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La Letra del Abismo de Pasión

7300 palabras

La Letra del Abismo de Pasión

En la penumbra de esa cantina en el corazón de la Condesa, el aire olía a mezcal ahumado y a sudor fresco de cuerpos que se movían al ritmo de la banda norteña. Yo, Ana, estaba sentada en la barra, con mi chela helada en la mano, sintiendo el vidrio empañado contra mi piel caliente. La noche había empezado como cualquier otra: salí con las morras a desquitarnos del pinche trabajo, pero algo en el ambiente me tenía inquieta. Neta, ¿por qué carajos mi cuerpo ardía así? pensé, mientras el mariachi rasgaba las cuerdas de su guitarra.

Entonces sonó esa rola. "Abismo de Pasión", una letra que me erizaba la piel cada vez que la oía. Abismo de pasión letra que hablaba de un amor que te tragaba entero, de miradas que queman y toques que te dejan temblando. La voz del cantante ronca se colaba en mis oídos como un susurro prohibido: "En el abismo de pasión me pierdo, letra tatuada en mi alma ardiente". Mi pulso se aceleró, y sentí un cosquilleo entre las piernas, como si esas palabras me estuvieran llamando a mí directamente.

Ahí lo vi. Alto, moreno, con esa sonrisa pícara que gritaba wey, esta noche la armamos. Se acercó con una cerveza en la mano, ojos cafés profundos como pozos sin fondo. "Órale, güeyita, ¿te late esa rola? A mí me vuela la cabeza", dijo con ese acento chilango puro que me encanta. Me llamó Marco, y en dos minutos ya estábamos platicando de la letra, de cómo esas palabras te meten en un rollo que no te suelta. Su aliento olía a tequila y menta, y cuando su brazo rozó el mío accidentalmente, una corriente eléctrica me recorrió la espina dorsal.

¿Y si este pendejo es el que me lleva al abismo?
me dije, mordiéndome el labio.

La tensión creció con cada verso que cantábamos bajito, nuestras voces mezclándose en el ruido de la cantina. Sus dedos jugaban con el borde de mi vaso, y yo no podía dejar de mirar cómo su camisa se pegaba a su pecho musculoso por el calor. "Ven, vamos a otro lado, neta quiero oírte cantar esa letra completa", me soltó al oído, su aliento caliente en mi cuello. Asentí, el corazón latiéndome como tamborazo. Salimos a la calle, el viento nocturno fresco besando mi piel sudada, y subimos a su troca parkada cerca. El motor rugió, y en minutos estábamos en su depa en Polanco, un lugar chido con vistas a la ciudad que brillaba como diamantes.

Acto dos, el fuego se prendió de veras. Marco puso la rola en su bocina, volumen bajo, y nos sentamos en el sillón de piel suave que crujía bajo nuestro peso. "Cántamela, Ana, déjame verte perderte en el abismo de pasión letra a letra", murmuró, su mano grande posándose en mi muslo desnudo bajo la falda corta. Mi piel se erizó al instante, el calor de su palma filtrándose como lava. Empecé a cantar, voz temblorosa: "Abismo de pasión, donde mi cuerpo se rinde, letra que quema mi piel". Sus ojos se clavaron en los míos, y sentí su mirada como una caricia íntima.

Se acercó más, su rodilla presionando contra la mía, y el olor de su colonia mezclada con su esencia masculina me mareó. Chingao, este wey me tiene mojadita ya, pensé mientras su dedo trazaba un camino lento por mi brazo, dejando rastros de fuego. "Eres preciosa cuando te apasionas así", dijo, y me besó. Sus labios eran firmes, sabían a sal y deseo, lengua explorando mi boca con hambre contenida. Gemí contra él, mis manos enredándose en su pelo negro revuelto. El beso se profundizó, lenguas danzando como en esa letra prohibida, y sus manos subieron por mis caderas, apretando mi culo con fuerza juguetona.

