Pasión de Gavilanes Capítulo 67 Fuego en las Venas
La noche caía suave sobre la Ciudad de México, con ese rumor de cláxones lejanos y el aroma a elotes asados flotando desde la calle. Estaba en mi depa en Polanco, recargada en el sofá de terciopelo rojo, con las luces bajas y el control remoto en la mano. Mi carnal, no, mi amor, Javier, se había acomodado a mi lado, su pierna rozando la mía como si nada. Llevábamos meses con esta chamba de novios, pero cada vez que veíamos telenovelas juntos, la cosa se ponía caliente. Esa noche tocaba Pasión de Gavilanes capítulo 67, el que todos decían que era el más intenso, con esas miradas que queman y besos que dejan sin aliento.
El televisor prendió con su brillo hipnótico, y ahí estaban los hermanos Reyes, esos güeyes rudos y guapos, enfrentándose a las Elizondo en una escena cargada de venganza y deseo. Jimena, con su melena suelta y ojos de fuego, discutía con Franco, pero se notaba que el aire entre ellos estaba cargado de electricidad. Javier soltó una risita baja, su mano grande posándose en mi muslo desnudo bajo la falda corta. "
Órale, mira cómo la ve, como si la quisiera devorar", murmuró contra mi oreja, su aliento cálido oliendo a tequila reposado que habíamos compartido antes.
Mi piel se erizó al instante. El calor de su palma se filtraba a través de la tela ligera, y sentí un cosquilleo subir por mi pierna. En la pantalla, los personajes se acercaban, sus respiraciones agitadas sincronizándose con la música dramática. Yo me mordí el labio, recordando cómo Javier me había mirado así la primera vez, en esa fiesta en la Roma, cuando me dijo "mamacita, tú y yo vamos a armar desmadre". El deseo inicial era como una chispa: sutil, pero lista para encender todo. Mi corazón latía más rápido, y entre mis piernas noté esa humedad traicionera que siempre llegaba con él.
La escena avanzaba. En Pasión de Gavilanes capítulo 67, Franco tomaba a Jimena por la cintura, y ella forcejeaba un segundo antes de rendirse a un beso feroz. Javier imitó el movimiento, su mano subiendo por mi muslo hasta el borde de mis panties de encaje. "¿Quieres que hagamos como ellos?", susurró, su voz ronca como grava. Yo asentí, sin palabras, mientras el olor de su colonia, esa mezcla de sándalo y macho, me invadía las fosas nasales. El sofá crujió bajo nuestro peso cuando me giré hacia él, mis tetas rozando su pecho firme bajo la playera ajustada.
Acto dos, la escalada. Nuestros labios se encontraron en un beso lento al principio, saboreando el tequila en su lengua, salado y dulce. Sus manos expertas me levantaron la falda, dedos ásperos explorando la suavidad de mi piel. Yo gemí bajito, el sonido ahogado por su boca. En la tele, los amantes rodaban por la cama, pero nosotros íbamos más despacio, saboreando la tensión. "Neta, Javier, me traes loca", le dije entre besos, mi mano bajando a su entrepierna, sintiendo su verga endurecerse bajo los jeans. Estaba dura como piedra, palpitando contra mi palma.
Me quitó la blusa con urgencia controlada, exponiendo mis pechos al aire fresco del cuarto. Sus labios bajaron a un pezón, chupándolo con hambre, la lengua girando en círculos que me hicieron arquear la espalda. El placer era un rayo directo al clítoris, y yo me retorcí, oliendo mi propio aroma de excitación mezclándose con el suyo. "
¡Ay, cabrón, no pares!", grité en mi mente, pero en voz alta solo jadeos. Él rio contra mi piel, vibraciones que me erizaron los vellos. Le desabroché el cinturón, liberando su miembro grueso, venoso, con esa gota de precúm brillando en la punta. Lo acaricié despacio, sintiendo cada vena pulsar, el calor irradiando a mi mano.
La habitación se llenaba de sonidos: nuestros jadeos, el slap suave de piel contra piel, el zumbido del ventilador girando perezoso. Javier me recostó en el sofá, quitándome las panties con dientes, su aliento caliente en mi monte de Venus. Lamida tras lamida, su lengua devoraba mi panocha, saboreando mis jugos como si fueran miel. Yo me aferré a su cabello negro, tirando fuerte, el dolor placentero avivando su ritmo. "¡Qué rico, wey, así!", le rogué, mis caderas moviéndose solas contra su boca. El clímax se acercaba como una ola, pero él se detuvo, subiendo para besarme y hacerme probarme en sus labios. "Aún no, mi reina, quiero sentirte apretándome".
El conflicto interno bullía: quería correrme ya, pero esa espera lo hacía más intenso. Recordé las novelas, cómo el deseo reprimido explotaba. Javier se quitó los pantalones, su cuerpo atlético brillando de sudor bajo la luz tenue. Me penetró despacio, centímetro a centímetro, estirándome deliciosamente. Gemí fuerte, el sonido rebotando en las paredes. Su verga llenaba cada rincón, tocando ese punto que me volvía loca. Empezamos a movernos, ritmo creciente, piel chocando con piel húmeda, olor a sexo puro impregnando el aire.
Yo clavaba las uñas en su espalda, dejando marcas rojas que mañana dolerían, pero ahora eran fuego vivo. Él gruñía "¡Puta madre, qué apretadita estás!", embistiendo más hondo, sus bolas golpeando mi culo. Sudor goteaba de su frente a mi pecho, salado al lamerlo. En la tele, el capítulo terminaba con un clímax dramático, pero nosotros estábamos en el nuestro propio. La tensión psicológica se rompía: ya no había barreras, solo nosotros, fusionados en placer puro.
Acto final, la liberación. Aceleramos, mis piernas alrededor de su cintura, atrayéndolo más. Sentí el orgasmo subir desde el estómago, un nudo que se deshacía en explosión. "¡Me vengo, Javier, no pares!", chillé, mi panocha contrayéndose alrededor de él, ordeñándolo. Él rugió, embistiendo una última vez, su leche caliente inundándome, pulsos tras pulsos. Colapsamos juntos, respiraciones entrecortadas, corazones galopando al unísono.
El afterglow fue dulce. Javier me abrazó, besando mi frente sudorosa, mientras el crédito de Pasión de Gavilanes capítulo 67 rodaba olvidado en la pantalla. El cuarto olía a nosotros, a sexo satisfecho y promesas. "Eres lo máximo, mi vida", murmuró, su mano acariciando mi cabello revuelto. Yo sonreí, sintiendo una paz profunda, como si hubiéramos escrito nuestro propio capítulo. Mañana volvería la rutina, el jale, las broncas, pero esta noche era nuestra, eterna en la memoria. El deseo no se apagaba; solo esperaba la próxima chispa.