Limpiando con Pasión
Regresé a mi depa en la Condesa después de un pinche día eterno en la oficina. El sol de la tarde se colaba por las cortinas, pintando todo de un naranja cálido que hacía que el lugar se viera más chido de lo que recordaba. Olía a limón y a algo fresco, como si el aire mismo estuviera limpio. Ahí estaba ella, Sofia, la chica de la limpieza que contraté hace un par de semanas. La vi de espaldas, inclinada sobre la mesa del comedor, pasando el trapo con movimientos firmes y rítmicos. Su blusa blanca se pegaba un poco a su espalda por el sudor, marcando las curvas de su cintura. Órale, pensé, esta morra está cañona.
Sofía era de esas mujeres que te voltean la cabeza sin esfuerzo. Pelo negro largo recogido en una coleta desordenada, piel morena que brillaba bajo la luz, y un culo redondo que se movía con cada pasada del trapo. Llevaba una falda corta que subía un poco cuando se agachaba, dejando ver sus muslos firmes. Yo me quedé en la puerta, con la mochila en la mano, sintiendo cómo mi verga empezaba a despertar solo de verla. Ella se volteó, sonriendo con esos labios carnosos que pedían beso.
—Hola, jefe —dijo con esa voz ronca, típica de las chilangas que han visto de todo—. Ya casi termino con la sala. ¿Quieres que limpie tu recámara primero?
Tragué saliva, notando el olor a su perfume mezclado con el detergente, algo dulce y embriagador.
¿Por qué carajos no puedo dejar de mirarla? Es la pinche empleada, cabrón, me dije a mí mismo, pero mi cuerpo no escuchaba. Asentí, dejando la mochila en el suelo.
—Sí, dale. Oye, ¿quieres un refresco? Hace un chorro de calor.
Ella rio bajito, un sonido que me erizó la piel. —Gracias, estaría chido. Limpiando con pasión da sed, ¿sabes?
Sus palabras me pegaron directo en el pecho. La seguí a la cocina, viendo cómo sus caderas se balanceaban. Le serví un Jarritos de tamarindo, helado, y cuando me lo quitó de las manos, sus dedos rozaron los míos. Fue como una descarga eléctrica, piel contra piel, cálida y suave. Nos miramos un segundo de más, y supe que no era solo mi imaginación. Había fuego en sus ojos cafés, un deseo crudo que olía a jazmín y a mujer lista para más.
En la recámara, la vi doblada recogiendo la ropa del piso. Su falda se subió otra vez, mostrando el borde de sus calzones negros. Me acerqué, fingiendo ayudar, y puse una mano en su hombro. —Déjame echarte la mano, Sofia. No mames, no quiero que te canses.
Ella se enderezó despacio, girándose hacia mí. Su pecho subía y bajaba rápido, los pezones marcados bajo la blusa. —Eres bien amable, Alex. La neta, pocos jefes son así.
El aire se sentía espeso, cargado de ese olor a sudor limpio y excitación que empieza a filtrarse. Mi corazón latía como tambor en desfile, y sentí mi verga dura contra los jeans. La tomé de la cintura, suave, probando. Ella no se apartó; al contrario, se pegó más, su vientre contra el mío.
—¿Qué pasa aquí? —susurró, pero su mano ya subía por mi pecho.
La besé entonces, sin pensarlo. Sus labios eran suaves, calientes, sabían a tamarindo y a ganas reprimidas. Su lengua entró juguetona, enredándose con la mía en un baile húmedo y salvaje. Gemí contra su boca, mis manos bajando a apretar ese culo perfecto. Ella ronroneó, un sonido gutural que vibró en mi piel.
Nos fuimos cayendo a la cama sin soltar el beso. Le quité la blusa de un jalón, revelando unos senos grandes, libres bajo un brasier de encaje. Olían a su piel salada, a sol y a ella. Los besé, lamiendo los pezones duros como piedras, chupándolos hasta que arqueó la espalda y soltó un ¡Ay, cabrón! que me puso más caliente.
