Al Entregarnos Lo Hacemos Con Mucha Pasión
La noche en Polanco estaba viva, con el bullicio de la ciudad latiendo como un corazón acelerado. Las luces de los restaurantes y bares parpadeaban desde abajo, mientras el viento fresco traía el aroma de tacos al pastor y mezcal ahumado. Yo, Ana, había llegado a esa terraza con mis cuates para celebrar el cumpleaños de una amiga, pero desde que crucé la puerta, mis ojos se clavaron en él. Javier. Ese pendejo guapo que me había robado el aliento hace años, en la uni. Alto, con esa piel morena que brillaba bajo las luces neón, y una sonrisa que prometía travesuras.
—Neta, Ana, ¿tú aquí? —dijo acercándose, su voz grave cortando el reggaetón que sonaba de fondo. Olía a colonia cara mezclada con sudor fresco, y su mano rozó mi brazo al darme un abrazo que duró un segundo de más.
Mi corazón dio un brinco. Hacía dos años que no lo veía, desde que terminamos por pendejadas de juventud. Pero esa química, neta, nunca se apaga. Charlamos un rato, riéndonos de anécdotas pasadas, con copas de tequila en la mano. El líquido quemaba dulce en mi garganta, y cada mirada suya me hacía sentir un cosquilleo en el estómago.
¿Por qué carajos no lo busqué antes? Este wey me prende como nadie.La tensión crecía con cada roce accidental: su rodilla contra la mía bajo la mesa alta, sus dedos en mi cintura al pasar por detrás. Sabía que él también lo sentía; sus ojos bajaban a mis labios, a mis chichis que asomaban juguetones en el escote del vestido negro ajustado.
Al final de la noche, cuando mis amigas ya se iban, él me susurró al oído:
—Vámonos de aquí, mamacita. Quiero platicar contigo... a solas.
No lo pensé dos veces. Bajamos en su camioneta, el motor rugiendo por las calles empedradas de la Roma. El aire acondicionado me erizaba la piel, pero era su mano en mi muslo lo que me hacía jadear bajito. Llegamos a su depa en la Condesa, un lugar chido con ventanales que daban a los árboles y un balcón con vista al Parque México. Apenas cerramos la puerta, sus labios se estrellaron contra los míos. Sabían a tequila y a deseo puro, su lengua explorando con hambre, mientras sus manos me apretaban las nalgas contra su cuerpo duro.
—Te extrañé, Ana. Neta, no sabes cuánto. —murmuró contra mi cuello, mordisqueando la piel sensible. Su aliento caliente me hacía arquear la espalda, y el olor de su piel, a jabón y hombre, me mareaba.
Lo empujé hacia el sofá de piel suave, quitándome los tacones con un movimiento rápido. Me senté a horcajadas sobre él, sintiendo su verga tiesa presionando contra mi entrepierna a través de la tela. Mis caderas se movían solas, frotándome despacio, mientras le desabrochaba la camisa. Sus pectorales firmes, con ese vello oscuro que me volvía loca, quedaron al descubierto. Lamí su pecho, saboreando la sal de su sudor, y él gruñó bajito, un sonido ronco que vibró en mi clítoris.
Esto es lo que necesitaba. Olvidarme de todo, solo sentirlo.La habitación se llenaba de nuestros jadeos, el crack de la tela al rasgar mi vestido por los hombros. Quedé en bra y tanga, mis tetas rebotando libres cuando me quité el sostén. Javier las devoró con la boca, chupando un pezón duro mientras pellizcaba el otro. El placer era eléctrico, un rayo que bajaba directo a mi coño húmedo. Metí la mano en su pantalón, agarrando su pija gruesa, palpitante. ¡Qué chingona! La saqué, masturbándolo lento, viendo cómo la punta brillaba con precum.
—Al entregarnos lo hacemos con mucha pasión, ¿verdad, mi amor? —susurró él, mirándome a los ojos con esa intensidad que me derretía.
Sí, exacto. Lo besé con furia, empujándolo al piso alfombrado. Me quité la tanga empapada, oliendo mi propia excitación almizclada en el aire. Me posicioné sobre su cara, bajando despacio hasta que su lengua encontró mi clítoris hinchado. ¡Ay, cabrón! Lamía como un experto, chupando mis labios mayores, metiendo la lengua dentro de mí, saboreándome como si fuera el mejor postre. Mis jugos le corrían por la barbilla, y yo me mecía, agarrando su cabello negro revuelto. El sonido era obsceno: slurp, slurp, mezclado con mis gemidos altos. "¡Más, Javier, no pares!"
El orgasmo me pilló desprevenida, un estallido que me hizo temblar entera, mis muslos apretando su cabeza. Grité su nombre, el mundo volviéndose blanco. Pero no paramos. Lo volteé, poniéndome en 69, tragándome su verga hasta la garganta. Sabía salado, viril, y él gemía contra mi coño sensible. Sus bolas pesadas en mi mano, las lamí, succioné, mientras él me metía dos dedos gruesos, curvándolos en mi punto G. El fuego subía otra vez, mis paredes contrayéndose alrededor de él.
Esto no es solo sexo. Es nosotros, conectados en lo más hondo.Me incorporé, jadeante, y lo monté como una amazona. Su pija entró de un jalón, llenándome hasta el fondo. ¡Qué delicia! Reboté fuerte, mis tetas saltando, el sudor chorreando entre nosotros. Él me agarraba las caderas, embistiéndome desde abajo con fuerza brutal pero cariñosa. El plaf plaf de piel contra piel llenaba el cuarto, junto con nuestros alaridos. Olía a sexo puro: sudor, fluidos, pasión desatada. Cambiamos a perrito, él detrás, jalándome el pelo suave, azotándome las nalgas con palmadas que ardían placenteras. Cada embestida rozaba mi clítoris interno, construyendo la ola gigante.
—¡Córrete conmigo, Ana! ¡Dame todo! —gruñó, su voz rota.
Me volteó de nuevo, misionero profundo, nuestras miradas clavadas. Sentí sus bolas tensarse, su verga hincharse más. El clímax nos golpeó juntos: yo convulsionando, ordeñándolo con mi coño apretado, él eyaculando chorros calientes dentro de mí, gritando mi nombre. El placer era cegador, un éxtasis que duró eternos segundos, nuestros cuerpos temblando en sincronía.
Caímos exhaustos, enredados en el piso. Su pecho subía y bajaba contra el mío, el corazón latiéndole como tambor. Besos suaves ahora, lenguas perezosas. El aire olía a nosotros, a semen y miel. Me acurruqué en su brazo, su mano acariciándome la espalda con ternura.
—Al entregarnos lo hacemos con mucha pasión, mi reina —dijo bajito, besándome la frente.
Sonreí, el cuerpo lánguido y satisfecho.
Esto es real. No solo una noche. Es el comienzo de algo chido.Afuera, la ciudad seguía su ritmo, pero en ese momento, solo existíamos nosotros. Mañana veríamos qué sigue, pero esa noche, en sus brazos, me sentí completa, empoderada, viva.