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Abismo de Pasion Capitulo Final

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Abismo de Pasion Capitulo Final

En la penumbra cálida de la hacienda en las afueras de Guadalajara, Ana sentía el aire cargado de jazmín y tierra mojada después de la lluvia vespertina. El sol se había escondido tras las sierras, dejando un cielo morado que se colaba por las ventanas abiertas. Ella, con su vestido ligero de algodón pegado a la piel por el bochorno, caminaba descalza sobre el piso de barro cocido, el tacto fresco contrastando con el calor que le subía desde el pecho. Javier la esperaba en el patio central, recargado contra la fuente de piedra, con esa sonrisa pícara que siempre la desarmaba.

Este es nuestro abismo de pasión, capítulo final, pensó Ana, recordando las noches robadas, los besos urgentes en moteles de carretera y las promesas susurradas bajo las estrellas de Taxco. Habían sido amantes durante años, pero esta noche lo cambiaría todo. Mañana él se iría a España por trabajo, y ella se quedaría aquí, con el corazón hecho trizas pero el alma llena. No había drama ni lágrimas; solo el deseo puro, ese que quema como tequila reposado.

—Órale, nena, ¿ya vienes a darme lo último? —dijo Javier con voz ronca, extendiendo la mano. Su camisa blanca desabotonada dejaba ver el pecho moreno, marcado por el sol de las playas de Puerto Vallarta. Ana se acercó, el aroma de su colonia mezclándose con el sudor fresco que lo hacía tan hombre. Sus dedos se entrelazaron, y el pulso de él latió contra su palma como un tambor chamánico.

Se besaron despacio al principio, labios rozándose como alas de mariposa, el sabor salado de su boca recordándole las veces que habían lamido el sudor uno del otro en la playa. Ana gimió bajito cuando la lengua de Javier exploró la suya, profunda y posesiva. Sus manos bajaron por la espalda de ella, apretando las nalgas con fuerza juguetona.

—Eres una chula, Ana. Neta, no sé cómo voy a aguantar sin ti —murmuró contra su cuello, inhalando el perfume de su piel, esa mezcla de vainilla y deseo que lo volvía loco.

La llevó adentro, a la recámara principal con su cama king size cubierta de sábanas de hilo egipcio traídas de la boda de su hermana en Monterrey. La luz de las velas de cera de abeja parpadeaba, proyectando sombras danzantes en las paredes de adobe. Ana se quitó el vestido con un movimiento fluido, quedando en bragas de encaje negro que Javier le había regalado en su último viaje a la CDMX. Él se desvistió rápido, su verga ya dura saltando libre, gruesa y venosa, apuntando hacia ella como una promesa.

Se tumbaron en la cama, el colchón hundiéndose bajo su peso combinado. Javier besó su clavícula, bajando por los senos llenos, lamiendo los pezones oscuros hasta que se endurecieron como chiles piquines. Ana arqueó la espalda, el roce de su barba incipiente erizando su piel, enviando chispas directas a su clítoris hinchado.

¡Qué rico, cabrón! Dale más, no pares
, pensó, mordiéndose el labio para no gritar todavía.

Las manos de él recorrieron sus muslos, abriéndolos con gentileza pero firmeza. Olía a su excitación, ese almizcle dulce que inundaba la habitación como incienso maya. Javier se hincó entre sus piernas, besando el interior de los muslos, mordisqueando la carne suave hasta llegar a las bragas. Las deslizó hacia abajo con los dientes, exponiendo su coño depilado, ya mojado y reluciente.

—Mírate, tan chingona y sabrosa —gruñó, pasando la lengua plana por los labios mayores. Ana jadeó, el calor de su boca contrastando con el aire fresco. Él chupó su clítoris despacio, círculos lentos que la hicieron retorcerse, las uñas clavándose en las sábanas. El sonido húmedo de su succión llenaba el silencio, mezclado con sus gemidos ahogados. Introdujo un dedo, luego dos, curvándolos para tocar ese punto que la hacía ver estrellas, el jugo de ella cubriendo su mano.

Ana lo jaló del pelo, obligándolo a subir. Quería sentirlo dentro, llenarla hasta el fondo. Javier se posicionó, la punta de su verga rozando la entrada, untándose en sus fluidos. Entró de un solo empujón suave, ambos gimiendo al unísono. Es tan grueso, tan perfecto, como si estuviera hecho para mí, pensó ella mientras él empezaba a moverse, lento al principio, saliendo casi todo para volver a hundirse.

El ritmo aumentó, la cama crujiendo como un mariachi en fiesta. Sudor perlando sus cuerpos, pegajoso y salado, goteando entre sus pechos. Javier la besaba con furia, lenguas enredadas, mordiéndose los labios. Ana clavó las uñas en su espalda, dejando surcos rojos que él adoraba. ¡Más rápido, wey! Fóllame como si no hubiera mañana, le rogó en voz alta, y él obedeció, embistiéndola con fuerza, las bolas golpeando su culo en un slap slap rítmico.

Pero no era solo físico; en su mente, Ana revivía sus recuerdos. La primera vez en el auto rentado en Oaxaca, con el olor a mezcal y el sonido de los grillos. Las escapadas a Mazatlán, donde el mar rugía mientras él la penetraba por detrás en la arena. Este abismo de pasión capítulo final era el pico, el clímax de su historia. Lágrimas de emoción se mezclaron con el placer, pero ella las besó en su mejilla.

Cambiaron posiciones; Ana se puso encima, cabalgándolo como una amazona jalisciense. Sus caderas girando, frotando el clítoris contra su pubis, el vello áspero estimulándola más. Javier amasaba sus tetas, pellizcando los pezones, el dolor dulce elevando el éxtasis. El olor de sus sexos unidos era embriagador, primitivo, como el humo de un temazcal.

—Me vengo, nena... ¡conjunto! —jadeó él, las venas de su cuello hinchadas. Ana aceleró, sintiendo el orgasmo crecer desde el estómago, una ola imparable. Gritó primero, el coño contrayéndose alrededor de su verga, ordeñándolo. Javier se corrió segundos después, chorros calientes llenándola, el exceso saliendo por los lados, pegajoso en sus muslos.

Se derrumbaron exhaustos, cuerpos entrelazados, respiraciones entrecortadas sincronizándose poco a poco. El aire olía a sexo crudo, semen y sudor, con un fondo de jazmín persistente. Javier la abrazó por la cintura, besando su frente húmeda.

—Gracias por esto, mi reina. Fue el mejor cierre —susurró.

Ana sonrió, trazando círculos en su pecho con la yema del dedo.

No es un final triste, es el abismo de pasión capítulo final que merecíamos. Mañana empieza lo nuevo, pero esto... esto queda grabado en el alma
.

Se quedaron así hasta que el sueño los venció, envueltos en la quietud de la hacienda, con el eco de sus gemidos desvaneciéndose en la noche tapatía. Al amanecer, se despedirían con un beso casto, pero el fuego de esa noche ardería eterno en sus memorias.

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