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Pasiones Secretas 2002

5740 palabras

Pasiones Secretas 2002

El sol de la tarde se colaba por las cortinas de nuestra depa en Polanco, tiñendo todo de un naranja cálido que olía a café recién hecho y a las flores del mercado que acababa de traer Javier. Yo, Ana, andaba revolviendo cajas de la mudanza, esa chingadera eterna que nos tenía locos desde que nos vinimos a vivir juntos hace seis meses. Javier, mi carnal en todo sentido, estaba en la cocina preparando unos tacos de arrachera que ya me tenían babeando desde la mañana.

¿Dónde carajos metí mis chamarras de invierno? pensé, mientras sacaba una caja vieja, polvorienta, con letra garabateada en marcador negro: Pasiones Secretas 2002. Mi curiosidad se prendió como mecha. Javier tenía veintitantos cuando escribió eso, antes de que nos conociéramos en esa fiesta en la Condesa. Lo abrí con cuidado, y ahí estaba: un cuaderno rayado lleno de páginas arrugadas, con dibujos torpes y confesiones que me pusieron la piel chinita.

Órale, güey, ¿qué traes ahí? —preguntó Javier desde la cocina, su voz grave retumbando como un tambor en mi pecho.

Levanté el cuaderno, oliendo a papel viejo y a sueños guardados.

"Hoy vi a esa morra en el metro, con su falda corta... me imagino besándola hasta que gima mi nombre. Pasiones secretas que nadie sabe."
Leí en voz alta, sintiendo un calor subiendo por mis muslos. Javier se acercó, secándose las manos en el delantal, sus ojos cafés brillando con picardía.

¡Puta madre, Ana! ¿De dónde sacaste eso? Era mi diario de pendejo, cuando andaba en la uni.

Pero no lo solté. Sus palabras me encendieron algo profundo, un deseo que no sabía que traía guardado. Me imaginé a ese Javier joven, cachondo, soñando con cuerpos como el mío. El aire se espesó con el aroma de la carne asándose, y mi piel se erizó al sentir su mirada recorriéndome el escote de mi blusa floja.

La tensión empezó ahí, sutil, como el roce de sus dedos al intentar quitarme el cuaderno. Nuestras manos se tocaron, y un chispazo eléctrico me recorrió el brazo hasta el estómago. Quiere que lo lea todo, pensé, viendo cómo su pecho subía y bajaba más rápido. Le devolví el cuaderno, pero mis ojos le decían: juega conmigo.

Nos sentamos en el sillón de piel que crujió bajo nuestro peso, el ventilador zumbando perezoso arriba. Páginas y páginas de pasiones secretas 2002: fantasías de besos robados en el Zócalo, de manos explorando curvas bajo la lluvia de julio, de suspiros ahogados en cuartos oscuros. Cada línea me hacía apretar los muslos, el calor húmedo creciendo entre mis piernas. Javier leía en voz baja, su aliento cálido en mi oreja, oliendo a menta y a hombre.

Aquí escribí de una chava que me volvía loco... como tú ahora, Ana. —susurró, su mano posándose en mi rodilla. El toque fue como fuego: piel contra piel, áspera por el trabajo, subiendo despacio por mi muslo. Mi corazón latía desbocado, bum-bum, bum-bum, ahogando el tráfico lejano de Reforma.

Lo miré, sus labios carnosos entreabiertos, y lo besé. No suave, no romántico: un beso hambriento, lenguas enredándose con sabor a salsa picante y promesas. Sus manos me alzaron la blusa, dedos rozando mis pezones que se endurecieron al instante, enviando ondas de placer directo a mi centro. Chingado, qué rico se siente esto, gemí en mi mente mientras él lamía mi cuello, su barba raspando deliciosamente.

La escalada fue natural, como la marea en Acapulco. Me quitó la blusa con urgencia, exponiendo mis tetas al aire fresco, y las devoró con la boca: chupadas húmedas, dientes juguetones que me arrancaron un ¡ay, cabrón!. Yo le desabroché los jeans, liberando su verga dura, palpitante, que olía a deseo puro. La tomé en mi mano, sintiendo su calor, las venas latiendo bajo mi palma, y la apreté suave, oyendo su gruñido ronco que vibró en mi clítoris.

"Quiero que me monte como en mis sueños de 2002, salvaje, sin frenos."
Recordé una línea del diario, y eso me volvió loca. Lo empujé al sillón, montándome a horcajadas. Mi short se bajó solo, revelando mi panocha mojada, reluciente. Javier jadeaba, sus manos en mis caderas, guiándome mientras me hundía en él. Lento al principio, pensé, sintiendo cada centímetro estirándome, llenándome hasta el fondo. El roce era exquisito: piel resbaladiza, jugos mezclándose, el sonido chapoteante de cuerpos uniéndose.

El ritmo creció, mis caderas girando como en un baile de cumbia prohibida. Sudor perlando su pecho moreno, salado al lamerlo; sus uñas clavándose en mi culo, impulsándome más fuerte. Más, pendejo, dame más, le exigí, y él obedeció, embistiéndome desde abajo con fuerza que hacía temblar el sillón. Gritos ahogados, piel chocando plaf-plaf-plaf, olores a sexo y carne asada flotando. Mi orgasmo se acercó como tormenta: tensión en el vientre, pulsos acelerados, visión borrosa.

¡Ya, Ana, chingádomela! —rugió, y exploté. Oleadas de placer me sacudieron, contracciones apretándolo dentro de mí, jugos chorreando por sus bolas. Él se vino segundos después, caliente, espeso, llenándome con gemidos que retumbaron en las paredes. Colapsamos, jadeantes, piel pegajosa, corazones sincronizados.

En el afterglow, recostados en el piso fresco, con el cuaderno abierto a un lado, Javier me besó la frente. Pasiones secretas 2002 ya no eran solo palabras; eran nosotros, revividas, más intensas. El sol se ponía, tiñendo el cuarto de púrpura, y supe que esto era solo el principio. Mañana, más páginas. Hoy, paz en sus brazos, oliendo a nosotros.

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