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Cuevana Diario de una Pasion Ardiente

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Cuevana Diario de una Pasion Ardiente

Era una noche cualquiera en mi depa de la Roma, con el ruido de los coches allá abajo y el olor a taquitos de la esquina colándose por la ventana. Me sentía sola, como si el mundo se hubiera olvidado de mí. Tenía veintiocho, soltera después de que mi ex, ese pendejo, se largara con una morra más joven. Agarré mi laptop, busqué algo para distraerme, y ahí estaba Cuevana, ese sitio pirata que todos usan pero nadie admite. Tecleé diario de una pasion y ¡pum! La peli empezó a cargar.

Me recosté en la cama, con las luces bajas y una chela fría en la mano. La historia de Noah y Allie me jaló de una: sus miradas, el roce de sus manos bajo la lluvia, ese beso que te deja sin aliento. Sentí un calor subiendo por mi pecho, mis pezones endureciéndose contra la tela delgada de mi playera. ¿Por qué carajos no tengo algo así?, pensé, mientras mis dedos jugaban distraídos con el borde de mis panties. El sudor de la escena de la canoa me mojó la piel, imaginando el agua fresca lamiendo mi cuerpo desnudo.

Hoy en Cuevana vi diario de una pasion. Me prendió como tea. Quiero sentir eso, un hombre que me devore con los ojos, que me haga suya sin pedir permiso pero con todo el deseo del mundo.

Al día siguiente, en la oficina, no podía sacarme la peli de la cabeza. Ahí estaba Marco, el carnal del diseño gráfico, con su sonrisa pícara y esos brazos tatuados que se marcaban bajo la camisa. Siempre coqueteábamos, pero nunca pasábamos de ahí. Chingado, ¿y si le tiro? Le mandé un whats: "Oye, ¿viste Diario de una Pasion? Está cañón, ¿quieres verla en mi casa esta noche?". Respondió al tiro: "¡Claro, nena! Llevo pizzas y chelas". Mi corazón latió fuerte, como tambores en una fiesta de pueblo.

Llegó puntual, con el pelo revuelto y olor a colonia fresca mezclada con el humo de la ciudad. Nos sentamos en el sofá, la peli cargando otra vez en Cuevana. Al principio, todo normal: risas, comentarios sobre lo cursi que era. Pero cuando Noah y Allie se besan en la calle, sentí su pierna rozando la mía. El calor de su muslo contra mi piel desnuda –llevaba shorts cortitos– me erizó el vello. Giré la cara, y sus ojos cafés me atraparon. Quiere lo mismo que yo.

"¿Te prende esta peli?", le pregunté, mi voz ronca. Él se acercó, su aliento cálido en mi cuello. "Mucho, pero tú me prendes más". Sus labios rozaron los míos, suaves al principio, probando. Abrí la boca, y su lengua entró juguetona, saboreando a pizza y cerveza. Gemí bajito, mis manos enredándose en su pelo. El beso se volvió feroz, dientes chocando, saliva mezclándose con el sabor salado de su piel.

Me levantó en brazos como si no pesara nada, y me llevó a la cama. El colchón crujió bajo nuestro peso. Sus manos expertas desabrocharon mi blusa, exponiendo mis tetas al aire fresco. "Estás chingona, Ana", murmuró, lamiendo un pezón mientras pellizcaba el otro. El placer me recorrió como corriente eléctrica, mi concha palpitando, ya húmeda de anticipación. Olía a él, a hombre sudado y deseoso, mezclado con mi aroma almizclado de excitación.

Marco me está volviendo loca. Su boca en mi piel, sus dedos explorando. Esto es mejor que cualquier diario de una pasion de Cuevana.

Le quité la playera, admirando su pecho moreno, los músculos tensos. Bajé mis labios por su abdomen, sintiendo los vellos rizados bajo mi lengua. Desabroché su jeans, y su verga saltó libre, dura y venosa, goteando precúm. La tomé en mi mano, suave como terciopelo sobre acero, y la lamí desde la base hasta la punta. Él gruñó, "¡Así, mamacita!", sus caderas empujando. Chupé con hambre, saboreando su sal, mi lengua girando alrededor del glande mientras mis dedos masajeaban sus huevos pesados.

No aguantó más. Me volteó boca arriba, quitándome los shorts y las panties de un jalón. Su boca se hundió entre mis piernas, lamiendo mi clítoris hinchado. "Estás empapada, pinche rica", dijo, metiendo dos dedos dentro de mí, curvándolos para tocar ese punto que me hace ver estrellas. Gemí fuerte, mis uñas clavándose en sus hombros, el sonido de mi humedad chorreando llenando la habitación. El olor de mi excitación era espeso, embriagador, mientras su lengua danzaba, succionando, follándome con la boca hasta que el orgasmo me explotó, olas de placer sacudiéndome el cuerpo, mis muslos temblando alrededor de su cabeza.

Pero no paró. Se puso un condón –siempre responsable, qué chido– y se colocó entre mis piernas. Su verga rozó mi entrada, caliente y gruesa. "Te quiero adentro, Marco", supliqué. Empujó despacio, estirándome deliciosamente, centímetro a centímetro. Llenó mi concha por completo, y empezamos a movernos. Ritmo lento al principio, sintiendo cada roce, sus bolas golpeando mi culo. El sudor nos unía, piel resbaladiza, nuestros jadeos mezclándose con el zumbido del ventilador.

Aceleramos. Él me embestía fuerte, profundo, mi concha apretándolo como guante. "¡Más, cabrón!", gritaba yo, arañando su espalda. Cambiamos: me puse encima, cabalgándolo como reina. Sus manos en mis caderas, guiándome, sus ojos fijos en mis tetas rebotando. El placer subía de nuevo, mi clítoris frotándose contra su pubis. Él se incorporó, mamando mis pezones mientras yo rebotaba, el sonido carnoso de carne contra carne, olía a sexo puro, a pasión desatada.

El clímax nos golpeó juntos. Sentí su verga hincharse, pulsando dentro de mí mientras yo me contraía, ordeñándolo. Grité su nombre, el mundo blanco por segundos, mi cuerpo convulsionando. Él rugió, vaciándose en el condón, abrazándome fuerte. Colapsamos, jadeantes, su corazón martillando contra mi pecho.

Después, en la penumbra, con su brazo alrededor de mi cintura y el olor a sexo impregnando las sábanas, reflexioné. Esa noche en Cuevana con diario de una pasion había sido el detonante. Marco se removió, besando mi hombro. "¿Repetimos mañana?". Sonreí. "Claro, carnal. Esto apenas empieza".

Fin de esta entrada. Mi vida se volvió un diario de una pasion real, gracias a Cuevana. Quién diría que una peli pirata me daría el polvo del año.

Desde entonces, cada noche es nuestra. El deseo no se apaga; crece, como lluvia de verano en el DF. Y yo, Ana, por fin vivo mi propia historia ardiente.

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