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El Enardecimiento de los Afectos y Pasiones

7331 palabras

El Enardecimiento de los Afectos y Pasiones

La noche en la azotea de ese rooftop en Polanco estaba viva, con el bullicio de la Ciudad de México extendiéndose como un mar de luces titilantes. El aire olía a tequila reposado mezclado con jazmín de los maceteros y un toque salado de sudor fresco. Yo, Ana, había llegado con mis cuates para celebrar el cumpleaños de una amiga, vestida con un vestido negro ceñido que se pegaba a mi piel como una promesa. Neta, no esperaba nada más que unas chelas y risas, pero entonces lo vi a él: Javier, ese wey alto y moreno que estudié en la uni, con esa sonrisa pícara que siempre me hacía cosquillas en el estómago.

Me acerqué al bar, pidiendo un margarita con sal, y sentí su mirada clavada en mí antes de voltear. Órale, qué chido verlo después de tantos años. Nuestros ojos se cruzaron y el mundo se achicó un poco, como si la música ranchera fusionada con reggaetón se hubiera puesto en pausa solo para nosotros.

¿Y si esta noche pasa algo? Ese enardecimiento de los afectos y pasiones que tanto extrañaba...

"¡Ana! ¿Qué onda, carnala? ¡Estás hecha un pinche bombón!", gritó Javier acercándose con un abrazo que duró un segundo de más. Su pecho duro rozó el mío, y olí su colonia amaderada, esa que me recordaba noches de juventud en Guadalajara. Reímos como pendejos, recordando anécdotas de la prepa, pero debajo de las palabras había una corriente eléctrica, un cosquilleo que subía por mis muslos.

La fiesta avanzaba con el sol poniente tiñendo el cielo de rosas y naranjas. Bailamos salsa en la pista improvisada, sus manos en mi cintura guiándome con firmeza. Sentía el calor de sus palmas a través de la tela delgada, el roce de sus caderas contra las mías al ritmo del bajo. Me late tanto este wey, pensé mientras su aliento cálido me erizaba la nuca. "No seas pendejo, Javier, muévete chido", le dije juguetona, y él rio bajito, apretándome más.

El deseo empezó como un fuego lento en mi vientre, avivado por cada mirada cargada, cada roce accidental que ya no lo era. Nos sentamos en una esquina con vistas al skyline, compartiendo un shot de mezcal que quemó mi garganta y soltó mi lengua. Hablamos de todo: trabajos en el corporativo, viajes a la playa en Puerto Vallarta, sueños postergados. Pero sus ojos bajaban a mis labios, y yo sentía mis pezones endureciéndose bajo el vestido, traicioneros.

"Ana, siempre me pregunté qué hubiera pasado si...", murmuró él, su voz ronca como grava mojada. Mi pulso se aceleró, el corazón latiendo fuerte contra las costillas. Este es el momento, me dije. Lo tomé de la mano, piel contra piel, sudorosa y viva. "Vamos a algún lado más privado, ¿va?", propuse, y él asintió con ojos brillantes de anticipación.

Acto dos: Bajamos en el elevador del hotel contiguo, el espacio cerrado amplificando nuestros jadeos contenidos. Sus dedos trazaban círculos en mi espalda baja, enviando ondas de placer que me humedecían entre las piernas. Olía a su excitación masculina, almizclada y embriagadora, mezclada con mi perfume floral. Entramos a su suite, la puerta cerrándose con un clic que sonó como liberación.

Javier me acorraló contra la pared, besándome con hambre contenida años. Sus labios suaves pero urgentes sabían a mezcal y sal, lengua explorando mi boca como si fuera territorio virgen. Gemí bajito, mis manos enredándose en su cabello oscuro, tirando suave para profundizar el beso. Qué rico, pensé, mientras sus manos subían por mis muslos, levantando el vestido hasta exponer mi tanga de encaje.

El enardecimiento de los afectos y pasiones me consume, neta que sí, este calor que no para...

Me cargó como si no pesara nada, depositándome en la cama king size con sábanas de algodón egipcio que olían a limpio y lavanda. Se quitó la camisa revelando un torso esculpido por gym y sol mexicano, pectorales duros que lamí con la lengua, saboreando el sudor salado. "Eres una diosa, Ana", gruñó él, bajando a besar mi cuello, mordisqueando suave hasta que arqueé la espalda.

La tensión crecía como tormenta: sus dedos hábiles desabrocharon mi vestido, exponiendo mis senos plenos. Chupó un pezón con devoción, la succión enviando descargas directas a mi clítoris hinchado. Yo arañé su espalda, sintiendo músculos tensos bajo mis uñas, mientras mi mano bajaba a su pantalón, palpando la verga erecta, gruesa y pulsante bajo la tela. "Quítatelo, wey, quiero sentirte", exigí jadeante, y él obedeció, liberando su miembro venoso que saltó libre, oliendo a masculinidad pura.

Lo masturbé lento, sintiendo la piel aterciopelada sobre acero, gotas de precum lubricando mi palma. Él gimió profundo, un sonido gutural que vibró en mi concha húmeda. Me quitó la tanga con dientes, exponiéndome al aire fresco de la habitación. Su lengua trazó mi raja, lamiendo el néctar de mi excitación, dulce y salado. Pinche experto, pensé mientras mis caderas se mecían contra su boca, el clítoris palpitando bajo sus labios succionadores. Introdujo dos dedos curvados, frotando mi punto G con maestría, haciendo que chorros de placer me inundaran.

La intensidad escalaba: rodamos en la cama, yo encima, montándolo como amazona. Su verga entró en mí de un embiste fluido, llenándome hasta el fondo, estirándome deliciosamente. El sonido de carne contra carne, chapoteos húmedos, llenaba la habitación junto a nuestros gemidos entrecortados. Sudor perlando su piel, yo lo lamía, saboreando sal y deseo. "Más fuerte, Javier, ¡dame todo!", grité, mis uñas en su pecho mientras cabalgaba, pechos rebotando al ritmo frenético.

Él volteó las tornas, poniéndome de rodillas, penetrándome por atrás con thrusts profundos que golpeaban mi cervix. Sentía cada vena, cada pulso, el roce contra mis paredes internas. El olor a sexo impregnaba el aire, almizcle y fluidos mezclados. Mi orgasmo se acercaba como ola gigante, tensión en el bajo vientre acumulándose.

Acto tres: "¡Ven conmigo, Ana!", rugió él, su mano en mi clítoris frotando en círculos. Exploté primero, un tsunami de placer que me hizo convulsionar, chorros calientes empapando las sábanas, grito ahogado en la almohada. Él siguió bombeando, gruñendo, hasta vaciarse dentro de mí en pulsos calientes, semen llenándome en oleadas.

Colapsamos entrelazados, pieles pegajosas de sudor enfriándose al aire acondicionado. Su corazón latía contra mi mejilla, respiraciones sincronizándose. Besos suaves en mi frente, caricias perezosas en mi cabello. "Eso fue... chido de verdad", murmuró él, y yo sonreí, saciada.

En este enardecimiento de los afectos y pasiones, encontré no solo placer, sino algo más profundo, un lazo renovado.

Nos duchamos juntos después, agua caliente lavando rastros pero no memorias. Jabón espumoso en sus manos masajeando mis curvas, risas compartidas bajo el chorro. Salimos del hotel al amanecer, la ciudad despertando con aroma a pan recién horneado de las taquerías. Nos despedimos con un beso largo, promesa de más noches así. Caminé a casa con piernas flojas, el cuerpo zumbando de afterglow, sabiendo que el enardecimiento de los afectos y pasiones acababa de empezar.

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