Ardores Prohibidos en la Congregacion de la Pasion de Jesucristo
El aire de la iglesia estaba cargado de incienso y murmullos devotos esa noche de Viernes Santo. Yo, Ana, había llegado a la Congregacion de la Pasion de Jesucristo buscando paz para mi alma inquieta. Con veinticinco años y un cuerpo que no paraba de traicionarme con sueños calientes, me arrodillaba entre los feligreses, sintiendo el roce áspero de la banca contra mis rodillas. El olor a cera quemada se mezclaba con el sudor de tantos cuerpos apiñados, y el eco de las oraciones resonaba como un latido profundo.
Allí lo vi por primera vez. Javier, con su piel morena brillando bajo las velas, los ojos oscuros fijos en la imagen del Cristo flagelado. Era alto, fornido como un toro de las plazas charras, y llevaba la túnica morada de la congregación que le marcaba los hombros anchos. ¿Por qué carajos me moja tanto solo mirarlo? pensé, apretando las piernas mientras el padre recitaba las estaciones de la pasión. Neta, en medio de tanta santidad, mi concha empezaba a palpitar como si tuviera vida propia.
Después de la procesión, cuando la gente se dispersaba por las calles empedradas de la colonia, Javier se acercó. Su voz era grave, como un ronroneo. "Mija, ¿vienes seguido a la Congregacion de la Pasion de Jesucristo?" me dijo, oliendo a hombre puro, a jabón y algo más primitivo. Le sonreí, sintiendo el calor subir por mi cuello. "Sí, wey, busco redimirme", respondí juguetona, y él soltó una risa que me erizó la piel. Hablamos de la fe, de cómo la pasión de Cristo nos unía, pero sus ojos se clavaban en mis labios, en el escote de mi blusa que se había abierto un poco con el movimiento.
Los días siguientes fueron un tormento dulce. En las reuniones de la congregación, nos rozábamos "sin querer". Su mano en mi espalda baja durante el rosario, el aliento cálido en mi oreja al susurrar un amén. Yo me imaginaba sus dedos explorando más abajo, abriendo mis pliegues húmedos.
¡Puta madre, Ana, contrólate! Esto es la casa de Dios, me regañaba en silencio, pero mi cuerpo no escuchaba. El aroma de su colonia se me pegaba a la nariz como una droga, y por las noches me tocaba pensando en él, gimiendo bajito mientras mis jugos empapaban las sábanas.
Una noche de ensayo para la dramatización de la Pasión, nos quedamos solos recogiendo las túnicas en el salón parroquial. La luz mortecina de las focos amarillos pintaba sombras en las paredes, y el silencio solo se rompía por el zumbido de un ventilador viejo. Javier se acercó por detrás, su pecho duro contra mi espalda. "Ana, no aguanto más verte moverte así", murmuró, y sus manos grandes me rodearon la cintura. Sentí su verga tiesa presionando mis nalgas, gruesa y caliente a través de la tela. Mi corazón tronaba como tambores de carnaval.
"¿Y si nos cachan, carnal?" le dije, pero mi voz salió ronca, traicionera. Me volteó con facilidad, sus labios chocando contra los míos en un beso hambriento. Sabía a menta y a deseo puro, su lengua invadiendo mi boca como un conquistador. Gemí contra él, mis pezones endureciéndose bajo la blusa, rozando su pecho velludo. Sus manos bajaron a mis chongos, amasándolos con fuerza, y yo arqueé la espalda, oliendo mi propia excitación mezclada con el polvo del salón.
Me cargó hasta una mesa vieja, apartando biblias y crucifijos con cuidado. "Eres tan chingona, Ana. Tu pasión es como la de Él, pero más viva", dijo, quitándome la blusa de un tirón. Mis tetas saltaron libres, grandes y pesadas, y él las devoró con la boca, chupando un pezón mientras pellizcaba el otro. El placer era eléctrico, rayos bajando directo a mi entrepierna. ¡Órale, qué rico! grité en mi mente, enredando mis dedos en su pelo negro y revuelto.
Le bajé el pantalón, y su pito saltó como un resorte, venoso y palpitante, con la cabeza brillosa de precum. "Qué verga tan prieta, wey", le dije admirándola, y él rio bajito. Me puse de rodillas, el piso frío contra mi piel, y lo lamí desde la base hasta la punta, saboreando su salmuera masculina. Él gruñó, agarrándome el pelo, follando mi boca con empujones suaves pero firmes. El sonido de su respiración agitada, los jadeos ahogados, llenaban el aire junto al olor almizclado de su sudor.
No aguanté más. Me paré, me quité el calzón empapado y me subí a la mesa, abriendo las piernas como una ofrenda. "Cógeme, Javier. Dame tu pasión", le rogué, y él se hundió en mí de un solo golpe. ¡Madre mía, qué lleno me dejó! Su verga estiraba mis paredes, rozando ese punto que me hacía ver estrellas. Empezó a bombear, lento al principio, cada embestida un trueno de placer. Sentía cada vena, cada pulso, el roce húmedo de mi concha tragándoselo entero.
Nos movíamos al ritmo de un son jarocho prohibido, sus caderas chocando contra las mías con palmadas sonoras. Sudábamos como en un sauna, el olor a sexo crudo impregnando todo. Le clavé las uñas en la espalda, dejando surcos rojos, y él me mordió el cuello, marcándome como suya. "¡Más duro, pendejo! ¡Chíngame como hombre!" le exigí, y aceleró, sus bolas golpeando mi culo con cada estocada. Mi clítoris hinchado rozaba su pubis, enviando chispas que me nublaban la vista.
El clímax llegó como una ola del Pacífico. Primero yo, convulsionando alrededor de su pito, chorros de placer escapando mientras gritaba su nombre en un susurro ahogado. Él me siguió segundos después, llenándome con chorros calientes y espesos, su cuerpo temblando contra el mío. Nos quedamos pegados, jadeando, el semen goteando por mis muslos mientras su verga se ablandaba dentro de mí.
Después, nos vestimos en silencio, pero con sonrisas cómplices. "Esto no termina aquí, mi reina", me dijo, besándome la frente. Salimos a la noche fresca, el viento secando nuestro sudor, y caminamos de la mano por las calles iluminadas por faroles. En la Congregacion de la Pasion de Jesucristo, la fe se había transformado en fuego carnal, pero no me arrepentía. Al contrario, me sentía viva, empoderada, como si hubiera encontrado mi propia pasión redentora.
Desde esa noche, cada reunión es un preludio. Nos miramos con promesas en los ojos, y cuando podemos, nos escapamos a rincones ocultos. Su toque me despierta los sentidos: el crujir de las hojas secas bajo nuestros pies, el sabor salado de su piel, el gemido ronco que sale de su garganta cuando lo monto a horcajadas. La pasión de Jesucristo nos unió, pero la nuestra nos libera, pienso mientras me corro de nuevo, abrazada a él en la penumbra sagrada.