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Artistas del Abismo de Pasión

6934 palabras

Artistas del Abismo de Pasión

La galería en la Condesa bullía de vida esa noche, con el aroma a jazmines frescos mezclándose con el vino tinto que corrían los meseros. Las luces tenues bailaban sobre las pinturas abstractas, rojos intensos y negros profundos que gritaban pasión desde las paredes. Yo, Ana, estaba ahí con mi última serie, lienzos donde el color se retorcía como cuerpos en éxtasis. Vestida con un vestido negro ceñido que me hacía sentir como una diosa urbana, observaba a la gente murmurar sobre mi trabajo. Neta, me sentía poderosa, pero algo faltaba, un fuego que no terminaba de encenderse.

Entonces lo vi. Diego, con su cabello revuelto y una camisa blanca desabotonada que dejaba ver el tatuaje de un águila en su pecho. Era escultor, wey, de esos que tallan madera con manos que parecen saber de todo. Nuestras miradas chocaron como chispas en la oscuridad. Se acercó con una sonrisa pícara, copa en mano.

—Qué chido tu trabajo, Ana. Es como si pintaras el alma en carne viva.

Su voz grave me erizó la piel, un ronroneo que se colaba hasta mis entrañas. Hablamos de arte, de cómo el abismo de la pasión nos llama a todos los que creamos. Artistas del abismo de pasión, dijo él, y se nos escapó una risa compartida, como si hubiéramos nombrado nuestra hermandad secreta. El calor de su cuerpo cerca del mío, el roce accidental de su brazo contra mi cadera, ya me tenía pensando en cosas que no se dicen en una galería.

¿Y si este pendejo es el que me arrastra al fondo?
pensé, mientras mi pulso se aceleraba.

La noche avanzó con charlas intensas. Él me contó de sus esculturas, figuras humanas entrelazadas en posturas imposibles, sudadas de deseo. Yo le hablé de mis pinceladas furiosas, cómo el óleo huele a sexo crudo cuando lo extiendes caliente sobre el lienzo. El vino nos soltó la lengua, y pronto sus ojos se clavaban en mis labios, en el escote donde mi piel brillaba bajo las luces. Sentí un cosquilleo entre las piernas, esa humedad traicionera que delata al cuerpo antes que la mente.

—Ven a mi taller —me dijo al fin, su aliento cálido en mi oreja—. Quiero mostrarte algo que pintaste en mi cabeza toda la noche.

No lo pensé dos veces. Salimos a la calle, el aire fresco de la noche mexicana nos golpeó con olor a taquitos de la esquina y escape de coches. Su taller estaba en una casa vieja de la Roma, con paredes llenas de esculturas a medio hacer. Encendió una lámpara que tiraba sombras largas, y el espacio se llenó de un aroma a madera fresca y trementina, como un preludio olfativo a lo que vendría.

Acto dos, el fuego que sube lento. Nos sentamos en un sillón raído, con una botella de mezcal que sacó de un cajón. El líquido ahumado nos quemó la garganta, despertando sabores terrosos en la lengua. Hablamos más profundo ahora, de amores pasados que nos dejaron cicatrices, de cómo el arte es nuestra forma de follar con el mundo sin que nos rompa. Su mano rozó mi rodilla, y no la quité. Qué chingón se siente esto, pensé, mientras mi corazón latía como tambor en fiesta.

—Eres como una de mis esculturas —murmuró, trazando con los dedos el contorno de mi brazo—. Fuerte, pero lista para quebrarse en placer.

Me incliné, mis labios encontraron los suyos. Beso suave al principio, explorando el sabor salado de su boca, el roce áspero de su barba incipiente contra mi piel suave. Sus manos subieron por mi espalda, desabrochando el vestido con maestría, como si tallara mi cuerpo. Caí desnuda ante él, mis pechos erguidos, pezones duros como piedras preciosas. Él se quitó la camisa, revelando músculos tensos por el trabajo manual, olor a sudor limpio y deseo puro.

Nos besamos de pie, cuerpos pegados, piel contra piel. Sentí su erección dura presionando mi vientre, un pulso caliente que me hacía gemir bajito.

Este wey me va a llevar al abismo, y qué rico
, rugía mi mente mientras sus dedos bajaban por mi espina, abriendo mis nalgas con ternura posesiva. Lo empujé al sillón, me subí a horcajadas, frotándome contra él a través de su pantalón. El roce era eléctrico, mi clítoris hinchado rogando más.

Le quité el pantalón, su verga saltó libre, gruesa y venosa, con una gota de precúm brillando en la punta. La tomé en mi mano, piel aterciopelada sobre acero, y la lamí despacio, saboreando su salmuera masculina. Él gruñó, —Cárgate, Ana, neta me vas a matar, enredando sus dedos en mi pelo. Lo chupé hondo, garganta relajada, el sonido húmedo de mi boca llenando el taller como una sinfonía sucia.

Pero quería más. Me puse de pie, lo jalé al piso sobre una manta gruesa. Él encima, besando mi cuello, lamiendo el sudor que perlaba mi clavícula. Sus dedos encontraron mi coño empapado, resbaladizo de jugos, y entraron suave, curvándose para tocar ese punto que me hace arquear. ¡Ay, cabrón! grité internamente, mientras ondas de placer me recorrían como temblores. Olía a sexo ahora, almizcle femenino mezclado con su aroma varonil, embriagador.

—Te quiero dentro —jadeé, guiándolo a mi entrada. Entró lento, centímetro a centímetro, estirándome deliciosamente. Gemí alto, el sonido rebotando en las paredes. Nos movimos en ritmo, él embistiendo profundo, yo clavando uñas en su espalda. Sudor goteaba, mezclándose, pieles chocando con palmadas húmedas. Sentía cada vena de su verga rozando mis paredes, mi clítoris frotándose contra su pubis. La tensión crecía, espiral ascendente, respiraciones entrecortadas, artistas del abismo de pasión perdidos en el clímax inminente.

Cambié de posición, él de rodillas detrás, penetrándome como animal en celo. Sus manos en mis caderas, jalándome fuerte, bolas golpeando mi culo. El placer era abrumador, vista borrosa de esculturas testigos, sonido de carne contra carne, olor a orgasmo acercándose.

¡Ven conmigo al fondo, Diego!
pensé, mientras mi cuerpo se tensaba.

Acto tres, la liberación. El orgasmo me golpeó como ola en Acapulco, espasmos que me sacudían, coño apretando su verga en pulsos rítmicos. Grité su nombre, voz ronca, mientras él se hundía una vez más y explotaba dentro, chorros calientes llenándome, su gruñido animal en mi oído. Colapsamos, cuerpos temblorosos, piel pegajosa de sudor y fluidos.

Quedamos ahí, enredados en la manta, el taller en penumbras. Su mano acariciaba mi pelo, yo trazaba círculos en su pecho. El aire olía a nosotros, a pasión consumada. Esto fue más que sexo, fue arte vivo, reflexioné, con una sonrisa satisfecha. Diego me besó la frente.

—Somos artistas del abismo de pasión, Ana. Y apenas empezamos.

La noche se cerró con promesas susurradas, el corazón en paz, el cuerpo saciado. Mañana pintaríamos juntos, follaríamos el lienzo con este fuego nuevo.

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