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Diana Bracho Pasion y Poder

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Diana Bracho Pasion y Poder

En los estudios de Televisa en San Ángel, el aire olía a café recién molido y a ese perfume caro que usaban las estrellas. Alejandro entró al set de Pasion y Poder, con el corazón latiéndole como tambor de mariachi. Era su primera telenovela grande, y ahí estaba ella: Diana Bracho, la reina indiscutible, con su melena negra cayendo como cascada sobre hombros perfectos. Vestida de gala con un escote que dejaba ver la curva de sus senos, exudaba ese poder que volvía locos a todos. Sus ojos verdes lo escanearon de arriba abajo, y Alejandro sintió un cosquilleo en la piel, como si ya lo hubiera desnudado con la mirada.

¿Qué chingados hace este pendejo mirándome así? pensó Diana, pero en lugar de ignorarlo, sonrió con esa boca carnosa que prometía pecados. Era la villana de la historia, la dueña de todo, y Alejandro interpretaba a su amante secreto, el hombre que la desafiaba en la pantalla y, quién sabe, tal vez fuera de ella. Durante el ensayo, sus cuerpos se rozaron accidentalmente. La mano de ella en su pecho, firme, cálida. Él olió su aroma: jazmín mezclado con sudor fresco, y su verga se endureció al instante bajo los pantalones ajustados.

—Más pasión, Alejandro —le dijo Diana con voz ronca, mexicana de pura cepa, como si estuviera ordenando un tequila en una cantina de Polanco—. Hazme sentir el poder que tengo sobre ti.

Él tragó saliva, el pulso acelerado. Carajo, esta mujer es fuego puro, se dijo. El director gritó corte, pero ellos se quedaron ahí, respirando agitados, el set vacío a su alrededor con focos calientes que hacían brillar el sudor en su clavícula.

Al final del día, en el camerino de Diana, todo escaló. Ella lo invitó con un gesto casual: “Pásate, pendejo, a repasar las líneas”. Alejandro entró, el cuarto olía a loción corporal y a algo más prohibido, como deseo crudo. Diana se quitó el vestido de un tirón, quedando en lencería negra que abrazaba sus curvas maduras y generosas. Sus tetas grandes, firmes, con pezones oscuros ya duros como piedras.

—Ven acá —murmuró ella, jalándolo por la camisa—. En Diana Bracho Pasion y Poder, no hay medias tintas.

Alejandro se acercó, temblando de anticipación. Sus labios se encontraron en un beso salvaje, lenguas danzando con sabor a menta y a antojo. Él la apretó contra la pared, sintiendo la suavidad de su piel contra la suya, el calor de su concha ya húmeda presionando su muslo. Diana gimió bajito, un sonido gutural que le erizó la piel.

Este cabrón sabe lo que hace, pensó Diana. Su verga dura contra mí, qué rico poder domarlo.

Las manos de él bajaron por su espalda, desabrochando el bra, liberando esos senos pesados que rebotaron libres. Los besó, mamó los pezones con hambre, saboreando el salado de su piel. Diana arqueó la espalda, clavándole las uñas en los hombros, oliendo el macho en él: sudor limpio y colonia barata que la volvía loca.

—Quítate todo, güey —ordenó ella, con esa autoridad que la hacía invencible—. Quiero verte entero.

Alejandro obedeció, su polla saltando libre, gruesa y venosa, apuntando al techo. Diana la tomó en la mano, masturbándola lento, sintiendo el pulso latiendo como corazón desbocado. Mierda, qué chingona está, pensó él, mientras ella se arrodillaba, el piso frío contra sus rodillas. Su boca lo envolvió, caliente, húmeda, chupando con maestría, la lengua girando en la cabeza sensible. Él gruñó, agarrando su pelo, el sonido de succiones llenando el camerino como música prohibida.

Pero Diana no era de las que se rinde fácil. Se levantó, empujándolo al sofá de terciopelo rojo. Se quitó el tanga, mostrando su coño depilado, labios hinchados brillando de jugos. Se sentó en su cara, montándolo como amazona.

—Lámeme, pendejo. Hazme volar.

Alejandro lamió con devoción, saboreando su miel dulce y salada, el clítoris endurecido bajo su lengua. Ella cabalgaba su boca, gimiendo fuerte, “¡Ay, sí, cabrón! ¡Así!” El olor a sexo lo embriagaba, sus bolas apretadas listas para explotar. Diana tembló, corriéndose en chorros calientes que le empaparon la cara, gritando su nombre con voz de diosa.

El poder cambió de manos. Alejandro la volteó, poniéndola a cuatro patas en el sofá, el culo redondo alzado como ofrenda. Escupió en su mano, lubricando su verga, y la penetró de un golpe lento, sintiendo las paredes calientes apretándolo. Diana jadeó, empujando hacia atrás.

—¡Métemela toda, Alejandro! ¡Dame tu poder!

Él embistió con ritmo creciente, piel contra piel sonando como palmadas en fiesta. Sudor goteaba, mezclándose, el aire cargado de gemidos y olor a follada intensa. Tocó su clítoris mientras la cogía, dedos resbalosos. Diana se retorcía, tetas balanceándose, gritando obscenidades mexicanas: “¡Qué rico te sientes, pinche semental! ¡Córrele más fuerte!”

Esta mujer me va a matar de placer, pensó él, el orgasmo subiendo como lava. Ella llegó primero otra vez, convulsionando, ordeñando su verga con espasmos. Alejandro no aguantó, sacándola y corriéndose en su espalda, chorros calientes pintando su piel como arte erótico. Colapsaron juntos, respirando entrecortado, el camerino en penumbras con el zumbido del aire acondicionado.

En el afterglow, Diana se acurrucó contra él, su cabeza en su pecho húmedo. El olor a sexo persistía, mezclado con su perfume ahora más íntimo.

—Eres bueno, pendejo —dijo ella riendo bajito—. En Pasion y Poder, esto apenas empieza.

Alejandro sonrió, acariciando su pelo. Con Diana Bracho, la pasion y poder son eternas, pensó, sabiendo que esa noche había conquistado más que un papel: había tocado el alma de una reina.

Salieron del set tomados de la mano, rumbo a su penthouse en Lomas de Chapultepec, donde la noche prometía más rondas de placer puro. El poder de Diana no era solo en la pantalla; era en su cama, en su cuerpo, en esa entrega mutua que los unía como amantes de telenovela viva.

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