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Pasión Prohibida Capítulo 60

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Pasión Prohibida Capítulo 60

Luisa se recargaba en la barandilla del balcón de su departamento en Polanco, con el bullicio de la Ciudad de México zumbando allá abajo como un río de luces y cláxones lejanos. El aire nocturno traía el aroma dulce de las jacarandas que aún florecían en la avenida, mezclado con el humo sutil de los taquitos al pastor de la esquina. Llevaba un vestido negro ceñido que abrazaba sus curvas como una promesa pecaminosa, el escote profundo dejando entrever el encaje de su brasier. Hacía calor, pero no era el bochorno veraniego; era ese calor que subía desde su vientre, recordándole la pasión prohibida que la consumía desde hacía meses.

¿Por qué carajos sigo haciendo esto? se preguntó, mientras el viento jugaba con su cabello negro ondulado. Diego era el primo de su esposo, el carnal de Javier, ese pendejo confiado que pasaba las noches en la oficina fingiendo ser el rey del mundo. Pero Diego... ay, Diego. Con sus ojos cafés intensos y esa sonrisa de cabrón que prometía pecados deliciosos. Se habían encontrado por primera vez en una boda familiar, un roce casual que se convirtió en fuego. Ahora, capítulo 60 de su secreto, y el deseo no menguaba; al contrario, ardía más fuerte.

El sonido de la llave en la cerradura la sacó de sus pensamientos. Su pulso se aceleró, latiendo en sus sienes como un tamborazo en una fiesta de pueblo. Entró él, alto, moreno, con la camisa blanca desabotonada lo justo para mostrar el vello oscuro en su pecho. Olía a colonia cara y a sudor fresco, ese olor macho que la hacía mojar las bragas sin remedio.

Mamacita, ¿me extrañaste? —murmuró Diego, cerrando la puerta con el pie mientras se acercaba, sus botas resonando en el piso de mármol.

Luisa giró, fingiendo indiferencia, pero su cuerpo la traicionaba. Sus pezones se endurecieron bajo la tela, rozando como chispas.

—No seas menso, güey. Javier sale hasta el amanecer de su pinche junta. Tenemos toda la noche.

Acto primero de su ritual: las miradas que se devoraban. Él la tomó por la cintura, sus manos grandes y callosas —herencia de sus días en el rancho familiar— apretando su carne suave. El tacto era eléctrico, piel contra piel a través del vestido. Luisa sintió el bulto en sus pantalones presionando su muslo, duro como piedra, y un gemido escapó de sus labios pintados de rojo.

Esto es una locura, pero qué chingón se siente. Javier nunca me hace temblar así.

La besó con hambre, su lengua invadiendo su boca como un conquistador. Sabía a tequila reposado y a menta, un cóctel que la embriagaba más que cualquier trago. Sus manos bajaron a sus nalgas, amasándolas con fuerza, mientras ella enredaba los dedos en su cabello corto, tirando lo justo para hacerlo gruñir.

El beso se profundizó, sus respiraciones entrecortadas llenando el silencio del departamento. Luisa olía su propia excitación, ese almizcle dulce que se filtraba entre sus piernas. Diego la levantó en vilo, sus piernas envolviéndolo como enredaderas, y la llevó al sofá de cuero negro. El roce del material contra su espalda desnuda —el vestido subido hasta la cintura— fue un escalofrío delicioso.

—Quítate eso, corazón —ordenó él, su voz ronca como grava—. Quiero verte toda.

Con manos temblorosas de anticipación, Luisa se despojó del vestido, quedando en lencería roja que compró pensando en él. Sus tetas generosas se liberaron al desabrochar el brasier, los pezones oscuros erguidos como invitación. Diego se arrodilló, besando su vientre plano, bajando hasta el encaje húmedo de sus calzones. El calor de su aliento la hizo arquearse.

Acto segundo: la escalada lenta, tortuosa. Sus dedos trazaron la línea de su tanga, rozando el clítoris hinchado. Luisa jadeó, el sonido agudo rompiendo el aire cargado de aroma a sexo inminente.

