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Pasion Por El Deporte Desatada

6834 palabras

Pasion Por El Deporte Desatada

El sol de la tarde caía a plomo sobre la cancha de fut en el parque de Coyoacán, pero eso no me detenía. Mi pasión por el deporte era como un fuego que me consumía por dentro, especialmente el fut, ese juego que me hacía sentir viva, con el corazón latiendo a mil y el sudor chorreando por la piel. Me llamaba Ana, tenía veintiocho pirulos y cada fin de semana me ponía mis shorts ajustados y mi playera sin mangas para sudar la gota gorda con los compas. Ese día, mientras driblaba la bola con furia, vi a un wey alto, moreno, con músculos que se marcaban bajo su camiseta empapada. Se llamaba Diego, lo supe después, y jugaba como demonio, con una intensidad que me puso la piel chinita.

—Órale, carnala, ¿vienes a romperla o nomás a ver? —me gritó con una sonrisa pícara, mientras robaba la bola y me dejaba atrás.

Me reí, sintiendo un cosquilleo en el estómago. Este pendejo sabe mover el cuerpo, pensé, mientras corría tras él. Nuestros cuerpos se rozaron en una jugada, su brazo fuerte contra mi cintura, y olí su aroma: sudor mezclado con colonia barata y algo más, puro macho. El juego siguió, y cada choque era como una chispa. Al final, mi equipo perdió, pero no me importó. Diego se acercó, jadeando, con el pecho subiendo y bajando.

—Neta, tienes pasión por el deporte, Ana. Se nota en cada movimiento. ¿Quieres una chela después para rehidratar?

Asentí, con el pulso acelerado no solo por el partido. Fuimos a un puesto cercano, sentados en una banca bajo los árboles, bebiendo frías mientras el sol se ponía. Hablamos de todo: de la Selección, de Chicharito, de cómo el fut nos unía desde chavos. Sus ojos cafés me devoraban, y yo sentía mi piel ardiendo, no por el calor, sino por esa tensión que crecía entre nosotros.

¿Y si este wey me lleva a otro nivel? Mi pasión por el deporte siempre me ha hecho sentir sexy, pero con él... ay, wey, quiero más.

Al día siguiente, quedamos en el gym de la colonia. Yo llegué con mi legging negro que me abrazaba las nalgas y una blusa crop que dejaba ver mi abdomen marcado. Diego ya estaba en las pesas, levantando fierros con gruñidos que me erizaban los vellos. Me uní a él, y empezamos a entrenar juntos. Él me spotteaba en las sentadillas, sus manos grandes en mi cintura, guiándome hacia abajo y arriba. Cada vez que bajaba, sentía su aliento caliente en mi nuca, su cuerpo pegado al mío por detrás.

—Bájale más, Ana, siente el fuego en las piernas —me susurraba, y su voz ronca me hacía temblar.

El sudor nos empapaba, goteando por mi escote, y el aire del gym olía a goma de las colchonetas, metal caliente y nuestro deseo creciente. En los abdominales, me ayudó a crunch, su mano en mi vientre plano, presionando suave. Nuestras miradas se cruzaron, y vi el bulto en su short. Neta, este cuate está listo para mí. Terminamos la rutina exhaustos, pero la adrenalina no era solo del ejercicio.

—Ven a mi depa, está cerca. Te doy un masaje para relajar esos músculos —me dijo, con los ojos brillando.

No lo pensé dos veces. Su departamentito en Narvarte era chido, con posters de la Tri y equipo de fut por todos lados. Me ofreció una toalla y agua de coco fría. Nos duchamos por separado, pero cuando salí con su bata puesta, él ya estaba en boxers, secándose el pelo. Su torso era una obra de arte: pectorales firmes, abdomen de tableta, vello oscuro bajando hasta...

Pasión por el deporte como la tuya merece un premio —murmuró, acercándose.

Su mano rozó mi hombro, y el contacto fue eléctrico. Lo jalé hacia mí, nuestros labios chocaron en un beso hambriento. Sabía a menta y sal del sudor, su lengua invadiendo mi boca con urgencia. Sus manos bajaron por mi espalda, apretando mis nalgas bajo la bata. Gemí contra su boca, sintiendo mi concha humedecerse al instante. Lo empujé al sofá, montándome a horcajadas sobre él. Su verga dura presionaba contra mí a través de la tela delgada.

—Eres una chingona en la cancha y aquí también, ¿verdad? —jadeó, mientras desataba la bata y lamía mi cuello.

Su lengua dejó un rastro húmedo, bajando a mis tetas. Chupó un pezón, duro como piedra, mordisqueando suave hasta que arqueé la espalda, gimiendo alto. Olía su piel, ese olor masculino que me volvía loca, y lo masturbé por encima del bóxer, sintiendo su grosor palpitar. Se lo quité de un jalón, y su verga saltó libre, venosa y lista. La tomé en mi mano, suave pero firme, y la lamí desde la base hasta la punta, saboreando el precum salado.

Esto es lo que necesitaba, su pasión por el deporte en mi boca, en mi cuerpo.

Diego gruñó, enredando sus dedos en mi pelo. Me chupó con ganas, su boca experta haciendo que mis caderas se movieran solas. Luego me levantó como si nada, llevándome a la cama. Me puso boca abajo, masajeando mis glúteos con aceite que sacó de quién sabe dónde. Sus dedos se colaron entre mis piernas, rozando mi clítoris hinchado. Entró un dedo, luego dos, curvándolos justo ahí, el punto que me hacía ver estrellas. Jadeaba, el cuarto lleno de nuestros gemidos y el slap slap de sus dedos dentro de mí.

—Estás chorreando, Ana. Te encanta esto tanto como el fut —dijo, con voz entrecortada.

Me volteó, abriéndome las piernas. Su verga rozó mi entrada, y empujó despacio, llenándome centímetro a centímetro. Sentí cada vena, cada pulso, estirándome delicioso. Empezó a bombear, lento al principio, mirándome a los ojos. Nuestros cuerpos sudados se pegaban, piel contra piel, el sonido de carne chocando llenando el aire. Aceleró, sus bolas golpeando mi culo, y yo clavaba las uñas en su espalda, gritando su nombre.

—Más fuerte, wey, rómpeme como en la cancha —le rogué, y él obedeció, follando con furia animal.

El clímax me golpeó como un penalazo: olas de placer desde mi concha hasta la punta de los dedos, convulsionando alrededor de su verga. Él se corrió segundos después, gruñendo, llenándome con chorros calientes que sentí chorrear. Colapsamos, jadeando, sus brazos alrededor de mí, besos suaves en mi frente.

Después, acostados enredados en las sábanas revueltas, con el olor a sexo impregnando todo, hablamos bajito. Su mano acariciaba mi cadera, trazando las curvas que el deporte había esculpido.

—Esto fue chido, Ana. Tu pasión por el deporte me prendió como nunca.

Sonreí, sintiendo un calorcito en el pecho. No era solo sexo; era conexión, dos cuerpos forjados en el mismo fuego. Salimos a la terraza, con cervezas en mano, viendo las luces de la ciudad. Sabía que esto no acababa aquí; vendrían más partidos, más entrenos, más noches como esta. Mi pasión por el deporte acababa de ganar un nuevo trofeo.

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