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La Pasión de Cristo Bebe Demonio

7290 palabras

La Pasión de Cristo Bebe Demonio

El calor de la noche en el corazón de la Ciudad de México te envuelve como un abrazo pegajoso, mientras caminas por las calles empedradas del Centro Histórico. Las luces de neón parpadean sobre las cantinas atestadas de gente, y el aroma a tacos al pastor y mezcal ahumado te hace salivar. Entras a La Diabla Encantada, un antro chido donde la banda toca corridos prohibidos y las chelas corren como agua. Ahí lo ves por primera vez: Cristo, un morro alto y moreno con ojos negros que brillan como carbones encendidos, tatuajes asomando por el cuello de su camisa ajustada. Parece un santo bajado de la catedral, pero su sonrisa torcida grita diablo.

Tú te sientas en la barra, pides un michelada bien fría, y sientes su mirada clavada en ti. El sudor perla tu escote, y el aire cargado de humo y risas roncas te pone la piel de gallina. Él se acerca, con un vaso en la mano que huele a fuego líquido.

¿Qué wey tan guapo, no mames? Parece que me va a devorar entera.

"¿Qué onda, chava? ¿Primera vez aquí?" te dice con voz grave, como un ronroneo que te vibra en el pecho. Huele a tierra mojada y tabaco, un olor que te hace apretar las piernas bajo la mesa.

"Sí, carnal. Buscando algo que me prenda la noche", respondes, juguetona, mordiéndote el labio. Él ríe, una carcajada profunda que retumba en tu vientre, y pide otro trago: "Dos bebé demonio, porfa". El barman asiente y prepara el mezcal con chile ghost y limón quemado, un brebaje que quema como el infierno.

Bebe de un jalón, y sus ojos se encienden más. "La pasión de Cristo bebe demonio, mi reina. Eso es lo que me mantiene vivo", murmura, pasándote el vaso. El líquido te abrasa la garganta, un fuego dulce que se extiende por tu cuerpo, despertando un cosquilleo entre tus muslos. Hablan de la vida, de las fiestas en Polanco, de cómo el DF te chupa el alma pero te la devuelve multiplicada. Su mano roza la tuya, áspera y cálida, y sientes el pulso acelerado latiendo en tus venas.

La banda acelera el ritmo, cumbia rebajada que hace mover las caderas de todos. Él te invita a bailar, y en la pista apretada, sus manos en tu cintura te guían. Sientes su aliento caliente en tu oreja, el roce de su pecho duro contra tus senos. "Estás rica, wey. Me traes loco", susurra, y tú respondes presionándote más, el calor de su verga endureciéndose contra tu vientre.

La tensión crece como una tormenta. Cada roce es eléctrico, cada mirada promete pecados deliciosos. Cuando el reloj marca la medianoche, él te dice: "Vamos a mi depa, aquí cerca. No quiero esperar más". Asientes, el corazón martilleando, el bebé demonio ardiendo en tu sangre.

Acto dos: La escalada

Caminan por las calles oscuras, el eco de sus pasos mezclándose con el lejano ladrido de perros y el zumbido de los focos. Su mano entrelazada con la tuya es firme, posesiva, pero suave. Llegan a un edificio viejo pero chulo, con balcón lleno de macetas de bugambilias rojas como sangre. Suben las escaleras, y en el umbral, él te besa por primera vez. Sus labios son carnosos, urgentes, saboreando a mezcal y deseo puro. Te empuja contra la pared, su lengua explorando tu boca con hambre, mientras sus manos recorren tu espalda, bajando a apretar tus nalgas.

¡Qué chingón besa este pendejo! Siento que me derrito, que mi concha palpita por él.

Entra al depa, un lugar sencillo con posters de lucha libre y una cama king size cubierta de sábanas revueltas. Cierra la puerta y te quita la blusa despacio, besando cada centímetro de piel expuesta. El aire huele a su colonia especiada y al leve sudor de la noche. Tus pezones se endurecen al roce de sus dedos callosos, y gimes bajito cuando chupa uno, tirando suave con los dientes. "Qué tetas tan perfectas, mi amor", gruñe, y tú arqueas la espalda, enterrando las uñas en su cabello negro y ondulado.

Lo desvestís tú ahora, temblando de anticipación. Su pecho es un mapa de músculos tatuados: un Cristo en la cruz con cuernos sutiles, la pasión de Cristo bebe demonio escrito en caligrafía gótica debajo. "Es mi amuleto", explica con voz ronca, mientras tú bajas la mano a su pantalón. Lo liberas, y su verga salta dura, gruesa, venosa, palpitando en tu palma. La acaricias, sintiendo el calor febril, el pre-semen lubricando tu roce. Él jadea, "No pares, güey, me vas a matar".

Se arrodilla ante ti, te baja el jeans y las tangas de un tirón. Su aliento caliente en tu monte de Venus te hace temblar. Lametea despacio, saboreando tu humedad salada, el clítoris hinchado respondiendo a su lengua experta. Chupas aire, las rodillas flojas, mientras él mete dos dedos gruesos, curvándolos para tocar ese punto que te hace ver estrellas. El sonido húmedo de tu excitación llena la habitación, mezclado con tus gemidos y sus gruñidos de placer. "Sabes a miel del diablo", dice, y acelera, llevándote al borde pero deteniéndose, prolongando la tortura deliciosa.

Te lleva a la cama, te acuesta boca arriba. Se sube encima, su peso reconfortante, piel contra piel resbaladiza de sudor. Frota su verga contra tu entrada, untándote, provocándote. "¿Lo quieres?" pregunta, ojos fijos en los tuyos. "Sí, Cristo, métemela ya, no mames", suplicas. Empuja lento, centímetro a centímetro, llenándote hasta el fondo. El estiramiento es exquisito, una plenitud ardiente que te arranca un grito. Empieza a moverse, primero suave, luego fuerte, el colchón crujiendo bajo sus embestidas.

Sientes todo: el roce de su pubis contra tu clítoris, el slap slap de carne contra carne, el olor almizclado de sus axilas, el sabor salado de su cuello cuando lo besas. Cambian posiciones; tú encima, cabalgándolo, sus manos en tus caderas guiándote, pechos rebotando. Él te chupa los senos, mordisquea, y tú aceleras, el orgasmo construyéndose como una ola.

Acto tres: El clímax y el eco

La intensidad sube, sudados, jadeantes. Te pone a cuatro patas, entra de nuevo desde atrás, profundo, golpeando tu culo con cada thrust. Sus bolas chocan contra ti, resbalosas. "Voy a venirme, mi reina", avisa, y tú aprietas, "Dentro, lléname". El mundo explota: tu coño se contrae en espasmos, olas de placer cegador recorriéndote desde el útero hasta las yemas de los dedos. Él ruge, caliente chorros inundándote, colapsando sobre tu espalda.

Quedan así, pegados, respiraciones entrecortadas calmándose. Él se sale despacio, semen goteando por tus muslos, un calor pegajoso y satisfactorio. Te gira, te abraza, besos suaves ahora, tiernos. "Fue la pasión más cabrona de mi vida", murmura, acariciando tu cabello.

La pasión de Cristo bebe demonio... y yo bebí de él. Qué noche, wey. Quiero más.

Duermen entrelazados, el amanecer filtrándose por las cortinas, trayendo promesas de repeticiones. El DF despierta afuera, pero en esa cama, el mundo es solo piel, susurros y el eco de gemidos que aún resuenan en tu alma.

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