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Pasion Entre Mujeres Desenfrenada

6569 palabras

Pasion Entre Mujeres Desenfrenada

El sol de Cancún caía a plomo sobre la playa, pero el calor que sentía en la piel no era solo del trópico. Me llamaba Ana, y esa tarde, en la casa de playa de mi carnala mayor, todo cambió. Ahí estaba Luisa, la morra que llevaba meses rondándome la cabeza como un zumbido insistente. Alta, con curvas que se marcaban bajo el bikini rojo que apenas contenía sus chichis firmes, y esa sonrisa pícara que me hacía mojada sin que nadie se diera cuenta. Éramos cuates desde la uni en la CDMX, pero últimamente las miradas se cruzaban con un fuego que no podíamos ignorar.

La fiesta estaba en su apogeo: reggaetón retumbando desde los bocinas, chelas frías pasando de mano en mano, y el olor a mar salado mezclado con protector solar y carne asada en la parrilla. Me recargué en la baranda del balcón, con una michelita en la mano, viendo cómo Luisa bailaba con unas amigas. Sus caderas se movían como olas, y cada giro hacía que su nalguita se contoneara de una forma que me ponía el corazón a mil.

¿Qué chingados me pasa? Esto es pasion entre mujeres, neta, y me está volviendo loca.
Pensé, sintiendo un cosquilleo entre las piernas que me obligó a cruzarlas.

De repente, se acercó, sudada y radiante, con el pelo negro pegado a la nuca. "¡Ey, Ana! ¿Por qué tan solita, wey? Ven a bailar, no seas fresa." Su voz era ronca, con ese acento chilango que me derretía. Me tomó de la mano, y el contacto de su palma cálida y un poco áspera por el sol me envió una descarga eléctrica directo al vientre. Bajamos a la arena, y mientras Perreo retumbaba, sus cuerpos se pegaron. Sentí sus chichis rozando mi espalda, su aliento caliente en mi oreja. "Estás rica hoy, ¿eh?", murmuró, y yo solo atiné a reírme nerviosa, pero mi cuerpo ya gritaba por más.

La tensión creció como una tormenta en el Golfo. Cada roce accidental —su mano en mi cintura, mi cadera contra la suya— era una promesa. Cuando el sol empezó a bajar, tiñendo el cielo de naranja y rosa, Luisa me jaló aparte. "Vamos por un rato de paz, ¿no? Esta fiesta está bien loca." Subimos a su cuarto en la casa, con vista al mar. El aire olía a sal y a su perfume, algo floral y dulce que me mareaba. Cerró la puerta, y el ruido de la fiesta se apagó, dejando solo el romper de las olas y nuestros jadeos contenidos.

Nos sentamos en la cama king size, con sábanas blancas revueltas. "Ana, neta, no aguanto más. Desde que llegamos, te veo y me dan ganas de comerte entera." Sus ojos cafés brillaban con hambre, y yo sentí mi panocha palpitar. Esto es real, pensé, el corazón latiéndome en la garganta. "Yo igual, Luisa. Me tienes loca con ese bikini. Tus chichis... uf." Me acerqué, temblando un poco, y le rocé los labios con los míos. Fue suave al principio, un beso tentativo que sabía a chela y a sal marina. Pero pronto sus lenguas se enredaron, húmedas y urgentes, explorando bocas con un hambre acumulada.

Sus manos bajaron por mi espalda, desatando mi top. Mis tetas saltaron libres, los pezones ya duros como piedras bajo su mirada. "Qué chulas, Ana. Míralas, pendejitas y perfectas." Se lanzó a mamarlas, chupando un pezón mientras pellizcaba el otro. El placer era un rayo: su lengua caliente girando, dientes rozando suave, y yo arqueándome, gimiendo bajito. Olía a su sudor mezclado con mi arousal, ese aroma almizclado que llenaba la habitación. Mis dedos se enredaron en su pelo, jalándola más cerca. "Sí, así, chíngame con la boca."

La ropa voló: su bikini rojo al piso, revelando un coñito depilado y reluciente de jugos. Yo me quité el bottom, y nos quedamos desnudas, piel contra piel. Su cuerpo era fuego: suave como terciopelo en las curvas, firme en los muslos. Nos recostamos, piernas entrelazadas, frotándonos despacio. Sentía su clítoris hinchado rozando el mío, resbaloso y caliente. "Qué rico se siente esto, Luisa. Tu panocha contra la mía... es puro fuego." Ella gemía, moviendo las caderas en círculos, y el sonido de nuestras pieles húmedas chocando era obsceno, como olas rompiendo.

El deseo escalaba. Bajé la mano entre sus piernas, tocando esos labios carnosos empapados. Estaba chorreando, y mis dedos se hundieron fácil en su calor apretado. "¡Ay, wey! Métemelos más profundo." La penetré con dos dedos, curvándolos para tocar ese punto que la hacía gritar. Su jugo corría por mi mano, dulce y pegajoso al probarlo. Lamí mis dedos, mirándola: "Sabes a miel, carnala." Ella no se quedó atrás; su boca bajó por mi panza, lamiendo el ombligo hasta llegar a mi entrepierna. Separó mis labios con los dedos, y su lengua atacó mi clítoris como una diosa vengadora.

El mundo se redujo a sensaciones: su lengua plana lamiendo de abajo arriba, chupando mi botón con succiones que me hacían ver estrellas. Oía mis propios alaridos, "¡Más, Luisa, no pares, neta qué chingón!" Tocaba sus hombros, uñas clavándose en su piel morena. El olor a sexo nos envolvía, intenso y adictivo. Introduje la cara entre sus muslos, devorándola. Su coñito era un festín: labios hinchados, clítoris erecto palpitando bajo mi lengua. La lamía con ganas, metiendo la nariz en su humedad, aspirando su esencia. Sus caderas buckeaban contra mi boca, y gemía mi nombre como una oración: "Ana... ay, mamacita, me vas a hacer venir."

La tensión llegó al límite. Nos pusimos en 69, devorándonos mutuamente. Lenguas expertas, dedos hurgando, clítoris frotados con furia. Mi cuerpo temblaba, el orgasmo construyéndose como una ola gigante. Sentía su pulso acelerado contra mi lengua, su calor envolviéndome. "¡Ven conmigo, Luisa! ¡Córrete en mi boca!" Gritó primero ella, convulsionando, squirtándome jugos calientes en la cara. Ese sabor salado-dulce me empujó al borde. Mi clítoris explotó en éxtasis, oleadas de placer sacudiéndome entera, piernas rígidas, visión borrosa.

Caímos jadeantes, cuerpos enredados, sudor pegándonos. El mar susurraba afuera, y el sol se había ido, dejando estrellas en el cielo. Luisa me besó suave, probando mis labios con su propio sabor. "Eso fue pasion entre mujeres de la buena, Ana. Neta, nunca había sentido algo así." Yo sonreí, acariciando su mejilla.

Esto no es solo sexo, es conexión. Con ella, todo encaja.
Nos quedamos ahí, pieles enfriándose, corazones calmándose. La fiesta seguía abajo, pero nosotras habíamos encontrado nuestro propio paraíso. Mañana sería otro día, pero esta noche, la pasion entre mujeres nos había marcado para siempre.

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