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Abismo de Pasión un Año

6045 palabras

Abismo de Pasión un Año

Ana caminaba por las calles empedradas de la Roma en Ciudad de México, el sol del atardecer tiñendo todo de un naranja ardiente que hacía brillar su piel morena. El aroma de los tacos al pastor flotaba en el aire, mezclado con el perfume de las jacarandas que caían como lluvia púrpura. Llevaba un vestido ligero de algodón que se pegaba a sus curvas con la brisa cálida, y en su mente bullía una inquietud que no podía nombrar. Hacía un año que su vida era un remolino, pero todo cambió esa noche en la fiesta de su amiga Lupe.

Allí lo vio: Javier, alto, con esa sonrisa pícara que iluminaba sus ojos cafés profundos. Estaba recargado en la barra, con una chela en la mano, charlando con unos cuates. Órale, qué chulo, pensó Ana, sintiendo un cosquilleo en el estómago. Él la miró, y fue como si el mundo se detuviera. Sus miradas se cruzaron, cargadas de una electricidad que erizó su piel. Se acercó, oliendo a colonia fresca y a algo más salvaje, como tierra mojada después de la lluvia.

—¿Qué onda, morra? —le dijo con voz grave, extendiendo la mano—. Soy Javier.

—Ana —respondió ella, notando cómo su palma áspera rozaba la suya, enviando chispas por su brazo.

Hablaron toda la noche. Rieron de tonterías, de cómo el tráfico de la CDMX volvía locos a todos, de sus sueños locos. Pero debajo de las palabras, había un hambre. Cuando bailaron, sus cuerpos se pegaron, el calor de él traspasando la tela delgada. Sintió su erección presionando contra su muslo, y un jadeo se le escapó.

Esto es el principio de algo grande, neta
, pensó ella, mientras sus labios rozaban su oreja.

Los meses siguientes fueron un torbellino. Salían a cenar en taquerías escondidas, donde el vapor de la carne asada subía como niebla sensual, y el picor de la salsa hacía que sus bocas ardieran como sus cuerpos. Javier la besaba en el coche, con las luces de los semáforos parpadeando sobre ellos. Sus lenguas se enredaban, saboreando tequila y deseo. Su boca sabe a aventura, se decía Ana, mientras sus manos exploraban bajo su blusa, pellizcando pezones que se endurecían al instante.

Pero el abismo de pasión año tras año no era solo físico. Ana luchaba consigo misma. ¿Y si me enamoro de este pendejo y me rompe el corazón? Javier era divorciado, con una hija adulta, y cargaba sus propias sombras. En las noches de insomnio, ella se tocaba pensando en él, imaginando sus dedos gruesos abriéndose paso entre sus pliegues húmedos, el olor almizclado de su excitación llenando la habitación.

Una tarde de lluvia, en su depa de la Condesa, la tensión explotó. Habían discutido por celos tontos —él coqueteando con una mesera en un antro—. Ana lo empujó contra la puerta, furiosa y cachonda. Ven aquí, wey, gruñó ella, mordiendo su labio inferior. Javier la levantó en brazos, sus músculos tensos bajo la camisa mojada que olía a tormenta. La llevó a la cama, donde las sábanas crujieron bajo su peso.

Se desnudaron con urgencia. La piel de Ana brillaba con gotas de lluvia, sus pechos firmes subiendo y bajando con respiraciones agitadas. Él besó su cuello, lamiendo el agua salada, bajando hasta sus senos. Chupó un pezón, succionando con fuerza que la hizo arquear la espalda. ¡Ay, cabrón! gimió ella, clavando uñas en su espalda. El sonido de la lluvia contra la ventana era como un tambor tribal, acelerando sus pulsos.

Javier separó sus piernas, inhalando profundo el aroma dulce y salado de su coño empapado. Estás chingona, nena, murmuró, antes de hundir la lengua. Ana gritó, el placer como un rayo. Lamía sus labios hinchados, chupando el clítoris con maestría, mientras dos dedos se deslizaban adentro, curvándose para tocar ese punto que la volvía loca. Ella se retorcía, el colchón hundiéndose bajo sus caderas, el sabor de su propia excitación en el aire.

No aguanto más, jadeó Ana, jalándolo hacia arriba. Su verga dura, gruesa, palpitaba contra su entrada. Se miraron a los ojos, un pacto silencioso. Él empujó lento, centímetro a centímetro, estirándola deliciosamente. El dolor placentero se mezcló con el éxtasis, sus paredes apretándolo como un guante caliente. ¡Qué rico te sientes! rugió Javier, embistiendo más profundo.

Se movieron en ritmo frenético. El slap-slap de piel contra piel resonaba, sudor perlando sus cuerpos. Ana clavó las talones en su culo firme, urgiéndolo. Él la follaba con fuerza, el olor de sexo crudo impregnando todo. Cambiaron posiciones: ella encima, cabalgándolo como una diosa, sus tetas rebotando, cabello negro cayendo en cascada. Javier amasaba sus nalgas, un dedo rozando su ano, enviando ondas de placer prohibido.

La tensión crecía, como una ola gigante. Ana sentía el orgasmo aproximándose, un nudo en el vientre deshaciéndose.

Este es nuestro abismo de pasión este año, y no quiero salir
, pensó en el vértigo. Gritó su nombre cuando explotó, jugos calientes empapando su polla. Javier la siguió, gruñendo como animal, llenándola con chorros calientes que la hicieron temblar.

Se derrumbaron, jadeantes, cuerpos enredados. El silencio post-sexo era roto solo por sus respiraciones y la lluvia menguante. Javier la besó suave, trazando patrones en su espalda con dedos perezosos. Te amo, morra, susurró. Ana sonrió, el corazón lleno. Habían navegado el abismo de pasión un año entero, con peleas, risas, noches de fuego. Ahora, en la quietud, sabían que era para siempre.

Al amanecer, con el sol filtrándose por las cortinas, hicieron el amor otra vez, lento, exploratorio. Sus lenguas saborearon piel salada, manos memorizaron curvas. Era cierre, pero también promesa. Ana se acurrucó en su pecho, oyendo el latido fuerte de su corazón. Este abismo de pasión año fue solo el principio, reflexionó, mientras el aroma de sus cuerpos unidos la envolvía en paz profunda.

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