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Pasión Capítulo 81 El Susurro Ardiente

8036 palabras

Pasión Capítulo 81 El Susurro Ardiente

El sol se ponía sobre las calles de Polanco pintando el cielo de naranjas y rosas cuando llegué a mi departamento. Olía a jazmín del jardín de abajo y a algo más, algo casero y tentador que salía de la cocina. Marco estaba ahí, mi hombre, con esa camisa blanca ajustada que marcaba sus pectorales y unos jeans que le quedaban como pintados. Órale, qué chulo se ve el wey, pensé mientras cerraba la puerta con un clic suave.

¡Ey, mi reina! —gritó desde la cocina, su voz grave y juguetona haciendo que se me erizara la piel—. Ven pa'cá, te preparé unas enchiladas suizas como las de mi jefa en Guadalajara.

Me quité los tacones altos que me estaban matando después de un día eterno en la oficina y caminé descalza por el piso de madera que crujía levemente. El aire estaba tibio, cargado con el aroma picante de chile y el queso derretido. Lo encontré removiendo la salsa, sus brazos fuertes flexionándose con cada movimiento. Nuestras miradas se cruzaron y sentí ese cosquilleo familiar en el estómago, como mariposas locas queriendo salir.

Esto es pasión capítulo 81 de nuestra historia, pensé. Cada vez que nos vemos después de días sin tocarnos, es como si empezáramos un nuevo capítulo, más intenso que el anterior.

Me acerqué por detrás y lo abracé por la cintura, presionando mi pecho contra su espalda. Su calor me envolvió, y aspiré su olor a jabón mezclado con sudor ligero del calor de la estufa. —Te extrañé, pendejo —le susurré al oído, mordisqueando su lóbulo suave.

Él se giró rápido, dejando la cuchara en la mesa, y me atrapó entre sus brazos. Sus labios chocaron con los míos en un beso hambriento, tongues danzando con sabor a menta y chile. Sentí sus manos grandes bajando por mi espalda, apretando mis nalgas con esa posesión juguetona que me volvía loca. —Yo más, mi amor. Neta que sin ti estos días fueron un pedo —murmuró contra mi boca, su aliento caliente rozándome la piel.

La cena quedó olvidada mientras nos besábamos como adolescentes en el pasillo. Sus dedos desabotonaron mi blusa de seda, dejando al aire mi brasier de encaje negro. El roce de la tela contra mis pezones ya duros me hizo gemir bajito. Lo empujé hacia el sofá de cuero negro, que rechinó bajo nuestro peso. Me senté a horcajadas sobre él, sintiendo su verga endureciéndose bajo los jeans, presionando justo donde lo necesitaba.

Acto primero: la chispa. Ahí estábamos, reconstruyendo el fuego que el trabajo y la rutina habían apagado. Sus ojos cafés me devoraban, y yo me mecía lento sobre su regazo, frotándome contra esa dureza prometedora. El sonido de nuestra respiración agitada llenaba la sala, mezclado con el tráfico lejano de Reforma. Olía a nuestra excitación creciente, ese almizcle dulce que solo sale cuando el cuerpo grita deseo.

Quítate eso, Ana. Quiero verte toda —ordenó con voz ronca, tirando de mi falda. Obedecí, levantándome solo para deslizarla por mis caderas, quedando en tanga y brasier. Él se lamió los labios, sus pupilas dilatadas. Le desabroché el cinturón, el metal tintineando, y bajé el zipper con deliberada lentitud. Su verga saltó libre, gruesa y venosa, con la cabeza ya brillante de precum. La tomé en mi mano, sintiendo su pulso latiendo contra mi palma caliente.

¡Qué rico se siente! Tan dura, tan mía. Esto es lo que necesitaba después de fingir ser la jefa dura todo el día.

Me arrodillé entre sus piernas, el piso fresco contra mis rodillas. Lamí la punta, saboreando ese gusto salado y masculino que me hacía salivar. Él gruñó, enredando sus dedos en mi cabello largo. —¡Sí, chúpamela así, mi reina! Neta que eres la mejor. Chupé más profundo, mi lengua girando alrededor del tronco mientras mis manos masajeaban sus bolas pesadas. El sonido húmedo de mi boca llenaba el aire, y sus caderas se movían instintivas, follándome la cara con cuidado.