¡Ay, Diego, no me tortures! —suplicó, pero su risa juguetona la delató.

Él la miró desde abajo, ojos brillando con malicia.

—Esto es pasión prohibida, mi reina. Hay que saborearla poquito a poquito.

Le quitó los calzones con los dientes, el roce de sus labios en la piel sensible de sus muslos internos enviando ondas de placer. Su lengua encontró su concha depilada, lamiendo despacio, saboreando el néctar salado y dulce. Luisa se mordió el labio, el sabor metálico de su propia sangre mezclándose con el éxtasis. El sonido húmedo de su chupada, los gemidos que vibraban contra su carne, la volvían loca. Sus caderas se movían solas, follándose su boca, mientras sus uñas se clavaban en los hombros de él.

Es como si me conociera el cuerpo mejor que yo misma. Javier ni se imagina lo que me hace este cabrón.

Diego se incorporó, despojándose de la camisa y pantalón. Su verga saltó libre, gruesa, venosa, la cabeza brillante de precúm. Luisa la tomó en mano, sintiendo el pulso caliente bajo la piel aterciopelada. Era más grande que la de su marido, y eso la llenaba de un orgullo sucio. La lamió desde la base hasta la punta, saboreando el salado almizclado, sus labios estirándose alrededor del glande. Él gruñó, echando la cabeza atrás, el sudor perlando su pecho musculoso.

¡Qué rica chupas, Luisa! Eres una diosa.

La tensión crecía como una tormenta en el desierto sonorense. Él la volteó sobre el sofá, de rodillas, su culo redondo expuesto. El aire fresco besó su humedad, haciendo que gotas de excitación resbalaran por sus muslos. Diego frotó su verga contra ella, untándola en sus jugos, entrando poquito a poco. El estiramiento la hizo gritar de placer-dolor, su interior apretándolo como un puño caliente.

Más adentro, pinche semental —exigió ella, empujando hacia atrás.

Empezaron a follar con ritmo, piel chocando contra piel en palmadas resonantes. El sofá crujía, el olor a sudor y sexo impregnaba todo. Diego la jalaba del cabello, arqueándola, mientras una mano bajaba a pellizcar su clítoris. Luisa sentía cada vena de él rozando sus paredes, el placer acumulándose en su bajo vientre como una ola gigante. Sus pensamientos eran un torbellino: Esto es pecado, pero qué chido pecado. Capítulo 60 y sigo enganchada.

Cambiaron posiciones, ella encima, cabalgándolo como una amazona en el rodeo. Sus tetas rebotaban, él las chupaba, mordisqueando los pezones hasta que dolían de gusto. El sudor los unía, resbaloso, salado en la lengua cuando ella lo besaba. El clímax se acercaba, sus gemidos convirtiéndose en alaridos ahogados para no despertar a los vecinos.

Acto tercero: la liberación. Diego la volteó de nuevo, misionero feroz, sus ojos clavados en los de ella.

—Ven conmigo, amor prohibido —jadeó.

Luisa explotó primero, su concha convulsionando, ordeñándolo en chorros calientes. El placer la cegó, luces estallando detrás de sus párpados, el grito ahogado en su garganta. Él la siguió segundos después, gruñendo como bestia, llenándola de su leche espesa, caliente, hasta que rebosó por sus muslos.

Se derrumbaron juntos, jadeos entrecortados sincronizados. El afterglow era puro, sus cuerpos entrelazados, el corazón de él latiendo contra su pecho. Diego la besó la frente, suave ahora, tierno.

—Eres lo mejor que me ha pasado, Luisa. Aunque sea prohibido.

Ella sonrió, trazando círculos en su espalda con la uña.

Pos carnal, pero no pares. Mañana capítulo 61.

El amanecer tiñó el cielo de rosa sobre la ciudad, pero en ese sofá, su mundo era perfecto. La pasión prohibida no era solo fuego; era hogar, era vida. Y mientras Javier llegaba ignorante, Luisa sabía que elegiría esto una y otra vez.

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