Pasión de Gavilanes Capítulo 4 Fuego en las Venas
La noche en la hacienda era cálida como un abrazo prohibido, con el aire cargado del aroma dulce de las buganvillas y el lejano relincho de los caballos en el corral. Jimena se recostaba en el sofá de cuero viejo, con las piernas cruzadas sobre las de Diego, su hombre desde hace dos años. La televisión parpadeaba con las luces dramáticas de Pasión de Gavilanes capítulo 4, esa escena donde los hermanos Reyes desataban su furia y su deseo en medio de la venganza. Jimena sentía un cosquilleo en la piel cada vez que Juan besaba a Rosalba con esa hambre animal, y no podía evitar morderse el labio inferior.
Qué chingón está este capítulo, murmuró Diego, pasando un brazo por los hombros de ella. Su voz ronca, con ese acento norteño que la volvía loca, rozó su oreja como una caricia. Jimena giró la cabeza, oliendo su colonia mezclada con el sudor fresco de la tarde que habían pasado cabalgando. Neta, pensó, este wey me prende con solo mirarme.
En la pantalla, la pasión estallaba: besos furiosos, manos que arrancaban ropa, gemidos que llenaban el rancho ficticio. Jimena sintió un calor subirle por el vientre, como si el fuego de los gavilanes se hubiera colado en su propia sangre. Diego notó el cambio en su respiración, el modo en que sus pechos subían y bajaban más rápido bajo la blusa de algodón ligera.
¿Por qué carajos este capítulo siempre me pone así? Es como si me estuvieran hablando directo a mí, diciéndome que suelte todo y me deje llevar.
—Mira nomás cómo se avientan esos dos —dijo Diego, su mano bajando despacio por el brazo de Jimena hasta rozar su muslo—. ¿Tú crees que así de salvaje sea la neta?
Jimena sonrió pícara, girándose para quedar frente a él. Sus ojos cafés brillaban con picardía mexicana, de esas que no se aprenden en la escuela.
—Pruébalo, cabrón, y te digo si es verdad —respondió ella, su voz un susurro juguetón.
Eso fue el detonante. Diego la jaló hacia sí con fuerza juguetona, pero firme, como los Reyes en la tele. Sus labios chocaron en un beso que sabía a tequila reposado y a las fresas que habían comido de postre. Jimena gimió bajito, sintiendo la aspereza de su barba incipiente contra su piel suave, el calor de su lengua explorando la suya con urgencia. El sonido de la telenovela se volvió fondo, solo latidos acelerados y el crujir del sofá.
La tensión crecía como tormenta en el desierto. Diego deslizó las manos bajo la blusa de Jimena, tocando la curva de su cintura, subiendo hasta los senos libres bajo la tela. Ella arqueó la espalda, presionándose contra él, oliendo el aroma almizclado de su excitación que se mezclaba con el de su propia humedad creciente. Pasión de Gavilanes capítulo 4 seguía sonando, pero ya no importaba; era su propia historia la que ardía.
—Estás bien rica, mi reina —gruñó Diego, mordisqueando su cuello mientras desabotonaba la blusa con dedos ansiosos—. Neta, no aguanto verte así.
Jimena rio suave, un sonido gutural que vibró en su pecho. Le clavó las uñas en la espalda a través de la camisa, tirando de ella para quitársela. La piel de Diego era caliente, musculosa por el trabajo en el rancho, con ese olor a tierra y hombre que la mareaba. Ella besó su clavícula, lamiendo el salado del sudor, bajando por el pecho hasta el ombligo. Sus manos desabrocharon el cinturón de él con maestría, sintiendo el bulto duro que latía bajo el pantalón.
Quiero devorarlo, como si fuera el último hombre en la tierra. Este pinche capítulo nos tiene locos, pero es puro pretexto para lo que traemos guardado.
Diego la levantó en brazos como si no pesara nada, caminando hacia el dormitorio con pasos firmes. El pasillo olía a madera de encino y velas de cera de abeja que Jimena había encendido antes. La tiró suave sobre la cama king size, con sábanas de hilo egipcio que susurraron al recibirla. Se quitó el pantalón de un tirón, quedando en boxers que apenas contenían su verga erecta. Jimena se lamió los labios, el sabor de su boca aún con el suyo.
—Quítate todo, mamacita —ordenó él, voz grave como trueno lejano.
Ella obedeció lento, provocándolo. Se quitó la blusa, dejando ver sus senos firmes, pezones oscuros endurecidos por el aire fresco y el deseo. Luego el short, revelando bragas de encaje negro empapadas. Diego se lanzó sobre ella, besando cada centímetro de piel expuesta: el valle entre los senos, el ombligo, el interior de los muslos. Jimena jadeaba, sus manos enredadas en el pelo de él, guiándolo más abajo.
El roce de su lengua en el clítoris fue eléctrico. Ella gritó suave, ¡Órale, Diego, así! El sonido húmedo de su boca chupando, lamiendo, la volvía loca. Oía su propia humedad, sentía las contracciones en el vientre, el olor almizclado de su sexo llenando la habitación. Diego metía un dedo, luego dos, curvándolos para tocar ese punto que la hacía temblar. Jimena se retorcía, las sábanas enredándose en sus piernas, el sudor perlando su frente.
Pero no quería acabar así. Lo empujó hacia arriba, volteándose para quedar a horcajadas. Su verga saltó libre cuando le bajó los boxers, gruesa y venosa, goteando precúm. Ella la tomó en la mano, sintiendo el pulso caliente, el terciopelo sobre acero. Se la restregó contra la entrada, lubricándola, provocándolo hasta que Diego gruñó como fiera.
—Métetela ya, pendejo, no seas mamón —suplicó ella, bajando de golpe.
El estiramiento fue glorioso, llenándola por completo. Se movieron en ritmo perfecto, ella cabalgando con fuerza, senos rebotando, él embistiendo desde abajo con manos en sus caderas. El slap slap de piel contra piel resonaba, mezclado con gemidos y maldiciones cariñosas. ¡Qué chido se siente, carajo, como si fuéramos los Reyes en persona! pensó Jimena, mientras el orgasmo subía como ola.
La intensidad escalaba. Diego la volteó sin salir, poniéndola de rodillas. Entró por atrás, profundo, una mano en su clítoris, la otra jalando su pelo suave. Jimena gritaba placer, el cuarto oliendo a sexo puro, sudor, y el perfume floral de su piel. Sentía cada vena de él rozando sus paredes, el golpe en el culo enviando chispas. Internalmente luchaba: No quiero que acabe, pero ya vengo, ya vengo...
El clímax la golpeó como rayo. Convulsiones la sacudieron, ordeñando la verga de Diego, que rugió al correrse dentro, chorros calientes llenándola. Colapsaron juntos, jadeantes, piel pegajosa, corazones tronando al unísono. El silencio post-orgasmo era roto solo por sus respiraciones entrecortadas y el viento susurrando fuera.
Diego la abrazó por detrás, besando su hombro húmedo.
—Neta, Pasión de Gavilanes capítulo 4 es lo mejor que hemos visto —murmuró, riendo bajito.
Jimena giró en sus brazos, sonriendo satisfecha, el cuerpo lánguido y pleno.
Esto no es solo sexo, es nuestra propia pasión de gavilanes, eterna y ardiente.
Se durmieron así, enredados, con el eco del deseo latiendo suave en sus venas, listos para más capítulos de su vida.