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Diario de una Pasión Resumen

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Diario de una Pasión Resumen

Este diario de una pasión resumen lo escribo hoy, sentada en mi balcón con vista al skyline de Polanco, mientras el sol de la tarde me calienta la piel y un café negro humea en mi mano. Neta, carnal, ha pasado un año desde que todo empezó con Diego, ese vato que me volteó la vida como un pinche tornado. Yo, Ana, treintañera exitosa en una agencia de publicidad, siempre creí que el amor era puro cuento de telenovela. Pero él... ay, wey, él me hizo sentir viva de una forma que ni en mis sueños más locos.

Todo arrancó en una fiesta en la Roma, de esas donde la neta fluye y la música de Nortec Collective retumba en las paredes grafiteadas. Yo iba con mis morras, vestida con un vestido negro ceñido que me hacía sentir como diosa, el aroma de mi perfume Chanel mezclado con el humo de los cigarros electrónicos. De repente, lo vi: alto, moreno, con esa sonrisa pícara y ojos que prometían travesuras. Se acercó con dos chelas en la mano, "¿Pos te late una fría, güera?" dijo, y su voz grave me erizó la piel como si me hubiera pasado corriente.

Charlamos toda la noche. Hablaba de su chamba como fotógrafo freelance, de viajes a la playa en Oaxaca, de cómo odiaba la rutina. Yo le conté de mis broncas en la oficina, de cómo extrañaba esa chispa en la vida. Sus manos rozaban las mías accidentalmente, y cada toque era como fuego lento, un cosquilleo que subía por mis brazos hasta el pecho. Olía a colonia fresca con un toque de sudor masculino, ese olor que te hace mojar sin darte cuenta. Al final de la noche, me dejó su número:

Para que no se me olvide tu cara, preciosa.
Me fui a casa con el corazón latiendo a mil, tocándome en la regadera imaginando sus labios en mi cuello.

Los días siguientes fueron puro juego de mensajes. "Qué chido verte anoche, Ana. Neta me la pasé bomba contigo." Yo respondía coqueta, mandándole fotos sutiles de mis piernas en jeans ajustados. La tensión crecía como olla exprés. Finalmente, quedamos en un cafecito en Condesa, con mesas de madera y el aroma a pan recién horneado flotando en el aire. Llegó con camisa blanca desabotonada un poco, mostrando ese pecho torneado. Nos sentamos cerca, nuestras rodillas se tocaban bajo la mesa, y cada roce era eléctrico, como si mi piel gritara por más.

¿Por qué me pongo así con él? Es que Diego no es como los pendejos de Tinder. Me mira como si ya me estuviera desnudando, y yo... yo quiero que lo haga. Le conté de mi diario de una pasión resumen que empezaba a escribir en mi mente, de cómo él era el protagonista. Se rio bajito, su aliento cálido en mi oreja: "Pues déjame ser el capítulo bueno, morra." Caminamos después por el parque, el viento fresco de la tarde revolviendo mi pelo. En un banco apartado, me jaló hacia él y me besó. Dios, ese beso... labios suaves pero firmes, lengua explorando mi boca con hambre, sabor a café y menta. Mis manos en su nuca, sintiendo los músculos tensos, su corazón tronando contra mi pecho. Me mojé al instante, el calor entre mis piernas imposible de ignorar.

La cosa escaló chido. Quedamos en su depa en la Juárez, un lugar minimalista con fotos artísticas en las paredes y velas aromáticas a vainilla. Yo llegué nerviosa pero cachonda, con lencería roja debajo de mi blusa suelta. Él abrió la puerta en pants y playera, oliendo a jabón recién salido de la ducha. "Pasa, reina. Hoy cocino yo." Preparamos tacos al pastor en su cocina abierta, riéndonos mientras el vapor de la carne siseaba en la plancha, el picante del cilantro y cebolla picada llenando el aire. Nuestros cuerpos se rozaban constante: su cadera contra la mía, su mano en mi cintura guiándome. Cada contacto era promesa de lo que vendría.

