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Pasion Prohibida Cap 2 El Susurro Ardiente

7234 palabras

Pasion Prohibida Cap 2 El Susurro Ardiente

La noche en Polanco se sentía pesada, como si el aire mismo supiera que algo prohibido estaba a punto de estallar. Yo, Ana, estaba sola en el departamento que compartía con mi esposo Carlos, pero mi mente no paraba de dar vueltas a esa noche anterior. La pasión prohibida cap 2 de mi vida empezaba justo ahí, donde el capítulo uno había terminado con un beso robado en la penumbra del bar. Marco, el mejor amigo de Carlos desde la uni, el güey que siempre me miraba con esos ojos cafés que prometían pecados. Neta, cada vez que lo veía, mi cuerpo se encendía como chile en nogada.

Me puse un vestido negro ajustado, de esos que marcan las curvas sin pedir permiso, y un toque de perfume con vainilla que olía a tentación pura. Carlos estaba de viaje en Monterrey por negocios, y Marco había mandado un mensajito: "Paso por unos tequilas, carnala. ¿Sale?" Mi corazón latió como tamborazo zacatecano.

¿Y si esta vez no me detengo? ¿Y si dejo que esta pasión prohibida se vuelva real?
me dije, mientras me miraba en el espejo, mis pechos subiendo y bajando con la respiración agitada.

El timbre sonó como un trueno lejano. Abrí la puerta y ahí estaba él, con camisa blanca desabotonada lo justo para mostrar ese pecho moreno y velludo que me volvía loca. Traía una botella de Don Julio en la mano y una sonrisa pícara. "¡Órale, Ana! Estás para comerte con mole y todo, mamacita." Su voz ronca me erizó la piel, y el olor a su colonia, mezclado con el humo de cigarro que siempre lo seguía, me invadió las fosas nasales.

Nos sentamos en la sala, con las luces bajas y jazz suave de fondo, como en esas películas gringas pero con sabor mexicano. Serví los tequilas en shots con sal y limón. El primer trago quemó mi garganta, calentándome el vientre. Hablamos de todo y nada: del tráfico en Insurgentes, de las fiestas en la Condesa, pero sus ojos no se despegaban de mis labios. "Sabes, Ana, desde la otra noche no dejo de pensar en ti. Eres como un tequila añejo, prohibida pero irresistible." Su mano rozó la mía al pasar el limón, y sentí un chispazo eléctrico que me subió por el brazo hasta los muslos.

El segundo shot, y ya las risas se volvieron confidencias. Le conté cómo Carlos y yo nos habíamos enfriado, cómo el matrimonio era como un pozole recalentado, sabroso pero sin chispa. Él asintió, su mirada intensificándose.

Esto es malo, Ana. Es el carnal de tu marido. Pero neta, lo quiero tanto que duele.
Mi piel ardía bajo el vestido, los pezones endureciéndose contra la tela. Él se acercó más en el sofá, su muslo presionando el mío, el calor de su cuerpo filtrándose como lava.

La tensión creció como tormenta en el Popo. Su dedo trazó mi brazo, suave al principio, luego con más hambre. "Ana, dime que pare si no quieres esto." Pero yo no dije nada; en cambio, giré la cara y lo besé. Sus labios eran firmes, con sabor a tequila y sal, su lengua invadiendo mi boca como un conquistador. Gemí bajito, el sonido ahogado por su beso, mientras sus manos subían por mi espalda, desabrochando el vestido con maestría. El aire fresco del AC rozó mi piel desnuda, erizándome todo.

