Pasión de San Mateo Bach Desatada
La noche en mi depa de la Condesa estaba cargada de ese calor pegajoso de abril en la Ciudad de México. Yo, Ana, acababa de abrir una botella de mezcal espumoso, de esos que queman la garganta como un beso prohibido. Puse el disco de la Pasión de San Mateo Bach, esa obra maestra que siempre me eriza la piel. Las voces del coro subían y bajaban como olas de deseo reprimido, el órgano retumbando en mis entrañas. Me recargué en el sillón de terciopelo rojo, con mi vestido negro ceñido que apenas tapaba mis muslos, pensando en él. En Marco, mi carnal, mi vicio secreto.
La puerta sonó con tres golpes suaves, como si supiera que yo ya lo esperaba con el cuerpo encendido. Abrí y ahí estaba, alto, moreno, con esa sonrisa pícara que me deshace. Olía a colonia fresca mezclada con el humo de la ciudad, a tabaco rubio y a hombre que sabe lo que provoca.
Chingado, Ana, cada vez estás más rica. ¿Qué es esa música? Me late cañón.
—Es la Pasión de San Mateo Bach —le dije, jalándolo adentro por la camisa—. Siéntate, cabrón. Te voy a hacer sentir lo que es verdadera pasión.
Se dejó caer a mi lado, su pierna rozando la mía, ese contacto eléctrico que me hace apretar los dientes. Las notas del aria "Erbarme dich" llenaban el aire, la soprano gimiendo como en éxtasis. Le serví un trago, nuestros dedos se enredaron al pasarlo. Bebió despacio, sus ojos clavados en mis chichis que se marcaban bajo la tela. Sentí mi piel erizarse, el calor subiendo desde el estómago hasta mi concha, que ya palpitaba húmeda.
—Ana, desde que salí del ensayo no he parado de pensar en ti. En cómo me chupas la verga, en cómo gritas mi nombre —murmuró, su voz ronca como el bajo continuo de la pieza.
Me acerqué, mi aliento en su cuello. Olía a sal, a sudor fresco. Lo besé suave al principio, labios rozando labios, lengua tanteando. Él respondió con hambre, su mano grande subiendo por mi muslo, apretando la carne suave. Gemí bajito contra su boca, el sabor del mezcal en su saliva me volvía loca. La música arreciaba, coros turbulentos como mi pulso acelerado.
Nos separamos un segundo, jadeantes. Sus ojos brillaban, oscuros como chocolate amargo.
—Quítate el vestido, preciosa. Quiero verte toda.
Me paré despacio, contoneándome al ritmo de las cuerdas vibrantes. El vestido cayó al piso con un susurro, quedando en tanga negra y tacones. Mis pezones duros como piedras bajo su mirada. Él se quitó la camisa, mostrando ese pecho moreno, músculos marcados de tanto tocar la guitarra en sus conciertos. Se levantó, pants bajando, su verga saltando libre, gruesa, venosa, apuntándome como un arma cargada.
Lo empujé al sillón, montándome a horcajadas. Sentí su calor contra mi entrepierna, la tela de la tanga empapada frotándose en su tronco. Rozábamos, lento, el roce enviando chispas por mi espina. La Pasión de San Mateo Bach llegaba al recitativo de la traición, pero en nosotros no había traición, solo entrega pura. Sus manos amasaban mis nalgas, dedos hundiéndose en la carne blanda.
Estás mojada como nunca, Ana. Me encanta cómo te mojas por mí.
—Es por ti, pendejo. Por tu verga dura que me clava la mirada —jadeé, bajando la cabeza para lamer su pecho, saboreando el salado de su piel, mordisqueando un pezón.
El aire olía a nosotros: aroma almizclado de excitación, mezcal dulce, incienso que había encendido antes. Bajé la tanga, liberando mi concha hinchada, labios mayores abiertos como pétalos húmedos. Me acomodé sobre él, la punta de su verga rozando mi entrada. Despacio, me hundí, centímetro a centímetro, gimiendo con cada estirada. Lleno, tan lleno. Sus caderas subieron, clavándosela hasta el fondo.
