Jim Caviezel Despierta La Pasión de Cristo en Mi Cuerpo
Era una noche calurosa en mi depa de Polanco, con el ventilador zumbando como un mosco chingón y el olor a jasmine del jardín subiendo por la ventana. Me recosté en el sillón de piel suave, con una chela fría en la mano, y le di play a La Pasión de Cristo de Jim Caviezel. Ese cuate, con sus ojos penetrantes y ese cuerpo marcado por el sufrimiento, siempre me ponía la piel chinita. No era solo la fe, era algo más carnal, como si su dolor gritara por un toque de placer prohibido.
La pantalla iluminaba mi cuarto con destellos rojos y sombras profundas. Vi cómo Jim Caviezel, azotado y sangrante, cargaba la cruz. ¡Órale! pensé, sintiendo un calor subir por mis muslos. Mi mano se deslizó bajo la falda ligera, rozando la tela de mis panties ya húmedas. El sonido de los latigazos resonaba en mis oídos, pero en mi mente se transformaba en gemidos ahogados de deseo.
¿Y si ese Cristo bajara de la cruz para follarme como se merece un hombre así?Me mordí el labio, el sabor salado de mi sudor en la lengua.
Apagué la tele de un jalón cuando el calor se hizo insoportable. Necesitaba aire, necesitaba acción. Me puse un vestido negro ceñido que marcaba mis curvas, rocié perfume de vainilla y salí al bar de la esquina, El Santo, con luces neón y reggaetón suave de fondo. Pedí un margarita helado, el limón picante en mi boca despertando más fuego.
Allí estaba él. Alto, moreno, con barba espesa y ojos azules que cortaban como navaja. Se parecía tanto a Jim Caviezel en La Pasión de Cristo que casi se me cae el vaso. Vestía camisa blanca ajustada, pantalón de mezclilla, y un collar con una cruz plateada. Se acercó con una sonrisa pícara, oliendo a colonia fresca y algo salvaje, como tierra mojada después de la lluvia.
—Hola, morra. ¿Qué pedo? ¿Te vi mirándome como si fuera tu salvador? dijo con voz grave, acento chilango puro.
Reí, sintiendo mi corazón trotar como caballo desbocado. —No mames, carnal. Tú eres la reencarnación de Jim Caviezel en La Pasión de Cristo. Me tienes loca desde que vi la peli.
Se llamó Rodrigo, actor de teatro en el Centro Histórico. Hacía obras de Semana Santa, y justo esa semana ensayaba una pasión en la Catedral. Charlamos horas, las risas mezcladas con miradas que quemaban. Su mano rozó mi rodilla bajo la mesa, un toque eléctrico que me erizó el vello. El bar olía a tequila y cigarros, la música subiendo el pulso.
Este pendejo me va a llevar al cielo sin cruz ni nada, pensé, mojándome más.
Al rato, no aguantamos. Salimos tomados de la mano, el aire nocturno fresco contra mi piel ardiente. Caminamos hasta su hotel cerca de Reforma, un lugar chido con lobby de mármol y habitaciones con vista. En el elevador, sus labios cayeron sobre los míos. Beso hambriento, lengua explorando mi boca con sabor a mezcal y menta. Sus manos fuertes en mi cintura, apretando carne suave. Gemí bajito, el ding del elevador como un disparo de salida.
Entramos a la habitación, luces tenues, cama king size con sábanas blancas crujientes. Rodrigo me empujó contra la pared, su cuerpo presionando el mío. Olía a él, sudor masculino mezclado con jabón. —Dime qué quieres, Magdalena mía, murmuró, roleando al Cristo de Jim Caviezel.
—Fóllame como si cargaras mi cruz, cabrón, respondí, jalando su camisa. La tela rasgó un poco, revelando pecho musculoso con vello oscuro. Mis uñas arañaron su piel, sintiendo el calor pulsante bajo ellas. Él bajó mi vestido, exponiendo mis tetas firmes, pezones duros como piedras. Los chupó con hambre, lengua girando, dientes mordisqueando suave. El placer subió como ola, mis piernas temblando.
Caímos en la cama, el colchón hundiéndose bajo nuestro peso. Sus manos bajaron a mi panocha, dedos hábiles separando labios hinchados. Estaba empapada, el olor almizclado de mi excitación llenando el aire. —Estás chingona de mojada, nena, gruñó, metiendo dos dedos adentro, curvándolos para tocar ese punto que me hace ver estrellas. Gemí fuerte, caderas moviéndose al ritmo, el sonido húmedo de mi jugo contra su piel.
Yo no me quedé atrás. Bajé su zipper, saqué su verga gruesa, venosa, latiendo en mi palma. La piel suave sobre dureza de acero, gota de precum salada en mi lengua cuando la lamí desde la base hasta la punta. Él jadeó, manos en mi pelo, guiándome. —Sí, así, Magdalena. Chúpamela como ofrenda. El sabor salado, el olor a macho puro, me volvía loca. Lo tragué profundo, garganta apretando, hasta que gimió como herido.
La tensión crecía, cuerpos sudados resbalando. Me volteó boca abajo, nalgas al aire, y su lengua atacó mi clítoris desde atrás. Lengüetazos largos, succionando, dedos en mi ano juguetón.
¡Virgen santa, este Cristo sabe de pecados!grité en mi mente, arqueando la espalda. El placer era un torbellino, oídos zumbando con mi propio pulso.
Pero quería más. Lo empujé sobre la cama, montándolo como amazona. Su verga entró de un jalón, llenándome hasta el fondo. El estiramiento ardiente, delicioso, paredes internas apretándolo. Cabalgué lento al principio, sintiendo cada vena rozar mis pliegues. Sus manos en mis caderas, guiando, tetas rebotando con cada embestida. El slap slap de carne contra carne, gemidos mezclados con el tráfico lejano de la ciudad.
Aceleré, sudando ríos, pelo pegado a la cara. Él se incorporó, chupando mi cuello, mordiendo oreja. —Córrete para mí, morra. Deja que tu pasión sea mi salvación. Sus palabras, eco de Jim Caviezel en La Pasión de Cristo, me catapultaron. El orgasmo explotó, olas y olas, jugos chorreando por sus bolas. Grité, uñas clavadas en su espalda, visión borrosa de placer.
Él no paró. Me puso en cuatro, embistiendo duro, bolas golpeando mi clítoris. El ritmo feroz, sudor goteando en mi espinazo. Gruñía como bestia, —¡Me vengo, Magdalena! Calor inundó mi interior, chorros calientes pintando mis paredes. Colapsamos juntos, cuerpos temblando, respiraciones entrecortadas.
Después, en el afterglow, yacimos enredados, sábanas revueltas oliendo a sexo y victoria. Su cabeza en mi pecho, dedos trazando círculos en mi vientre. El cuarto quieto, solo el zumbido del AC y nuestros suspiros. —Eres increíble, carnal. Como si Jim Caviezel hubiera bajado para mí, susurré.
Él rió bajito. —Pues soy tu Cristo personal. Y esta pasión no acaba aquí.
Me quedé pensando, con su calor envolviéndome, cómo una peli inocente había desatado esto. No era solo carne; era redención en cada toque, placer en cada mirada. Afuera, la ciudad palpitaba, pero en esa cama, habíamos escrito nuestra propia pasión eterna.