Novios Pasion Incontrolable
La noche en el DF estaba cargada de ese calor pegajoso que se mete hasta los huesos, pero adentro de nuestro depa en Polanco, el aire fresco del acondicionado nos envolvía como una caricia. Yo, Ana, acababa de llegar de un día eterno en la oficina, y ahí estaba él, mi novio, Javier, esperándome con esa sonrisa pícara que me deshace las rodillas. Llevábamos tres años de novios pasión, como nos decíamos entre risas cuando las chispas volaban, y esta noche prometía ser una de esas que no se olvidan.
—Órale, preciosa, ¿ya extrañaste esto? —me dijo mientras me jalaba por la cintura, su aliento cálido rozándome el cuello. Olía a su colonia favorita, esa con notas de madera y un toque picante que me ponía la piel de gallina.
Sentí su cuerpo firme contra el mío, esos músculos que se habían marcado en el gym, presionando justo donde dolía la necesidad. Mi corazón latía como tamborazo en una fiesta de pueblo, y entre mis piernas ya se despertaba ese cosquilleo traicionero. Lo miré a los ojos, oscuros y hambrientos, y murmuré:
—Neta, Javi, hoy te voy a comer vivo.
Nos besamos como si el mundo se acabara, lenguas enredadas, saboreando el tequila de su boca y el lipstick vainilla del mío. Sus manos bajaron por mi espalda, apretando mis nalgas con esa fuerza que me hace jadear. El sonido de nuestras respiraciones agitadas llenaba la sala, mezclado con el zumbido lejano del tráfico en Reforma.
¿Por qué este wey me pone así de loca? Cada toque es fuego puro, y yo solo quiero más, más de él, de nosotros, de esta pasión que nos consume.
Me cargó como si no pesara nada, rumbo al cuarto. La luz tenue de las velas que había encendido parpadeaba en las paredes, proyectando sombras que bailaban como testigos mudos de lo que vendría. Me tiró en la cama king size, con sábanas de algodón egipcio que olían a lavanda fresca, y se quitó la playera de un jalón. Su pecho moreno brillaba con un leve sudor, pezones duros invitándome a lamerlos.
Acto uno apenas empezaba, pero la tensión ya era un nudo en mi vientre. Javier se arrodilló entre mis piernas, desabrochando mi blusa con dedos temblorosos de anticipación. Sentí el roce áspero de sus yemas contra mi piel suave, erizándome cada poro. Mi brasier de encaje negro salió volando, y él se lanzó a mis tetas como hombre sediento, chupando un pezón mientras pellizcaba el otro.
—¡Ay, cabrón! —gemí, arqueando la espalda. El placer era eléctrico, bajando directo a mi clítoris hinchado. Olía a nuestra excitación mezclada, ese aroma almizclado y dulce que inunda el aire cuando los cuerpos piden guerra.
Le clavé las uñas en la espalda, dejando surcos rojos que lo hacían gruñir como fiera. Bajó besos por mi panza, lamiendo el ombligo, hasta llegar al botón de mi falda. La desabrochó lento, torturándome, y cuando la bajó junto con mis tangas, el aire fresco besó mi concha húmeda, expuesta y palpitante.
—Mírate, tan chingona y mojada pa' mí —dijo con voz ronca, ojos fijos en mi sexo depilado, labios mayores hinchados y brillantes.
El segundo acto se encendía con fuerza. Javier separó mis muslos con manos fuertes, inhalando profundo mi esencia. Su lengua caliente trazó mi raja de abajo arriba, saboreando mis jugos como si fueran el mejor mezcal. Gemí fuerte, el sonido rebotando en las paredes. Sentía cada lamida como chispas, mi clítoris endureciéndose bajo su presión experta. Metió un dedo, luego dos, curvándolos justo en ese punto G que me hace ver estrellas.
Somos novios pasión, neta, no hay nadie que nos iguale. Este placer es nuestro, lo construimos chingón cada vez.
Me retorcía, caderas alzándose para follarle la cara. Él mamaba mi clítoris con succión perfecta, el ruido chapoteante de su boca en mi coño era obsceno y delicioso. Sudor nos cubría, pieles resbalosas chocando. Lo jalé del pelo, obligándolo más profundo, y el orgasmo me golpeó como ola en Acapulco. Grité su nombre, piernas temblando, chorros calientes empapando sus labios.
Pero no paró. Me volteó boca abajo, azotando mi culo con palmadas juguetones que ardían rico. —Ponte perra, Ana, que te voy a dar verga hasta que pidas clemencia —gruñó, quitándose el pantalón. Su pija saltó libre, gruesa y venosa, cabeza morada goteando precum. La olí, ese olor macho que me enloquece.
Me puse a cuatro patas, nalgas en pompa, invitándolo. Sintió su glande rozando mi entrada, lubricada y ansiosa. Empujó despacio, centímetro a centímetro, estirándome delicioso. —¡Chingado, qué prieta estás! —jadeó, llenándome hasta el fondo.
El ritmo empezó lento, sus bolas golpeando mi clítoris con cada embestida. El sonido era hipnótico: piel contra piel, húmedo y rítmico. Sudor goteaba de su pecho a mi espalda, tacto caliente y salado. Agarró mis caderas, clavándome más hondo, y yo empujaba hacia atrás, follándolo con ganas.
—Más fuerte, pendejo, ¡rómpeme! —le exigí, voz ahogada en la almohada.
Aceleró, la cama crujiendo como si fuera a romperse. Sentía cada vena de su verga frotando mis paredes, presionando ese spot que me hace correrme en chorro. Nuestros gemidos se fundían, un coro de placer puro. El olor a sexo impregnaba todo, espeso y adictivo. Me giró de nuevo, cara a cara, piernas en sus hombros para penetrarme profundo. Nuestros ojos se clavaron, almas conectadas en esta danza salvaje.
Te amo, Javi, en esta pasión de novios que no se apaga. Eres mío, y yo tuya, pa' siempre.
El clímax se acercaba como tormenta. Sus embestidas eran brutales pero tiernas, mi concha contrayéndose alrededor de su pija. —Me vengo, Ana, ¡dónde quieres? —gruñó, rostro contorsionado.
—Adentro, lléname, mi amor —supliqué, nails en su culo urgiéndolo.
Explotó primero él, chorros calientes inundándome, empujándome al borde. Mi orgasmo fue demoledor, visión borrosa, cuerpo convulsionando, gritando como loca. Nos colapsamos, unidos aún, pulsos latiendo al unísono.
El afterglow fue puro paraíso. Javier se deslizó fuera, su semen chorreando de mí, cálido y pegajoso. Me acurruqué en su pecho, escuchando su corazón galopante calmarse. Besos suaves en mi frente, manos acariciando mi pelo revuelto.
—Eres lo máximo, mi novia pasión —susurró, voz ronca de satisfacción.
Reí bajito, lamiendo el sudor salado de su cuello. El cuarto olía a nosotros, a sexo consumado y amor eterno. Afuera, la ciudad seguía su ritmo loco, pero aquí, en nuestra burbuja, todo era paz y promesas.
Mientras nos quedábamos dormidos, enredados en sábanas arrugadas, supe que esto era lo nuestro: novios pasión incontrolable, listos pa' la próxima ronda. Mañana sería otro día, pero esta noche... esta noche fue chingona.