Pa Que Son Pasiones Nacho Galindo
La noche en el corazón de la Condesa bullía con ese ritmo que solo México sabe dar. Las luces de neón parpadeaban sobre las mesas de la cantina, y el aire estaba cargado del humo dulce del tabaco y el aroma picante del mezcal reposado. Yo, Nacho Galindo, estaba ahí sentado, con una chela fría en la mano, sintiendo cómo el calor de la noche se me pegaba a la camisa. No buscaba nada en particular, solo quería desconectar del pinche trabajo en la agencia de publicidad, donde los días se volaban entre deadlines y clientes pendejos.
Entonces la vi. Lupe, con su falda ajustada que marcaba curvas como si fueran obras de arte callejero, y una blusa escotada que dejaba ver justo lo suficiente para que la imaginación volara. Su cabello negro caía en ondas salvajes, y sus ojos, negros como el café de olla, me clavaron en el sitio cuando se acercó a pedir un trago. "Órale, guapo, ¿me invitas una?" dijo con esa voz ronca que olía a aventura.
Le sonreí, sintiendo un cosquilleo en el estómago. "Pa' qué no, preciosa. Soy Nacho Galindo, ¿y tú?" Ella se rio, un sonido que vibró en mi pecho como el bajo de una tuba en una banda sinaloense. "Lupe, y pa' qué son pasiones Nacho Galindo si no las compartimos."
¿Pa' qué son pasiones, cabrón? Pensé. Esta morra me acababa de leer la mente.
Empezamos a platicar. Ella era diseñadora gráfica, freelance, de esas que viajan por el mundo pero siempre regresan a la Ciudad por la comida y el desmadre. Hablamos de todo: de los tacos al pastor que saben a gloria en la esquina, de las noches en las que el skyline de Reforma se ve como un sueño húmedo. Cada risa suya me acercaba más, su perfume de jazmín y vainilla se mezclaba con el mío de sudor fresco y loción barata, creando un olor que ya me ponía la piel de gallina.
La banda tocaba un corrido norteño, y Lupe me jaló a la pista. Sus caderas se movían contra las mías, un roce sutil al principio, pero que pronto se volvió intencional. Sentí el calor de su cuerpo a través de la tela fina, sus pechos rozando mi torso con cada giro. Mi verga empezó a despertar, latiendo con el ritmo de la música. "Estás chingón bailando, Nacho", murmuró en mi oído, su aliento cálido oliendo a tequila con limón.
Acto uno completo, pensé, pero esto apenas empezaba.
Salimos de la cantina con las manos entrelazadas, el aire nocturno fresco contrastando con el fuego que nos ardía por dentro. Caminamos por las calles empedradas, riéndonos de tonterías, hasta mi depa en Polanco. Subimos en el elevador, y ahí, solos, no aguanté más. La besé. Sus labios eran suaves, carnosos, con sabor a sal y deseo. Su lengua jugó con la mía, explorando, mientras sus manos me apretaban el culo. "Te quiero, pendejo", jadeó contra mi boca.
Entramos al depa, la luz tenue de las velas que siempre prendo iluminaba su piel morena. Me quité la camisa, y ella pasó las uñas por mi pecho, dejando rastros rojos que ardían delicioso. Olía a su excitación, ese aroma almizclado que inunda el aire cuando una mujer está lista. La desvestí despacio, saboreando cada centímetro: la falda cayó al piso con un susurro, revelando unas tangas de encaje negro que apenas cubrían su concha húmeda.
Pa' qué son pasiones Nacho Galindo si no las vives así, al límite.
La llevé a la cama, besando su cuello, lamiendo el sudor salado que perlaba su clavícula. Sus gemidos eran música, bajos y guturales, como un ¡ay, güey! prolongado. Bajé por su vientre, suave y tembloroso, hasta llegar a sus muslos. Los abrí con gentileza, y ella arqueó la espalda, invitándome. Mi lengua tocó su clítoris, hinchado y sensible, y ella gritó mi nombre: "¡Nacho, chingado!" Sabía a miel dulce y sal, un néctar que me volvía loco. La chupé despacio, círculos lentos, luego rápidos, mientras mis dedos entraban en ella, sintiendo cómo sus paredes se contraían, calientes y resbalosas.
Pero no quería que terminara tan pronto. Me levanté, y ella me volteó como una luchadora profesional. "Ahora yo", dijo con ojos brillantes. Se arrodilló, desabrochó mi pantalón, y mi verga saltó libre, dura como piedra, venosa y palpitante. La miró con hambre, lamió la punta, probando el pre-semen salado. Luego la engulló, su boca caliente envolviéndome, succionando con maestría. Sentí su garganta apretarme, sus manos masajeando mis huevos. El sonido era obsceno: slurps húmedos, mis jadeos roncos. Casi me vengo, pero la detuve. "Adentro, Lupe. Te quiero adentro."
Nos fusionamos en la cama, misionero primero. Entré en ella de un solo empujón, su concha me apretó como un guante de terciopelo mojado. Gemí al sentirla tan llena, tan mía. Nos movimos en sincronía, piel contra piel, sudor mezclándose, el slap-slap de nuestros cuerpos resonando en la habitación. Cambiamos a vaquera: ella encima, cabalgándome como jinete en rodeo, sus tetas rebotando, pezones duros como balas. Las chupé, mordí suave, y ella aceleró, gritando "¡Sí, cabrón, así!".
El clímax se acercaba. La puse de perrito, agarrando sus caderas anchas, embistiéndola profundo. El olor de sexo impregnaba todo: sudor, fluidos, pasión pura. Sus paredes se apretaron, y ella explotó primero, un orgasmo que la hizo temblar, gritar mi nombre mientras chorros calientes me mojaban la verga. No aguanté: me vine dentro, chorros potentes, llenándola, mi cuerpo convulsionando en éxtasis.
Caímos exhaustos, jadeando. Su cabeza en mi pecho, escuchando mi corazón galopante. El aire olía a nosotros, a sexo satisfecho. "Pa' qué son pasiones, Nacho Galindo", murmuró ella, trazando círculos en mi piel con el dedo.
La abracé fuerte, besando su frente húmeda. "Pa' esto, mi reina. Pa' sentirte viva." Dormimos así, envueltos en sábanas revueltas, con el amanecer filtrándose por las cortinas. Al día siguiente, desayunamos chilaquiles con esa complicidad que nace de la noche. No sé si será para siempre, pero esa noche me enseñó que las pasiones no se guardan, se viven a todo dar.
Y así, en la Ciudad de México, donde todo pasa y nada sorprende, Nacho Galindo descubrió el verdadero pa' qué de las pasiones.