Me levantó en brazos como si no pesara nada, y me llevó al cuarto. La cama king size nos esperaba con sábanas de algodón egipcio que olían a lavanda fresca. Me recostó con cuidado, pero sus ojos eran puro fuego. Se quitó la camisa, revelando ese torso trabajado en el gym de Reforma, músculos tensos y sudorosos ya. "Eres una diosa, Ana. Mi pasión prohibida." Se arrodilló entre mis piernas, besando mi cuello, lamiendo el hueco de mi clavícula. Su aliento caliente me hacía arquear la espalda, y cuando bajó a mis pechos, chupó un pezón con hambre, mordisqueando suave. "¡Ay, cabrón! ¡Qué rico!" grité, mis uñas clavándose en su espalda, sintiendo la sal de su sudor en mi lengua cuando lo lamí.

El medio acto era puro tormento delicioso. Sus manos exploraban mi cuerpo como si fuera un mapa del D.F., deteniéndose en mis caderas, apretando mi culo redondo. Bajó más, besando mi ombligo, mi monte de Venus. El olor a mi propia excitación llenaba el aire, almizclado y dulce. "Estás mojada para mí, nena. Neta, me vuelves loco." Su lengua tocó mi clítoris, girando lento, succionando con maestría. Gemí fuerte, mis caderas moviéndose solas, el placer subiendo como oleadas en la playa de Acapulco.

Esto es pecado, pero qué chingón pecado. No pares, Marco, no pares nunca.

Lo jalé hacia arriba, desesperada por sentirlo dentro. Se quitó el pantalón, y su verga saltó libre, gruesa y venosa, palpitando con venas marcadas. La tomé en mi mano, sintiendo su calor y dureza, como terciopelo sobre acero. La lamí desde la base hasta la punta, saboreando el precum salado, mientras él gruñía como animal. "¡Mamacita, qué boca tan rica!" Lo chupé profundo, mi garganta ajustándose, sus caderas empujando suave.

Pero quería más. Me puse encima, cabalgándolo despacio al principio. Su verga me llenó por completo, estirándome delicioso, tocando ese punto que me hacía ver estrellas. El roce de su pubis contra mi clítoris era eléctrico, y el slap-slap de piel contra piel resonaba en el cuarto, mezclado con nuestros jadeos. Sudor goteaba de su pecho al mío, lubricándonos. Aceleré, mis tetas rebotando, sus manos amasándolas. "¡Sí, Ana! ¡Córrete para mí, mi reina prohibida!" El orgasmo me golpeó como camión en Periférico, mi concha contrayéndose alrededor de él, chorros de placer escapando mientras gritaba su nombre.

Él volteó, poniéndome de perrito, embistiéndome fuerte. Sus bolas chocaban contra mi clítoris, el sonido obsceno y excitante. Olía a sexo puro, a cuerpos en llamas. Me jaló el pelo suave, no para dominar sino para conectar, susurrando "Te amo, Ana. Esta pasión prohibida es nuestra." Se corrió dentro, caliente y abundante, llenándome hasta rebosar, su gruñido gutural vibrando en mi espalda.

Caímos exhaustos, enredados en las sábanas húmedas. Su pecho subía y bajaba contra el mío, el latido de su corazón sincronizándose con el mío. Besó mi frente, suave. "¿Estás bien, mi vida?" Asentí, lágrimas de emoción en los ojos.

Esto no es solo sexo. Es algo que cambia todo. Pero ¿y Carlos? ¿Y el después?
Nos quedamos así, escuchando el tráfico lejano de la ciudad que nunca duerme, el aroma a sexo y vainilla envolviéndonos.

Al amanecer, con el sol filtrándose por las cortinas, nos vestimos en silencio. No hubo promesas rotas, solo una mirada que lo decía todo. "Volveremos a esto, ¿verdad? Cap 3 de nuestra pasión prohibida." Sonreí, sabiendo que sí. Salí a la terraza con un café en mano, el viento fresco secando el sudor de la noche. Mi cuerpo zumbaba aún, empoderado, vivo. Por primera vez en años, me sentía dueña de mi deseo, no una esposa decorativa. Marco se fue con un beso eterno, y yo me quedé pensando en el fuego que acabábamos de avivar. Esta pasión prohibida cap 2 no era el fin, sino el comienzo de algo imparable.

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