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Sinónimo de Pasión Laboral

6730 palabras

Sinónimo de Pasión Laboral

En la torre de oficinas del centro de la Ciudad de México, donde el sol se filtra por las ventanas polarizadas y el aire acondicionado mantiene todo fresco como una chela bien helada, yo, Ana, pasaba mis días entre reportes y correos electrónicos. Tenía veintiocho años, el pelo negro largo que siempre llevaba en una coleta alta para no estorbar, y un cuerpo que, según mis amigas, era pa'l desmadre. Pero en la chamba, me portaba profesional, neta. Hasta que llegó él: Javier, el nuevo gerente de proyectos, con esa sonrisa pícara y ojos cafés que te desnudan sin decir ni madres.

Desde el primer día, lo noté. Estaba en la junta de equipo, explicando el nuevo cliente con esa voz grave que retumbaba en mi pecho como tambores de cumbia.

¿Por qué carajos me late tan fuerte el corazón? Es mi jefe directo, pendeja, contrólate
, me dije mientras tomaba notas. Él me miró fijo, como si supiera que ya me tenía pensando en tonterías. Al final de la reunión, se acercó a mi escritorio. Su colonia, un olor a madera y cítricos, me invadió las fosas nasales.

—Ana, ¿me ayudas con el análisis de datos? Necesito tu ojo experto —dijo, con esa labia que hace que cualquier wey suene convincente.

—Claro, jefe. ¿Cuándo? —respondí, sintiendo un cosquilleo en la nuca.

—Hoy, después de horario. Solo tú y yo. Será productivo.

Órale, pensé. Ahí empezó la tensión. Todo el día, intercambiamos miradas por encima de las pantallas. Sus manos grandes tecleando, imaginaba cómo se sentirían en mi piel. El sonido del teclado, ritmado, como un preludio a algo más. Al atardecer, la oficina se vació. Solo quedamos nosotros dos, con la ciudad brillando allá abajo como un mar de luces.

Nos sentamos en la sala de juntas, papeles esparcidos. El aire olía a café rancio y a su perfume. Empezamos trabajando, pero pronto las risas se colaron. Hablamos de la vida, de cómo la chamba nos chingaba pero también nos prendía.

—Sabes, Ana, para mí la pasión laboral es lo que nos mantiene vivos. Pero a veces necesita un sinónimo más... intenso —dijo, clavándome la mirada.

Sentí el calor subir por mis mejillas.

Sinónimo de pasión laboral. ¿Me lo está diciendo a mí? Neta, este cabrón sabe lo que hace
. Me acerqué un poco, pretextando ver la gráfica en su pantalla. Nuestras rodillas se rozaron bajo la mesa. Electricidad pura, como un chispazo.

—Y cuál sería ese sinónimo, Javier? —pregunté, con voz juguetona, mordiéndome el labio sin darme cuenta.

Él se rio bajito, un sonido ronco que me erizó la piel. —Pruébalo y lo sabrás, preciosa.

Acto seguido, su mano se posó en mi muslo. Suave al principio, explorando la tela de mi falda pencil que se había subido un poco. Mi pulso se aceleró, el corazón latiéndome en las sienes. Olía a deseo, a sudor ligero mezclado con su colonia. Lo miré a los ojos, y ahí estaba el consentimiento mutuo, brillante como el skyline nocturno.

Me levanté despacio, rodeando la mesa. Me paré frente a él, y Javier tiró de mi cintura, atrayéndome a su regazo. Sus labios encontraron los míos en un beso hambriento, tongues danzando con sabor a menta de su chicle y a mi gloss de cereza. Gemí bajito contra su boca, sintiendo su dureza presionando contra mí a través de los pantalones.

—Estás cañona, Ana. Neta, desde que te vi —murmuró, mientras sus manos subían por mi espalda, desabrochando el sostén con maestría.

Me quité la blusa con prisa, dejando que mis tetas saltaran libres. Él las tomó, amasándolas con dedos ásperos de tanto teclear y firmar contratos. Chupó un pezón, succionando fuerte, y un rayo de placer me recorrió hasta el clítoris, que ya palpitaba húmedo.

Qué rico, pendejo, no pares
. El sonido de su boca chupando, húmedo y obsceno, llenaba la sala. Afuera, el tráfico zumbaba lejano, pero aquí dentro solo existíamos nosotros.

Lo empujé contra la silla, arrodillándome. Desabroché su cinturón, el metal tintineando. Su verga saltó libre, gruesa y venosa, con una gota de precum brillando en la punta. Olía a hombre puro, almizclado y excitante. La lamí desde la base, saboreando la sal de su piel, hasta meterla entera en mi boca. Javier gruñó, enredando sus dedos en mi pelo.

—Así, mamacita, trágatela toda. Eres una diosa en esto.

Lo mamé con ganas, sintiendo cómo se hinchaba más en mi garganta. Tosí un poco, pero no paré, el sabor me volvía loca. Él jadeaba, el pecho subiendo y bajando rápido. Después de unos minutos, me levantó, volteándome contra la mesa de juntas. Subió mi falda, bajando mis tangas de encaje negro. El aire fresco besó mi coño mojado, chorreando.

—Estás empapada, Ana. Esto es el verdadero sinónimo de pasión laboral —dijo, riendo ronco mientras frotaba la cabeza de su verga contra mis labios vaginales.

Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándome deliciosamente. Gemí alto, el sonido rebotando en las paredes de vidrio. Sentí cada vena, cada pulso, llenándome por completo. Empezó a bombear, lento al principio, sus caderas chocando contra mi culo con palmadas suaves. El olor a sexo nos envolvía, sudor y fluidos mezclados. Mis uñas arañaron la mesa, papeles volando.

—Más fuerte, Javier, chíngame duro —supliqué, arqueando la espalda.

Aceleró, follándome como animal, sus bolas golpeando mi clítoris. Cada embestida mandaba ondas de placer por mi cuerpo. Sudábamos, piel resbalosa. Me volteó, sentándome en la mesa, piernas abiertas. Volvió a entrar, mirándome a los ojos mientras me penetraba profundo. Nuestros pechos pegados, pezones rozando. Besos desordenados, lenguas enredadas.

El clímax se acercaba, como una ola imparable. Mis paredes se contrajeron alrededor de él, ordeñándolo. —Me vengo, cabrón, no pares —grité.

Exploté, el orgasmo partiéndome en dos, jugos chorreando por mis muslos. Él gruñó, embistiendo una vez más, y se corrió dentro, chorros calientes pintando mis entrañas. Colapsamos, jadeando, su peso sobre mí reconfortante.

Después, nos vestimos despacio, risas compartidas. Me acomodó el pelo, besándome la frente.

—Esto no fue solo chamba, ¿verdad? —pregunté, sonriendo.

—Neta que no. Fue el sinónimo perfecto de pasión laboral. Y repetimos cuando quieras.

Salimos de la oficina tomados de la mano, la noche mexicana envolviéndonos con su calor pegajoso y promesas de más.

Quién iba a decir que la oficina sería mi paraíso
. Ahora, cada vez que veo esa mesa, siento el fantasma de su toque, y sé que la pasión laboral acaba de empezar.

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