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Cañaveral de Pasiones Capítulo 84 Fuego Bajo la Luna

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Cañaveral de Pasiones Capítulo 84 Fuego Bajo la Luna

El viento susurraba entre las cañas altas del cañaveral como un secreto que solo nosotros conocíamos. Yo, Julia, caminaba con el corazón latiéndome a mil por hora, el vestido ligero pegándose a mi piel por el calor húmedo de la noche veracruzana. El olor a tierra mojada y caña madura me envolvía, mezclado con el aroma dulce de las flores silvestres que crecían al borde del campo. Habían pasado semanas desde nuestra última vez, y cada día sin él era como un cañaveral de pasiones ardiendo en mi pecho, esperando el capítulo 84 de nuestra historia prohibida.

Marco me esperaba en el claro que solo nosotros conocíamos, recostado contra un tronco viejo, su camisa blanca desabotonada dejando ver el brillo de su pecho moreno bajo la luna llena.

"Ven, mi reina",
murmuró con esa voz ronca que me derretía las rodillas. Sus ojos negros me devoraban mientras me acercaba, y sentí un cosquilleo en la piel, como si el aire mismo estuviera cargado de electricidad. Neta, este pendejo me tiene loca, pensé, mordiéndome el labio para no correr hacia él.

Nos abrazamos con fuerza, sus manos grandes recorriendo mi espalda, bajando hasta mis caderas. Su boca encontró la mía en un beso hambriento, saboreando a tequila y a deseo puro. ¡Órale, qué rico sabe! El roce de su barba incipiente contra mi mejilla era áspero, delicioso, y su lengua exploraba la mía con urgencia contenida. El sonido de las cañas meciéndose era nuestra banda sonora, un shhh constante que ahogaba nuestros jadeos iniciales.

—Te extrañé tanto, Julia —dijo él, separándose apenas para mirarme, sus dedos enredándose en mi cabello suelto—. Cada noche sueño con tu cuerpo, con cómo te arqueas debajo de mí.

Yo solo pude asentir, el pulso acelerado en mi cuello latiendo contra su palma. Lo jalé hacia mí, sintiendo su dureza presionando contra mi vientre. Este carnal sabe cómo encenderme. Caminamos unos pasos más adentro del cañaveral, donde las cañas nos ocultaban como un velo verde. Nos tendimos sobre una manta que él había traído, el suelo suave y cálido bajo nosotros, perfumado por la savia fresca.

Acto primero de nuestra noche: las caricias lentas, exploratorias. Sus labios bajaron por mi cuello, mordisqueando la piel sensible, dejando un rastro de humedad que el viento secaba al instante, erizándome la piel. Yo desabroché su camisa del todo, mis uñas rozando sus pezones duros, oyendo su gruñido bajo, animal. Qué chido sentirlo temblar por mí. El olor de su sudor mezclado con el mío era embriagador, como un perfume salvaje. Le quité el pantalón con impaciencia, liberando su miembro erecto que palpitaba en mi mano, caliente y suave como terciopelo sobre acero.

Él no se quedó atrás. Subió mi vestido hasta la cintura, sus dedos trazando círculos en mis muslos internos, cada vez más cerca de mi centro húmedo.

"Estás chorreando por mí, ¿verdad, preciosa?"
susurró, y yo gemí un sí entre dientes, arqueándome para que me tocara. Cuando sus dedos finalmente rozaron mis labios hinchados, un relámpago de placer me recorrió, el sonido húmedo de su roce amplificado por la quietud de la noche.

Pero no queríamos apresurarnos. Esta era nuestra tensión, el cañaveral de pasiones capítulo 84, donde cada roce construía el fuego. Nos besamos de nuevo, rodando sobre la manta, yo encima ahora, frotándome contra él lentamente. Sentía su calor filtrándose a través de mi ropa interior empapada, el roce delicioso que me hacía jadear. ¡Ay, Dios, qué ganas de montarlo ya! Pero me contuve, saboreando el conflicto interno: el miedo a que alguien nos descubriera, la familia cerca en la hacienda, versus el deseo que me consumía.