—Quítate todo —le pedí, voz ronca.
Se levantó un segundo, quitándose la falda y los calzones con un movimiento fluido. Su coño estaba depilado, reluciente de humedad, oliendo a deseo puro, ese aroma almizclado que te enloquece. Yo me desvestí rápido, mi verga saltando libre, gruesa y lista. Ella la miró con hambre, pasando la mano por el tronco, sintiendo las venas pulsar.
—Qué chula está —dijo, arrodillándose. Su boca caliente la envolvió, chupando con pasión, lengua girando en la cabeza sensible. Gemí fuerte, agarrando su pelo, el sonido de succión húmeda llenando la habitación junto con mis jadeos. Saliva corría por su barbilla, y ella me miró con ojos de puta en celo, saboreándome como si fuera el mejor tamal.
No aguanté mucho. La subí a la cama, abriéndole las piernas. Su coño brillaba, labios hinchados invitándome. Lamí despacio, saboreando su jugo dulce y salado, metiendo la lengua adentro mientras ella se retorcía, clavando las uñas en mi cabeza. —¡Sí, así, no pares, pendejo delicioso! —gritaba, caderas moviéndose contra mi cara.
El olor de su excitación me volvía loco, mezclado con el sudor que perlaba su piel. Introduje dos dedos, curvándolos para tocar ese punto que la hizo gritar. Su cuerpo temblaba, pulsos rápidos bajo mi lengua, hasta que explotó en un orgasmo que la dejó jadeando, chorros calientes en mi boca.
Me subí encima, verga en su entrada. —¿Quieres? —pregunté, porque aunque ardía, quería oírlo.
—¡Métemela ya, carajo! —exigió, guiándome adentro.
Entré de un empujón, su coño apretado y caliente envolviéndome como guante de terciopelo mojado. Empecé a bombear lento, sintiendo cada centímetro rozar sus paredes, el slap slap de piel contra piel resonando. Ella clavaba las uñas en mi espalda, gimiendo en mi oído palabras sucias: ¡Más duro, rómpeme, pinche semental!
Aceleré, sudando juntos, el colchón crujiendo bajo nosotros. Sus senos rebotaban con cada embestida, y yo los chupaba, mordiendo suave. El clímax se acercaba, tensión en mis huevos, su coño contrayéndose alrededor de mí. —¡Me vengo! —gruñó ella primero, cuerpo convulsionando, ordeñándome.
Eso me llevó al borde. Empujé profundo una última vez, explotando dentro de ella, chorros calientes llenándola mientras rugía su nombre. El mundo se volvió blanco, solo sensaciones: su calor palpitante, el olor a sexo crudo, el sabor de su piel en mi boca.
Nos quedamos así, enredados, respiraciones agitadas calmándose poco a poco. Su cabeza en mi pecho, dedo trazando círculos en mi piel. El sol ya bajaba, tiñendo la habitación de púrpura. Olía a nosotros, a semen y sudor mezclado con el limón de la limpieza.
—La neta, limpiando con pasión tiene sus recompensas —dijo ella riendo bajito, besándome el cuello.
Yo sonreí, acariciando su pelo.
Esto no fue solo un polvo; sentí algo más, una conexión que va más allá del cuerpo. Mañana la llamaría de nuevo, no por la casa, sino por esto. Por ella. El corazón me latía tranquilo ahora, satisfecho, con el eco de su risa en el aire.
Nos vestimos despacio, robándonos besos. Al despedirnos en la puerta, su mano en mi mejilla, prometiendo volver pronto. Salí al balcón a verla irse, el viento fresco trayendo el aroma de la ciudad: tacos lejanos, flores de bugambilia. Y yo, renovado, listo para lo que viniera. Porque a veces, la pasión empieza en lo cotidiano, en un trapo y un deseo que no se limpia.