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Pasión Capítulo 55 Fuego en la Carne

6446 palabras

Pasión Capítulo 55 Fuego en la Carne

Entras el departamento en Polanco con el cuerpo hecho un nudo de cansancio después de un pinche día eterno en la oficina. El aroma a mole poblano y cilantro fresco te golpea de inmediato, mezclado con ese olor varonil que solo él tiene, Javier, tu carnal de tantas noches locas. Las luces tenues bailan sobre las paredes de adobe pintado, y de fondo suena una ranchera suave de Vicente Fernández, esa que dice "estos celos", perfecta para encender la chispa.

¡Órale, nena! —grita él desde la cocina, su voz grave y juguetona como siempre—. ¿Lista para nuestro Pasión Capítulo 55? Llevamos cincuenta y cuatro noches de puro desmadre, y esta va a ser la buena.

Te ríes bajito, sintiendo cómo el estrés se escurre por tus hombros. Javier sale con una charola de tacos al pastor recién hechos, la carne jugosa chorreando grasa y piña caramelizada. Sus ojos cafés te recorren de arriba abajo, deteniéndose en el escote de tu blusa ajustada. Lleva una playera blanca que marca sus pectorales tatuados, un águila real en el pecho que te hace agua la boca cada vez.

Te sientas en la mesa de madera oscura, el roce de tus muslos contra la falda te eriza la piel. Él se acerca por detrás, sus manos grandes y callosas —de tanto tallar esculturas— te masajean los hombros.

Carajo, qué bien se siente esto. Después de lidiar con pendejos en la junta, necesito que me desarme entera.
Su aliento cálido huele a tequila reposado, y roza tu oreja:

—Prueba esto, mi reina. —Te mete un taco en la boca, el sabor picante del chile y la dulzura de la piña explotan en tu lengua. Gimes sin querer, y él suelta una carcajada ronca.

La cena pasa en un susurro de risas y roces casuales: su pie subiendo por tu pantorrilla, tus dedos jugando con su antebrazo. El vino tinto mexicano calienta tu vientre, y sientes el primer pulso entre las piernas, ese cosquilleo traicionero que avisa que la noche va en serio. Pasión Capítulo 55, piensas, recordando cómo empezaron a contarlas después de esa vez en Acapulco, cuando él te dijo que cada encuentro era un capítulo de su novela privada.

De repente, apaga la música y pone un playlist de cumbia rebajada, esa que te hace mover las caderas sin remedio. Te jala de la mano hacia el centro de la sala, donde la alfombra persa amortigua tus tacones.

—Baila conmigo, chula. —Sus caderas pegan a las tuyas, duro y firme ya contra tu trasero. El sudor de su piel te moja la blusa, y inhalas su esencia: jabón de lavanda mezclado con macho puro. Tus manos suben por su pecho, sintiendo el latido acelerado bajo la tela.

¡Qué pendeja soy por esperar tanto! Lo quiero ya, adentro, rompiéndome.

La tensión crece con cada giro. Sus labios rozan tu cuello, mordisqueando suave, enviando chispas por tu espina. Te voltea de frente, y os besáis como si fuera la primera vez: lenguas enredadas, saladas de vino, dientes chocando con hambre. Tus uñas se clavan en su espalda, rasgando la playera. Él gruñe bajito, un sonido animal que te empapa las bragas.

—Quítate eso —ordena, voz ronca, jalando tu blusa por la cabeza. Tus tetas saltan libres, pezones duros como piedras bajo su mirada hambrienta. Los toma en sus manos ásperas, pellizcando justo lo suficiente para que arquees la espalda. Qué rico duele, piensas, mientras él baja la boca y chupa uno, lengua girando lenta, succionando hasta que ves estrellas.

Te empuja al sofá de piel, el crujido bajo tu peso como un susurro sucio. Tus manos bajan su zipper, liberando su verga gruesa, venosa, palpitando en tu palma. Huele a él, a deseo crudo, y la saboreas con la lengua plana desde la base hasta la punta, salada y suave. Javier echa la cabeza atrás, gimiendo tu nombre:

¡Ay, cabrona, me vas a matar!

Lo mamas profundo, garganta relajada por la práctica, sintiendo cómo late contra tu paladar. Él te agarra el pelo, guiando sin forzar, y tú aceleras, saliva chorreando por tu barbilla. Pero no lo dejas acabar; lo quieres dentro, llenándote.

Te levantas, quitándote la falda y las bragas de encaje negro. El aire fresco besa tu coño mojado, expuesto y ansioso. Javier te tumba de espaldas, separando tus muslos con rodillas fuertes. Su boca baja ahí, lengua hurgando tus labios hinchados, lamiendo el clítoris en círculos perfectos.

¡Virgen de Guadalupe, esto es el cielo! Cada roce es fuego, mi clítoris late como tambor.
Gimes alto, caderas alzándose, y él mete dos dedos gruesos, curvándolos contra ese punto que te hace ver blanco. El sonido chapoteante de tu humedad llena la habitación, obsceno y delicioso.

—Estás chorreando, nena —murmura contra tu piel, vibrando todo—. ¿Lista para el capítulo bueno?

Asientes, jadeante, y él se posiciona. La cabeza de su verga empuja tu entrada, estirándote lenta, centímetro a centímetro. Sientes cada vena rozando tus paredes, llenándote hasta el fondo. ¡Qué grande, carajo! Me parte en dos y lo amo. Empieza a moverse, embestidas profundas y pausadas, piel contra piel chapoteando. Tus pechos rebotan con cada golpe, sus manos apretando tus caderas.

La intensidad sube: él acelera, gruñendo, sudor goteando de su frente a tu pecho. Tú clavas uñas en sus nalgas, urgiéndolo más hondo. El sofá cruje rítmico, la ranchera de fondo ahora un eco lejano. Tu vientre se contrae, el orgasmo acechando como tormenta.

¡Ven conmigo, Javier! ¡Ahora! —gritas, y explotas. Olas de placer te barren, coño apretando su verga como puño, jugos salpicando. Él ruge, hinchándose dentro, chorros calientes inundándote, marca de su pasión.

Caéis juntos, jadeos entrecortados, cuerpos pegajosos de sudor y fluidos. Su peso sobre ti es perfecto, protector. Besos suaves ahora, lenguas perezosas. El aroma a sexo impregna el aire, almizcle y sal.

Pasión Capítulo 55, completado —susurra él, riendo contra tu cuello—. ¿Lista para el 56?

Te acurrucas en su pecho, el corazón latiendo en sintonía con el tuyo.

Esto no es solo sexo, es nosotros. Mi pendejo favorito, mi todo.
La noche se estira en caricias perezosas, promesas mudas de más capítulos por venir. El deseo se apaga en brasas, listo para reavivarse.

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