Me levantó en brazos como si no pesara nada, riendo bajito. "Al abismo, güerita". Me llevó a la cama king size, sábanas de algodón egipcio frescas contra mi espalda cuando me recostó. Se quitó la camisa, revelando un torso tatuado con frases poéticas, músculos que se contraían al ritmo de su respiración agitada. Yo me desabroché la blusa despacio, dejándolo ver mis tetas llenas, pezones duros como piedras por el aire acondicionado y la excitación. "Neta, eres un sueño", gruñó, bajando a lamer mi cuello, mordisqueando suave hasta que jadeé.

La escalada fue brutal. Sus manos expertas masajearon mis pechos, pulgares girando sobre los pezones, enviando chispas directo a mi clítoris palpitante. Bajó besos por mi vientre, lengua dejando rastros húmedos que olían a mi arousal mezclado con su saliva. "Sabes a miel caliente", murmuró antes de separar mis piernas. Su aliento en mi coño me hizo arquear la espalda, y cuando su lengua tocó mi clítoris, grité. Lamió despacio, círculos perfectos, chupando mis labios hinchados, dedos hundiéndose en mi humedad resbalosa. Yo me retorcía, uñas clavadas en su espalda, oliendo el sudor salado de su piel, oyendo mis propios gemidos roncos mezclados con su respiración jadeante.

"Marco, por favor, métemela ya", supliqué, voz quebrada. Se incorporó, quitándose el pantalón, su verga gruesa y venosa saltando libre, goteando precum que brillaba bajo la luz tenue. La tomé en mi mano, piel aterciopelada sobre acero duro, latiendo contra mi palma. La masturbé lento, saboreando su gemido gutural, luego la acerqué a mi entrada. "Sí, Ana, fóllame como en esa letra del abismo de pasión", dijo, empujando adentro de un tirón suave pero firme.

Me llenó por completo, estirándome deliciosamente, paredes internas apretándolo como guante. Empezó a moverse, embestidas profundas que chocaban contra mi cervix, sacudiendo la cama. El slap-slap de piel contra piel llenaba la habitación, junto con nuestros alaridos. "¡Más duro, pendejo, llévame al fondo!", grité, piernas enredadas en su cintura, talones clavándose en su culo firme. Sudor goteaba de su frente a mis tetas, salado en mi lengua cuando lo lamí. El olor a sexo crudo nos envolvía, almizcle y fluidos mezclados.

La intensidad subió, su mano entre nosotros frotando mi clítoris hinchado mientras me taladraba. Sentí el orgasmo construyéndose, una ola gigante en mi vientre. "Me vengo, chingado...", jadeé, y exploté. Mi coño se contrajo en espasmos violentos alrededor de su verga, jugos chorreando por mis muslos. Él gruñó, embistiendo salvaje unas veces más antes de correrse dentro, chorros calientes inundándome, su cuerpo temblando sobre el mío.

Acto final, el paraíso post-sexo. Nos quedamos pegados, pieles sudadas fusionadas, respiraciones calmándose en sincronía. Su peso sobre mí era reconfortante, verga ablandándose aún dentro. "Eso fue el abismo de pasión letra viva, wey", susurré, riendo suave mientras besaba su hombro salado. Se rodó a un lado, atrayéndome a su pecho, corazón latiendo fuerte contra mi oreja. La ciudad zumbaba afuera, pero aquí dentro solo existíamos nosotros, envueltos en sábanas revueltas que olían a nosotros.

Al amanecer, con el sol filtrándose por las cortinas, lo miré dormir.

Esta letra del abismo de pasión no fue solo palabras; fue mi realidad ardiente
, pensé, trazando sus labios con un dedo. No sabía si sería para siempre, pero esa noche nos había marcado a fuego. Me acurruqué más, lista para otra ronda cuando despertara. Neta, la vida en México sabe a esto: pasión sin frenos, abismo que te abraza y no te suelta.

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