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Mazda Pasión Pachuca

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Mazda Pasión Pachuca

El sol de Pachuca caía a plomo sobre el estacionamiento reluciente de Mazda Pasión Pachuca, haciendo que los autos brillaran como joyas bajo el cielo azul sin nubes. Tú, con el corazón latiendo un poco más rápido de lo normal, estacionas tu viejo vochito al lado de esos Mazda impecables. Has venido por un cambio, algo que te haga sentir viva, poderosa. El aire huele a asfalto caliente mezclado con el aroma fresco de los pinos que rodean la ciudad minera. Empujas la puerta de vidrio y entras al showroom, donde el fresco del aire acondicionado te eriza la piel.

Ahí está él. Marco, el vendedor, te recibe con una sonrisa que ilumina todo. Alto, moreno, con ojos cafés profundos y una camisa ajustada que marca sus hombros anchos. Órale, qué chido pinta, piensas mientras él se acerca, extendiendo la mano. Su palma es cálida, firme, y sientes un cosquilleo que sube por tu brazo directo al pecho.

—Bienvenida a Mazda Pasión Pachuca, güeyita. ¿En qué te puedo ayudar? Soy Marco, tu piloto personal hoy.

Su voz grave, con ese acento hidalguense juguetón, te hace sonreír. Le cuentas que buscas un Mazda nuevo, algo deportivo, que te vuele la cabeza en las curvas de la Sierra. Él asiente, guiñándote un ojo, y te lleva a un Mazda3 rojo fuego. El cuero de los asientos huele a nuevo, virgen, tentador. Te sientas al volante, y Marco se acomoda en el del pasajero, tan cerca que sientes el calor de su muslo rozando el tuyo.

—Vamos a darle una vuelta, ¿sale? —dice, y su aliento fresco con menta te roza la oreja.

Enciendes el motor. El ronroneo suave vibra bajo tus nalgas, subiendo por tus piernas como una caricia eléctrica. Sales del lote, y Pachuca se despliega ante ti: las calles anchas, los cerros verdes al fondo, el tráfico ligero de un sábado por la tarde. Hablan de todo: de la vida en la Bella Airosa, de cómo el fútbol de los Tuzos te pone la piel chinita, de sueños locos. Cada mirada que cruzan es un chispazo. Su mano roza tu rodilla al cambiar la velocidad, y no la quitas. Al contrario, el pulso se te acelera, el calor entre tus piernas crece como una llama lenta.

¿Qué carajos estoy haciendo? Esto es una prueba de manejo, no una cita. Pero su olor, a colonia masculina y sudor limpio, me tiene mareada. Quiero más.

Marco señala un mirador en las afueras, un spot chido con vista a la presa. Aparcas el Mazda ahí, el motor aún caliente tic-tiqueando. El viento trae olor a tierra húmeda y eucaliptos. Se miran en silencio, la tensión espesa como miel caliente.

—Neta, este carro te queda perfecto —murmura, su voz ronca—. Te hace ver... peligrosa.

Tú te ríes, juguetona, y le tocas el brazo. Los músculos se tensan bajo tus dedos. —Tú eres el que me está probando a mí, ¿no?

Se inclina, lento, dándote tiempo para retroceder. No lo haces. Sus labios tocan los tuyos suaves al principio, explorando, probando. Saben a chicle de fresa y deseo puro. El beso se profundiza, lenguas danzando, húmedas, calientes. Tus manos suben a su nuca, enredándose en su pelo corto y negro. Él gime bajito, un sonido que vibra en tu boca y baja directo a tu clítoris.

Las ventanillas se empañan rápido con su respiración agitada. El cuero cruje cuando él te jala hacia su regazo, tus faldas subiendo por los muslos. Sientes su verga dura presionando contra tu concha a través de la tela. Pinche duro, qué rico, piensas, frotándote contra él instintivamente. Sus manos grandes recorren tu espalda, bajan a tus nalgas, amasándolas con fuerza posesiva pero tierna.

—Estás mojada, ¿verdad, preciosa? —susurra contra tu cuello, mordisqueando la piel sensible. Su aliento caliente te hace arquearte.

—Sí, wey... neta que sí. Tócala.

Desabrocha tu blusa con dedos temblorosos de pura ansia, exponiendo tus tetas al aire fresco del auto. Sus labios bajan, chupando un pezón rosado, lamiéndolo con la lengua plana y caliente. Gimes alto, el sonido rebotando en el habitáculo cerrado. El olor a sexo empieza a mezclarse con el cuero nuevo: almizcle salado, tu humedad dulce.

Tú no te quedas atrás. Le bajas el zipper, liberas su verga gruesa, venosa, palpitante. La tocas, piel suave sobre acero, y él gruñe como animal. La acaricias de arriba abajo, sintiendo el precum resbaloso en tu palma. Se la mamas despacio, saboreando el gusto salado, su gemido ronco te empapa más.

Pero quieres más. Te quitas las panties, empapadas, y te sientas en él de un jalón. Su verga entra en ti centímetro a centímetro, estirándote delicioso, llenándote hasta el fondo. ¡Ay, cabrón, qué chingón se siente! Empiezas a moverte, subiendo y bajando, el Mazda meciéndose suave con el ritmo. Sus caderas suben a tu encuentro, clavándose profundo, tocando ese punto que te hace ver estrellas.

El sudor perla sus abdominales, brillando bajo la luz filtrada. Lo besas, mordiendo su labio inferior, mientras tus uñas marcan su pecho. Los sonidos son obscenos: carne contra carne, chapoteo húmedo, jadeos entrecortados. Fuera, el viento susurra, pero adentro es un huracán de placer.

—Más rápido, güeyita... así, pinche rico —te pide, sus manos guiando tus caderas.

Aceleras, el clímax construyéndose como ola gigante. Tus paredes lo aprietan, ordeñándolo. Él te agarra las nalgas, embistiéndote con fuerza controlada. El orgasmo te parte en dos: un estallido blanco, caliente, gritando su nombre mientras tiemblas encima de él. Sientes sus chorros calientes llenándote, pulsando dentro, marcándote como suya.

Caen exhaustos, pegados por el sudor, respirando como después de una carrera. El Mazda huele a sexo puro ahora, un perfume íntimo que te hace sonreír. Él te besa la frente, tierno.

—Esto fue... la mejor prueba de manejo de mi vida —dice riendo bajito.

Tú asientes, aún sintiendo los ecos del placer en tu cuerpo. Bajan las ventanillas, el aire fresco entra limpiando el aire cargado. Vuelven a la agencia, pero algo ha cambiado. El deseo inicial se ha transformado en conexión real, profunda.

En Mazda Pasión Pachuca, firmas los papeles para el auto rojo. Marco te da las llaves con un beso robado detrás del mostrador. —Ven cuando quieras a probarlo de nuevo, ¿eh?

Manejas de regreso a casa, el motor ronroneando como un amante satisfecho. El sol se pone sobre Pachuca, tiñendo el cielo de naranja y rosa. Tu piel aún hormiguea, tu corazón late fuerte. Esto es lo que necesitaba: pasión pura, sin complicaciones, pero con todo el fuego del mundo.

Ahora, cada vez que enciendas el Mazda, recordarás su toque, su sabor, esa tarde en que un simple test drive se convirtió en la pasión más ardiente de tu vida.

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