Después de comer, pusimos música de Café Tacvba bajito, y bailamos pegaditos en la sala. Sus manos bajaron por mi espalda, apretando mi culo con posesión juguetona. Neta, carnal, mi cuerpo ardía. Quería que me arrancara la ropa ahí mismo. Lo besé yo primero esta vez, mordiendo su labio inferior, sintiendo su verga endurecerse contra mi vientre. "Estás cañón, Ana. No aguanto más." Me cargó como pluma hasta su cuarto, la cama king size con sábanas blancas crujiendo bajo nosotros.

Ahí empezó lo bueno. Me quitó la blusa despacio, besando cada centímetro de piel expuesta: cuello, clavículas, pechos. Sus labios chuparon mis tetas, lengua girando en los pezones duros como piedras, enviando ondas de placer directo a mi clítoris. Gemí bajito, "Sí, Diego, así... no pares, wey." Olía su pelo húmedo, sentía el roce áspero de su barba incipiente en mi piel sensible. Bajó mis jeans, lamiendo mi ombligo, luego mi monte de Venus a través de las panties. El aroma de mi excitación lo volvió loco; lo vi inhalar profundo, ojos oscuros de puro deseo.

Me abrió las piernas, besando el interior de mis muslos, mordisqueando suave hasta llegar a mi centro. Su lengua en mi coño fue éxtasis puro: lamió despacio al principio, saboreando mis jugos, luego rápido, chupando mi clítoris hinchado. Yo arqueaba la espalda, uñas clavadas en sus hombros, jadeando "¡Qué rico, pendejo! Me vas a hacer venir ya." El sonido húmedo de su boca en mí, mis gemidos mezclados con su respiración agitada, el sudor perlando nuestras pieles... todo era sinfonía erótica. Me corrí fuerte, temblando, gritando su nombre mientras olas de placer me invadían.

Pero no paró. Se quitó la ropa, su verga gruesa y venosa saltando libre, palpitando por mí. La tomé en mi mano, piel suave sobre acero duro, sintiendo las venas pulsar. La lamí desde la base hasta la punta, saboreando su pre-semen salado, mirándolo a los ojos mientras lo chupaba profundo. Le encanta verme así, sumisa pero mandona. Qué chido poderle dar tanto placer. Él gruñía, "Ana, eres una diosa... agárrate."

Me puso a cuatro patas, su cuerpo cubriendo el mío como manta caliente. Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándome delicioso. "Estás tan apretadita, morra... qué pinche paraíso." Empezó a moverse, lento al inicio, cada embestida rozando mi punto G, el slap-slap de piel contra piel resonando. Agarraba mis caderas, yo empujaba hacia atrás, queriendo más. El olor a sexo impregnaba el cuarto: sudor, fluidos, esencia nuestra. Aceleró, follando duro, una mano en mi clítoris frotando círculos, la otra pellizcando mis pezones. Sudábamos juntos, cuerpos resbalosos uniéndose en frenesí.

Me volteó boca arriba, piernas en sus hombros, penetrándome profundo. Nuestros ojos conectados, besos salvajes mientras él me taladraba. Esto es pasión pura, wey. Mi alma se funde con la suya. Sentí el orgasmo construyéndose otra vez, mis paredes apretándolo. "Vente conmigo, Diego... lléname." Él rugió, embistiendo final, su leche caliente inundándome mientras yo explotaba en éxtasis, visión borrosa, cuerpo convulsionando. Colapsamos juntos, risas ahogadas, besos suaves en la afterglow.

Ahora, meses después, releo mi diario de una pasión resumen y sonrío. Diego y yo seguimos juntos, explorando más posiciones, más lugares: playas en Puerto Vallarta, rooftops en la CDMX. Esa noche fue el inicio de un amor carnal y profundo. Neta, carnal, si lees esto, ven y hagámoslo otra vez. Porque esta pasión no tiene fin.

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