgas desnudas me erizó la piel. Esto es mi pasion de cristo personal pensé mientras él se arrodillaba entre mis piernas besando mis muslos. Su lengua trazaba caminos húmedos subiendo lento torturándome. Escuchaba mi propia respiración agitada y el lejano tañido de las campanas. Cuando llegó a mi concha separó la tela con los dientes y lamió despacio. ¡Ay cabrón! grité suave el placer era un rayo que me recorría el cuerpo. Saboreaba mi jugo con gemidos roncos su nariz rozando mi clítoris hinchado.

Yo enredé mis dedos en su pelo negro tirando suave para que no parara.

"Más profundo Marco más"
le rogué. Él metió la lengua chupando como si fuera miel de maguey. Mis caderas se movían solas frotándome contra su cara. Olía a sexo puro a mi excitación mezclada con su sudor. El corazón me latía en las sienes y en la chucha al mismo tiempo. Esto es pecado pero qué rico pecado me repetía mientras el orgasmo se acercaba como una procesión imparable.

Lo jalé del pelo para que se levantara y le bajé el pantalón. Su verga saltó libre gruesa venosa con la cabeza roja brillando de precum. La tomé en mi mano sintiendo su calor pulsante las venas como cuerdas bajo la piel. Qué pinga tan chingona pensé lamiendo la punta saboreando su gusto salado y amargo. La chupé despacio metiéndomela hasta la garganta mientras él gruñía pendeja deliciosa. Sus manos en mi cabeza guiándome pero suave sin forzar. Escuchaba el pop de mi boca y sus jadeos que se mezclaban con el viento nocturno.

No aguanté más.

"Cógeme ya Marco métemela"
le supliqué recargándome en la banca con las nalgas en pompa. Él se puso detrás frotando su verga contra mi raja mojada. Entró de un empujón lento pero firme llenándome hasta el fondo. ¡Madre santísima! el estirón era exquisito duele pero placiente. Empezó a bombear suave al principio sus pelotas golpeando mi clítoris con cada estocada. El sonido era obsceno chapoteo de jugos y carne contra carne. Sudábamos juntos nuestros cuerpos resbalosos uniéndose en un ritmo frenético.

Me volteó de frente para mirarnos a los ojos. Sus pupilas dilatadas como las mías. Me penetró profundo besándome el cuello mordisqueando suave. Sentía cada vena de su verga rozando mis paredes internas el calor de su piel contra la mía. Es mío este momento pensé mientras mis uñas se clavaban en su espalda dejando surcos rojos. El placer subía en olas mis tetas rebotando con cada embestida. Él pellizcaba mis pezones duros chupándolos con hambre. Olía a nosotros a sexo crudo a pasión desatada.

El clímax llegó como un estallido de cohetes en la plaza. Mi chucha se contrajo ordeñando su verga mientras gritaba su nombre. ¡Marcooo! Él se corrió segundos después gruñendo como bestia llenándome de leche caliente que chorreaba por mis muslos. Nos quedamos pegados jadeando el corazón tronando en el pecho. El aire fresco nos secaba el sudor y las campanas repicaban lejanas como bendición profana.

Después nos vestimos riéndonos bajito como niños pícaros. Me besó la frente suave.

"Eres más que el Bebé de la Pasión de Cristo Luz eres mi diosa pagana"
dijo. Caminamos de regreso a la plaza tomados de la mano el pueblo aún vivo con fiestas. En mi mente el eco de su verga y el sabor de su semen. La Semana Santa nunca volverá a ser igual pensé con una sonrisa. Esa noche había encontrado mi propia pasión redentora carnal y eterna.

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