Marco me volteó con gentileza, colocándome de rodillas sobre la manta. Sus manos amasaron mis nalgas, separándolas ligeramente, y su lengua... ay, su lengua lamió desde atrás, saboreándome con devoción. El sabor salado de mi excitación lo volvía loco, lo oía gemir contra mi piel. Yo enterré la cara en la manta, oliendo la tierra y su esencia, mis caderas moviéndose solas al ritmo de su boca. Chupa más fuerte, pendejo, pensé, pero solo escapó un ¡Sí, así! ahogado.

La intensidad subía. Él se incorporó, frotando su punta contra mi entrada, lubricándonos mutuamente.

"Dime que lo quieres, Julia. Dime que soy tuyo."
Su voz era un ronroneo, y yo, perdida en el vértigo, respondí:

—Eres mío, Marco. Métemela ya, no aguanto.

Entró en mí de un solo empujón suave, llenándome por completo. El estiramiento delicioso, el golpe contra mi fondo, me arrancó un grito que las cañas acallaron. Empezamos a movernos, lento al principio, sintiendo cada vena, cada pulso. El sonido de piel contra piel era rítmico, como tambores en una fiesta ranchera lejana. Sudábamos, nuestros cuerpos resbaladizos uniéndose y separándose, el olor a sexo crudo impregnando el aire.

Acto segundo: la escalada emocional. Mientras él embestía más profundo, yo recordaba nuestras primeras veces, robadas en la sombra del ingenio azucarero. ¿Por qué nos negamos tanto tiempo? Somos adultos, neta, merecemos esto. Sus manos subieron a mis pechos, pellizcando los pezones con la presión justa, enviando chispas directamente a mi clítoris. Yo me volteé, quedando a horcajadas, cabalgándolo con furia contenida. Lo veía debajo de mí, los músculos de su abdomen contrayéndose, sus ojos clavados en mis tetas rebotando.

"¡Qué güey tan afortunado soy!"
jadeó él, y yo reí entre gemidos, inclinándome para besarlo, probando mi propio sabor en sus labios.

La tensión psicológica crecía: ¿y si mi hermano nos encuentra? ¿Y si el capataz pasa por aquí? Pero eso solo avivaba el fuego. Cambiamos posiciones otra vez, él de pie conmigo apoyada en un caña gruesa, penetrándome por detrás. Sus embestidas eran más salvajes ahora, el slap-slap resonando, mis paredes apretándolo como un puño. Siento su verga hincharse, está cerca. Yo me tocaba el clítoris, círculos rápidos, el placer acumulándose como una tormenta en el horizonte.

—No pares, Marco... ¡me vengo! —grité bajito, el orgasmo explotando en oleadas, mis piernas temblando, el líquido caliente goteando por mis muslos. Él gruñó, hundiéndose hasta el fondo, y sentí su liberación, chorros calientes llenándome, su cuerpo convulsionando contra el mío.

Acto tercero: el afterglow. Nos desplomamos exhaustos sobre la manta, jadeando, envueltos en el aroma de nuestros jugos mezclados con la caña. Su brazo alrededor de mi cintura, mi cabeza en su pecho escuchando su corazón desacelerar. El viento nos refrescaba la piel pegajosa, y las estrellas parpadeaban como testigos cómplices.

—Esto es nuestro cañaveral de pasiones, capítulo 84 y contando —murmuró él, besándome la frente.

Yo sonreí, trazando patrones en su piel con el dedo. Qué chido es sentirnos así, completos. No había remordimientos, solo paz y la promesa de más noches como esta. En la hacienda nos esperaban las miradas curiosas, los chismes del pueblo, pero aquí, en nuestro rincón secreto, éramos libres. El deseo se había liberado, dejando un eco dulce que duraría hasta el próximo encuentro.

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