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Pasión Automotriz SA de CV en Llamas

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Pasión Automotriz SA de CV en Llamas

En el corazón de la bulliciosa avenida Insurgentes, donde el tráfico de la Ciudad de México retumba como un motor a toda máquina, se erige Pasión Automotriz SA de CV, el concesionario de autos deportivos que hace latir más rápido el pulso de cualquier chavo o morra con gusto por la velocidad. Ese viernes por la tarde, el sol se colaba por las ventanas polarizadas, bañando los fierros relucientes con un brillo que invitaba a tocarlos, a sentir su poder palpitante bajo las yemas de los dedos.

Ana, la vendedora estrella de veintiocho años, ajustaba su falda lápiz negra que se ceñía a sus curvas como una carrocería aerodinámica. Su blusa blanca, con un escote sutil pero provocador, dejaba entrever el encaje de su brasier. Olía a vainilla y a ese perfume fresco que volvía locos a los clientes. Qué chido día para cerrar una venta grande, pensó mientras revisaba el catálogo de un Mustang GT nuevo, negro mate, con asientos de piel roja que gritaban pecado.

De repente, la puerta de vidrio se abrió con un zumbido eléctrico y entró él: Marco, un tipo de treinta y dos, alto, con barba de tres días y una camiseta ajustada que marcaba sus pectorales. Sus ojos cafés escanearon el salón como un radar, deteniéndose en Ana. Llevaba jeans desgastados y botas de piel, oliendo a colonia amaderada mezclada con el aroma metálico de un taller. Venía por un cambio de su viejo Camaro, pero algo en su mirada decía que buscaba más que fierros.

Buenas tardes, carnal —dijo Ana con esa sonrisa coqueta que le salía natural, acercándose con un contoneo que hacía crujir levemente sus tacones contra el piso de mármol pulido—. ¿En qué te puedo ayudar en Pasión Automotriz SA de CV? ¿Buscas algo que te acelere el corazón?

Marco se acercó, su voz grave como el ronroneo de un V8. —Sí, güey, algo potente. Como tú, por ejemplo. Ese Mustang de allá me está llamando, pero quiero probarlo primero.

Ana sintió un cosquilleo en el estómago, el calor subiendo por sus muslos.

Este wey no viene de pedo, va en serio. Me mira como si quisiera devorarme aquí mismo
, pensó, mientras lo guiaba al auto. Sus dedos rozaron accidentalmente al abrir la puerta del piloto, un toque eléctrico que hizo que su piel se erizara. El interior olía a cuero nuevo, cálido y embriagador, con ese toque de fábrica que prometía aventuras.

Subieron al Mustang para un test drive. Ana se sentó de copiloto, cruzando las piernas de forma que su falda se subiera un poquito, revelando la piel suave de sus rodillas. Marco encendió el motor, y el rugido gutural vibró a través de sus cuerpos, haciendo que sus pechos rebotaran levemente con la potencia. Salieron a la avenida, el viento silbando por las ventanillas entreabiertas, trayendo el olor a asfalto caliente y escape.

Órale, qué máquina —murmuró Ana, su mano descansando en la palanca de cambios, cerca de la de él—. Se siente como si estuviera vivo, ¿no? Latente, listo para explotar.

Marco giró la cabeza, sus ojos clavados en los labios carnosos de ella. —Igual que tú, nena. Me estás volviendo loco con esa vibra.

El deseo inicial era como una chispa en el distribuidor: sutil, pero lista para encender todo. Aparcaron en un lote privado detrás del concesionario, donde los autos de exhibición esperaban bajo las luces LED. El sol se ponía, tiñendo el cielo de naranja fuego, y el aire se llenaba del zumbido de la ciudad lejana.

De vuelta en el salón, ya casi vacío porque los demás vendedores se habían largado, la tensión escaló. Marco se acercó más de lo necesario al firmar los papeles, su aliento cálido rozando el cuello de Ana. Ella olió su sudor limpio, mezclado con la adrenalina del drive. No aguanto más, este pendejo me prende como gasolina premium, se dijo, mientras sus dedos jugaban con el borde de su blusa.

—Ven, déjame mostrarte el taller —susurró Ana, tomándolo de la mano. Bajaron unas escaleras a la zona de servicio, iluminada por focos halógenos que proyectaban sombras alargadas. Allí, entre herramientas relucientes y el olor a aceite lubricante y metal caliente, lo empujó contra una mesa de trabajo. Sus labios se encontraron en un beso hambriento, lenguas danzando como pistones en sincronía perfecta.

Las manos de Marco exploraron su cuerpo con urgencia consentida, deslizándose bajo la falda, sintiendo la humedad que ya empapaba sus bragas de encaje. Ana gimió contra su boca, el sonido ahogado por el eco del taller. Sí, cabrón, tócame así, pensó, mientras desabrochaba su cinturón, liberando su verga dura, palpitante, con venas marcadas como cables de alto voltaje. La piel era suave, caliente, y olía a hombre puro.

Él la levantó sobre la mesa, el metal frío contrastando con el fuego de sus nalgas. Le quitó la blusa de un tirón, exponiendo sus tetas firmes, pezones erectos como focos en la noche. Los chupó con avidez, saboreando el salado de su piel, mientras ella arqueaba la espalda, gimiendo ¡Ay, wey, no pares!. El taller se llenó de jadeos, del slap-slap de carne contra carne cuando ella lo montó, sus caderas girando como ruedas en una curva cerrada.

La intensidad creció con cada embestida. Ana clavó las uñas en su espalda, sintiendo los músculos contraerse bajo su tacto. El sudor les perlaba la piel, goteando como rocío en un capó caliente. Olía a sexo crudo, a lubricante natural mezclándose con el aroma industrial. Marco la volteó, penetrándola por detrás, sus manos amasando sus nalgas mientras ella se mordía el labio para no gritar demasiado.

Es como un turbo, me acelera hasta el fondo
, reflexionó en medio del éxtasis, el placer construyéndose en oleadas, tensando cada nervio.

Pequeños momentos de pausa: un beso lento, miradas cargadas de complicidad, confesiones susurradas. —Eres la mejor prueba de manejo que he tenido, dijo él, riendo bajito. Ella respondió con un apretón interno que lo hizo gruñir, resolviendo la tensión con más fricción deliciosa.

El clímax llegó como una explosión de motor: Ana se convulsionó primero, su coño contrayéndose en espasmos que ordeñaban su verga, un grito ahogado escapando de su garganta mientras ondas de placer la recorrían desde el clítoris hasta la nuca. Marco la siguió segundos después, vaciándose dentro de ella con un rugido animal, el semen caliente llenándola, goteando por sus muslos. Sus cuerpos temblaron juntos, pegajosos, exhaustos.

Se derrumbaron en el piso del taller, sobre una lona limpia, respirando agitados. El afterglow era dulce: caricias perezosas, el olor a sexo persistiendo en el aire como un escape dulce. Ana apoyó la cabeza en su pecho, escuchando el latido acelerado que se calmaba poco a poco. Esto no fue solo un polvo, fue como encontrar el fierro perfecto, pensó, mientras el taller volvía a su silencio, roto solo por sus suspiros.

Marco la besó en la frente. —Me llevo el Mustang, y a ti, si me dejas. Ella sonrió, sabiendo que Pasión Automotriz SA de CV acababa de sellar no solo una venta, sino una conexión que rugiría por mucho tiempo. La noche los envolvió, prometiendo más vueltas en esta pista infinita de deseo.

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