Pero no quería que terminara tan pronto. Me levanté, empujándolo al sofá de nuevo, y me quité el brasier. Mis tetas rebotaron libres, pezones rosados pidiendo atención. Me subí encima, frotando mi concha empapada contra su verga desnuda. La tela de mi tanga se corría a un lado, y el roce directo de piel con piel era eléctrico. —Te quiero adentro, Marco. Ya —jadeé, mi voz temblorosa.

Acto segundo: la escalada. Él me levantó como si no pesara nada, caminando al cuarto con mis piernas envueltas en su cintura. Nuestros besos eran fieros, dientes chocando, lenguas batallando. Me tiró en la cama king size, las sábanas de algodón egipcio suaves contra mi espalda desnuda. La habitación olía a lavanda de las velas que él había encendido antes, y la luz tenue bailaba en las paredes blancas.

Se quitó la camisa, revelando ese torso tatuado con un águila en el pecho que me volvía loca. Se cernió sobre mí, besando mi cuello, lamiendo el hueco de mi clavícula. Sus manos exploraban, pellizcando mis pezones hasta que arqueé la espalda gimiendo. Bajó más, mordiendo mi vientre suave, dejando marcas rojas que dolían rico. Cuando llegó a mi concha, separó mis labios con los dedos, soplando aire caliente que me hizo temblar.

Mira qué mojada estás, mi amor. Todo por mí —dijo, hundiendo dos dedos dentro. El sonido chapoteante de mi jugo era obsceno, delicioso. Los movía en croquis, tocando ese punto que me hacía ver estrellas. Gemí fuerte, mis uñas clavándose en sus hombros. —¡Más, cabrón! No pares.

Pero él quería más. Sacó los dedos brillantes y me los metió en la boca. Chupé mi propio sabor, dulce y salado. Luego su lengua reemplazó los dedos, lamiendo mi clítoris hinchado con vueltas expertas. Sentí el orgasmo construyéndose, una ola creciendo en mi vientre. Mis muslos lo apretaron, mi cuerpo convulsionando mientras gritaba su nombre. El placer explotó, jugos saliendo en chorros que él bebía ansioso.

Esto es puro fuego, pasión capítulo 81 grabado en mi piel para siempre. Nunca me canso de él.

Recuperándome jadeante, lo volteé y lo monté. Su verga entró de un jalón, llenándome hasta el fondo. El estiramiento ardía placentero, cada vena rozando mis paredes sensibles. Reboté lento al principio, sintiendo cada centímetro saliendo y entrando. Nuestros cuerpos chocaban con palmadas húmedas, sudor perlando nuestra piel. Él me agarraba las caderas, guiándome más rápido.

¡Fóllame duro, Ana! Sí, así —rugió, sus ojos fijos en mis tetas saltando. Aceleré, el placer subiendo de nuevo. Cambiamos: él encima, embistiéndome profundo, sus bolas golpeando mi culo. El colchón se hundía rítmicamente, la cabecera golpeteando la pared. Olía a sexo puro, sudor y semen próximo.

Acto tercero: la liberación. Sentí su verga hincharse más, y supe que estaba cerca. —Vente conmigo, mi rey —le rogué, clavando mis talones en su espalda. Él aceleró, gruñendo animalesco. Mi segundo orgasmo me golpeó como tsunami, mi concha apretándolo en espasmos. Él se corrió segundos después, chorros calientes inundándome, goteando por mis muslos.

Colapsamos juntos, cuerpos entrelazados, corazones latiendo al unísono. Su peso sobre mí era reconfortante, su semen cálido adentro recordándome nuestra unión. Besó mi frente sudorosa, riendo bajito. —Eres mi todo, Ana. Esto fue épico.

Nos quedamos así, en afterglow, escuchando la ciudad nocturna. El aire fresco de la ventana abierta secaba nuestro sudor, y el olor a sexo persistía como promesa. Mañana volvería la rutina, pero esta noche, en pasión capítulo 81, habíamos reconquistado nuestro fuego.

Me acurruqué en su pecho, trazando su tatuaje con el dedo. —Te amo, Marco. Hasta el capítulo 82 —susurré, sonriendo en la oscuridad.

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