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Pasion Prohibida Capitulo 48 El Susurro de la Piel Ardiente

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Pasion Prohibida Capitulo 48 El Susurro de la Piel Ardiente

Valeria sintió el calor de la noche mexicana envolviéndola como un abrazo traicionero. Estaba en el balcón de su departamento en la Condesa, con el bullicio de la Ciudad de México zumbando abajo: cláxones impacientes, risas de borrachos en la calle y el aroma dulzón de los elotes asados flotando en el aire húmedo. Su esposo, ese pendejo workahólico, estaba de viaje otra vez en Guadalajara por negocios. Neta, qué chido estar sola, pensó, mientras sorbía su michelada helada, el limón picante en su lengua despertando un cosquilleo que bajaba directo a su entrepierna.

Entonces lo vio. Diego, el vecino del piso de arriba, ese moreno alto con ojos cafés que la volvían loca. Era el hermano menor de su mejor amiga, Laura, lo que hacía todo esto una pasión prohibida. Habían empezado hace meses, un roce accidental en el elevador que se convirtió en besos robados en la azotea. "Capitulo 48 de nuestra pasion prohibida", se dijo en voz baja, riendo para sí misma mientras recordaba cómo lo había anotado en su diario secreto, como si fuera una novela erótica que ella misma escribía.

Él salió a su balcón, solo en boxers, el pecho musculoso brillando bajo la luz de la luna.

"Órale, Valeria, ¿qué onda tan rica te ves con esa blusita escotada?"
gritó bajito, su voz ronca cortando la noche como un cuchillo caliente. Ella sintió un pulso acelerado en su coño, ya húmedo solo de oírlo. Se asomó, dejando que el viento jugueteara con su falda ligera.

Esto no puede seguir, pero ¿cómo le digo que no a esos labios carnosos? pensó, mientras él saltaba la reja baja que separaba los balcones. Sus pies descalzos pisaron suave el concreto tibio, y en segundos la tenía acorralada contra la pared, su cuerpo duro presionando el de ella. Olía a jabón fresco mezclado con sudor masculino, un olor que la mareaba de deseo.

La besó con hambre, su lengua invadiendo su boca como un ladrón experto. Valeria gimió suave, saboreando el tequila en su aliento, sus manos clavándose en la espalda tatuada de él. Qué rico sabe, neta este wey me enloquece. Sus dedos bajaron por su cintura, rozando la erección que ya palpitaba bajo la tela delgada. "Te extrañé, mamacita", murmuró él contra su cuello, mordisqueando la piel sensible donde latía su pulso.

Acto uno cerrado, la tensión ardía. Entraron al depa de ella a trompicones, la puerta cerrándose con un clic que sonó como una promesa pecaminosa. La sala estaba a media luz, velas de vainilla encendidas que llenaban el aire con dulzor empalagoso. Valeria lo empujó al sofá, montándose a horcajadas sobre sus piernas. Esta noche soy yo la que manda, se dijo, sintiendo el poder en su interior crecer.

Le quitó los boxers despacio, admirando la verga gruesa y venosa que saltó libre, apuntando al techo como un soldado listo para la batalla. "Mírala, toda para ti", dijo Diego con esa sonrisa pícara, mexicana hasta los huesos. Ella la tomó en su mano, sintiendo el calor pulsante, la piel suave sobre el acero duro. La masturbó lento, oyendo sus jadeos roncos, el sonido de su respiración agitada mezclándose con el tráfico lejano.

Pero él no era de quedarse quieto. Sus manos subieron por sus muslos, arrugando la falda hasta la cintura. Qué chingón se siente su toque, pensó ella mientras él lamía sus pezones a través de la blusa, el roce húmedo endureciéndolos al instante. Olía su aroma, ese almizcle femenino que lo volvía loco. "Estás mojadísima, nena", gruñó, metiendo dos dedos en su panocha empapada. Valeria arqueó la espalda, un gemido gutural escapando de su garganta. El sonido era obsceno, líquido chorreando, sus jugos cubriendo la mano de él.

La tensión escalaba en el medio acto. Se levantaron, tambaleantes de lujuria, hacia la recámara. La cama king size los esperaba con sábanas de algodón egipcio frescas, contrastando con sus cuerpos calientes. Diego la tumbó suave pero firme, besando cada centímetro de su piel: el ombligo, las caderas, el interior de los muslos.

"Déjame comerte entera, Valeria. Quiero que grites mi nombre."

Ella abrió las piernas, exponiéndose sin vergüenza. Su lengua encontró el clítoris hinchado, lamiendo con círculos lentos, saboreando su miel salada y dulce. ¡Ay, cabrón, qué rico! Parece que sabe exactamente dónde tocar. Los sonidos eran intensos: chupadas húmedas, suspiros ahogados, el crujir de la cama bajo sus movimientos. Valeria enredó los dedos en su cabello negro, empujándolo más profundo, sus caderas ondulando al ritmo de su boca experta.

Pero quería más. Lo jaló arriba, guiando su verga a la entrada de su coño. "Métemela ya, Diego, no aguanto". Él empujó despacio al principio, centímetro a centímetro, estirándola deliciosamente. El dolor placentero la hizo jadear, sintiendo cada vena rozando sus paredes internas. "Estás tan apretadita, qué chido", jadeó él, comenzando a bombear con ritmo creciente.

La intensidad psicológica subía. Esto es prohibido, mi cuñada se enteraría y nos mataría, pero qué padre se siente traicionar así. Pensaba en Laura, pero el placer borraba la culpa. Sus cuerpos chocaban con palmadas sonoras, sudor perlando sus pieles, el olor a sexo impregnando la habitación. Él la volteó a cuatro patas, agarrando sus nalgas firmes, penetrándola más hondo. "¡Sí, así, pendejito, fóllame duro!", gritó ella, perdida en el éxtasis.

El clímax se acercaba. Diego aceleró, su respiración entrecortada, bolas golpeando su clítoris con cada embestida. Valeria sintió la ola crecer en su vientre, un calor explosivo. "Me vengo, ¡me vengo!", chilló, su coño contrayéndose alrededor de él, ordeñándolo. Chorros de placer la sacudieron, piernas temblando, visión nublada por estrellas.

Él la siguió segundos después, gruñendo como animal, llenándola con su leche caliente, pulsos interminables. Colapsaron juntos, jadeantes, pieles pegajosas de sudor y fluidos. El afterglow era puro: besos suaves, caricias perezosas. Olía a vainilla quemada y pasión gastada, el corazón de ella latiendo en sintonía con el de él.

Capitulo 48 de nuestra pasion prohibida, pensó Valeria, acurrucada en su pecho ancho. Mañana volverían a ser vecinos normales, pero esta noche, el deseo había ganado. Diego la besó en la frente.

"Eres mi vicio, wey. No puedo parar."
Ella sonrió, sabiendo que habría un capitulo 49. El mundo afuera seguía girando, pero aquí, en esta cama revuelta, todo era perfecto.

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