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Pasión y Poder Eladio le Pide el Divorcio a Julia

6842 palabras

Pasión y Poder Eladio le Pide el Divorcio a Julia

Julia se paró frente al ventanal del penthouse en Polanco, con la Ciudad de México extendiéndose como un mar de luces titilantes bajo el cielo nocturno. El aroma del tequila reposado flotaba en el aire, mezclado con el perfume caro de Eladio, ese que siempre le recordaba noches de pasión y poder. Llevaban quince años casados, él el rey de los negocios inmobiliarios, ella la reina de las galerías de arte. Pero esa noche, todo se sentía como el final de un capítulo.

Julia, ya no aguanto más. Quiero el divorcio, soltó Eladio con voz firme, mientras se aflojaba la corbata de seda italiana. Estaba de pie junto al sofá de piel, su silueta imponente recortada contra las luces de Reforma. Julia giró despacio, su vestido negro ceñido acentuando las curvas que él solía devorar con la mirada.

El corazón le latió con fuerza en el pecho. ¿Divorcio? ¿Después de todo lo que hemos construido? pensó, mientras el calor subía por su cuello. No era rabia pura, sino una mezcla ardiente de dolor y deseo reprimido. Hacía meses que no se tocaban como antes, que el poder de sus cuerpos chocaba en la cama como en los negocios. Pero verlo ahí, con esa mandíbula cuadrada y esos ojos oscuros que prometían tormentas, le despertó un fuego en el vientre.

¿En serio, Eladio? ¿Eladio le pide el divorcio a Julia así nomás, como si fuéramos unos desconocidos? respondió ella, acercándose con pasos lentos, el taconeo resonando en el mármol pulido. El aire se cargó de tensión, como antes de una lluvia torrencial en el DF.

Él la miró de arriba abajo, y Julia sintió su mirada como una caricia áspera. Maldito pendejo, sabe lo que me hace, se dijo. Eladio siempre había sido así: dominante, pero justo. Poderoso en la junta directiva y en la alcoba.

La discusión escaló rápido. Palabras volaron como chispas: reproches por las noches solas, por las amantes imaginarias, por el estrés de sus imperios. Pero entre línea y línea, sus cuerpos se acercaban. Julia olió su colonia, ese almizcle que le erizaba la piel. Él extendió la mano para tocarle el brazo, y el contacto fue eléctrico, como si un rayo hubiera caído en la habitación.

No puedo dejar que termine así. Hay demasiada pasión y poder entre nosotros, pensó Julia, mientras su mano subía por el pecho de él, sintiendo el latido acelerado bajo la camisa.

Eladio la jaló hacia sí de repente, su boca capturando la de ella en un beso brutal, hambriento. Julia gimió contra sus labios, el sabor salado de su sudor mezclándose con el tequila en su lengua. Esto es lo que necesitaba, cabrón, le susurró su mente. Sus manos se enredaron en el cabello de él, tirando con fuerza, mientras él la empujaba contra la pared de vidrio frío.

El mundo exterior desapareció. Solo existían sus respiraciones jadeantes, el roce de la tela rasgándose. Eladio bajó el zipper de su vestido, exponiendo sus pechos al aire acondicionado, los pezones endureciéndose al instante. Eres mía, Julia. Siempre lo serás, gruñó él, mordisqueando su cuello, dejando un rastro de calor húmedo que olía a deseo crudo.

Ella arqueó la espalda, sintiendo la dureza de su erección presionando contra su muslo. Qué verga tan dura, como en los viejos tiempos. Sus dedos bajaron al cinturón de él, desabrochándolo con urgencia. El sonido del metal tintineando fue como una promesa de liberación. Cuando liberó su miembro, grueso y palpitante, lo envolvió con la mano, sintiendo las venas hinchadas bajo su palma suave.

Se tumbaron en la alfombra persa, el pelaje suave contrastando con la aspereza de sus cuerpos. Eladio la devoró con la boca, lamiendo sus senos, succionando un pezón hasta que Julia gritó de placer. ¡Sí, así, mi amor! ¡No pares, pendejo! jadeó ella, clavándole las uñas en la espalda. El olor a sexo empezaba a impregnar el aire, ese almizcle animal que los volvía locos.

Él descendió más, besando su vientre plano, hasta llegar al triángulo de vello húmedo. Julia abrió las piernas, exponiéndose sin pudor. Su lengua la encontró, lamiendo su clítoris con maestría, saboreando su jugo dulce y salado. Me va a matar de gusto, pensó ella, mientras sus caderas se movían solas, empujando contra su cara barbuda. Los gemidos de Julia llenaron la sala, ecos roncos que rebotaban en las paredes altas.

Pero ella quería más poder. Se incorporó, empujándolo boca arriba. Ahora yo mando, dijo con voz ronca, montándose sobre él. Su concha resbaladiza lo engulló centímetro a centímetro, el estiramiento delicioso la hizo jadear. Eladio gruñó, sus manos grandes apretando sus nalgas, guiándola en un ritmo frenético.

Cabalgó como una diosa azteca, el sudor perlando su piel morena, goteando sobre el pecho de él. Cada embestida era un choque de pasión y poder, sus pelvis chocando con palmadas húmedas. Siento su verga tan adentro, llenándome toda, monologaba Julia en su cabeza, mientras el placer subía como una ola en Xochimilco.

Él la volteó de repente, poniéndola a cuatro patas frente al ventanal. La ciudad los veía, pero no importaba. Eladio la penetró desde atrás, profundo y salvaje, una mano en su cadera, la otra enredada en su melena negra. ¡Dime que no quieres el divorcio ahora, carajo! rugió él, mientras la follaba sin piedad.

¡No, idiota! ¡Te quiero dentro de mí para siempre! contestó ella, empujando hacia atrás, sintiendo cada vena, cada pulso. El clímax se acercaba, un torbellino en su vientre. El sonido de sus cuerpos era obsceno: chapoteos, gemidos, respiraciones entrecortadas. El olor a semen y sudor los envolvía como una niebla erótica.

Julia explotó primero, un orgasmo que la sacudió entera, sus paredes contrayéndose alrededor de él, ordeñándolo. Gritó su nombre, Eladio, mientras lágrimas de éxtasis rodaban por sus mejillas. Él la siguió segundos después, vaciándose dentro de ella con un rugido gutural, chorros calientes inundándola.

Colapsaron juntos en la alfombra, jadeantes, pegajosos. Eladio la abrazó por detrás, besándole la nuca sudorosa. Perdón, mi reina. No sé qué me pasó. Esta pasión y poder nos une más que cualquier papel, murmuró.

Julia sonrió, girando para besarlo suave. El afterglow era dulce, sus cuerpos entrelazados, el corazón latiendo al unísono. Afuera, la ciudad seguía su ritmo caótico, pero adentro, habían encontrado su paz carnal.

Que se joda el divorcio. Esto es nuestro, puro y ardiente como el sol de México, pensó ella, mientras se quedaban dormidos, envueltos en el aroma de su amor renovado.

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