Cabalgamos al compás de la música. Arriba y abajo, mis tetas rebotando, sus manos guiándome. El sonido chapoteante de mi jugo contra su piel, nuestros gemidos mezclándose con el coro. Sudor perlando su frente, goteando en mi vientre. Lamí una gota, salada y caliente. Aceleramos, la tensión creciendo como la orquesta en su clímax barroco.
—Más fuerte, Marco. Fóllame como si fuera la última vez —supliqué, uñas clavándose en sus hombros.
Me volteó sin salir, ahora él encima, piernas abiertas sobre el sillón. Entraba y salía con furia controlada, cada embestida golpeando mi clítoris. Sentía el orgasmo venir, una ola desde las tripas. La Pasión de San Mateo Bach rugía en su agonía coral, y yo exploté primero, gritando su nombre, concha contrayéndose alrededor de su verga, jugos chorreando por sus bolas.
Él siguió, gruñendo como animal, hasta que se derramó dentro, chorros calientes llenándome, mezclándose con mi leche. Colapsamos, cuerpos pegajosos, respiraciones entrecortadas. La música bajaba a un lamento suave, como nuestro afterglow.
Pero no habíamos terminado. La pasión de esa noche pedía más. Me levantó en brazos, llevándome al cuarto. La cama king size nos esperaba, sábanas de satín negro. Me tiró suave, riendo.
—Ahora sí, mi reina. Vamos a hacer que Bach se ponga celoso.
En la penumbra, solo iluminados por la luna filtrándose por las cortinas, exploramos. Besos lentos en mi cuello, lengua trazando la curva de mi clavícula. Bajó a mis tetas, chupando pezones con succiones que me arqueaban. Sus dedos en mi concha, aún sensible, revolviendo el semen y mis jugos, metiendo dos, curvándolos en mi punto G. Gemí alto, caderas bailando solas.
—Estás deliciosa, Ana. Prueba —dijo, sacando los dedos y metiéndolos en mi boca. Chupé, sabor nuestro, musgoso y salado.
Lo volteé, boca en su verga semi-dura. La lamí desde la base, lengua plana, subiendo a la cabeza, saboreando el resto de su corrida. Se endureció en mi boca, pulsando. Lo tragué profundo, garganta relajada, hasta las bolas contra mi barbilla. Él jadeaba, manos en mi pelo, follando mi boca suave.
Así, mamacita. Trágatela toda. Eres la mejor pinche chupadora.
Me subí otra vez, pero de reversa, nalgas en su cara. Él lamió mi ano mientras yo lo montaba, lengua caliente y húmeda en mi raja, chupando clítoris. Doble placer, yo rebotando, él devorándome. El olor de sexo crudo, sudor, corrida, todo embriagador. Volví a correrme, temblando, gritando en la almohada.
Cambiamos posiciones mil veces: de lado, cucharita, con mis piernas en sus hombros, él hundiéndose profundo. Cada embestida un trueno, piel contra piel chapoteando, gemidos como arias. La Pasión de San Mateo Bach ya había terminado, pero el silencio solo amplificaba nuestros sonidos carnales: el lecho crujiendo, mi concha pidiendo más, su verga hinchada.
Al final, exhaustos, él encima en misionero lento. Mirándonos a los ojos, besos tiernos entre embestidas. Sentí la conexión, no solo cuerpos, sino almas enredadas. Corridas simultáneas, él llenándome de nuevo, yo ordeñándolo con contracciones. Colapsamos, enredados, pieles pegadas por sudor.
La ciudad zumbaba afuera, autos y risas lejanas. Él me acariciaba el pelo, besando mi frente.
—Te amo, Ana. Esta noche fue... como la pasión de Bach, pero nuestra.
Sonreí, saboreando el eco de placer en mis músculos. La Pasión de San Mateo Bach había sido el catalizador, pero lo nuestro era fuego eterno. Dormimos así, envueltos en sábanas revueltas, con el aroma de sexo impregnado en todo.